José García Domínguez

El declive de la República Imperial

«Más pronto o más tarde, es sabido, a todos los imperios les llega el instante de la decadencia»

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El declive de la República Imperial
Foto: Hannah Mckay| Reuters
José García Domínguez

José García Domínguez

Gallego practicante pese a residir desde la tierna edad de 5 años en Barcelona, ciudad donde se licenció en Económicas. Ha sido editor de El Correo Financiero además de colaborar en distintas etapas, entre otros medios de comunicación, en COPE, ABC, Es Radio, El Mundo y Libertad Digital.

Se acabó el sueño americano. Acaso para siempre. Al punto de que quien siga ansiando revivirlo con su célebre del culto a la meritocracia y la devoción ubicua por la cultura del esfuerzo, amén de la igualdad de oportunidades, lo mejor que podría hacer sería coger cuanto antes un avión con rumbo a Dinamarca o cualquier otro país nórdico. Y es que, en el aciago tiempo presente, el que nace pobre en Estados Unidos posee la certeza estadística casi absoluta de que morirá igual de pobre al cabo de unos setenta años y escaso pico. Se acabó el sueño americano, sí. En 1970, encabezado por Estados Unidos, Occidente aún producía el 56 por ciento de todos los bienes y servicios que se comercializaban en todo el mundo, mientras que Asia, entonces liderada por Japón, apenas era responsable de un 19 por ciento. Medio siglo después, el Occidente a cuyo frente todavía se encuentra Estados Unidos ha reducido su peso a un escaso 37 por ciento. Al tiempo, Oriente, hoy con China al mando, ha saltado a liderar la economía mundial con un 43 por ciento. Porque no se trata única y exclusivamente de un asunto chino. Excluyendo a China, durante los últimos cuarenta años los cinco países más grandes de Asia juntos han tenido una tasa de crecimiento económico per cápita superior a la de las economías de Occidente, esas que capitanea Estados Unidos. Y nada hace pensar que en el futuro las cosas vayan a ser distintas. Nada. No obstante lo cual, Norteamérica todavía sigue siendo el gran sueño húmedo, el oscuro objeto de deseo de multitud de europeos de todo pelaje político.

Una rendida fascinación por América, el irrefrenable deseo de ser igual que ellos, que se mantiene como la quimera colectiva más recurrente a este lado del Atlántico. Fantasía, esa nuestra, que remite a lo que los lógicos llamarían una falacia de composición. Porque todos en Occidente quieren ser como Estados Unidos, pero nadie aquí podrá ser nunca como Estados Unidos. He ahí nuestro drama. Así, siguen siendo legión, muchísimos de ellos personas de la más alta cualificación profesional e intelectual, quienes aquí se empeñan en querer creer que el modelo de Estados Unidos, ese mismo que Oriente desdeña con definitiva indiferencia, podría ser imitado y reproducido con éxito en, por ejemplo, muchos países de Europa, España incluida. Desconocen la historia contemporánea de su fábula. Todas las decadencias, también las imperiales, poseen su instante germinal. Y el inicio del declive de Estados Unidos remite a 1973, momento preciso en el que Norteamérica comenzó a vivir del crédito que le facilitamos el resto de los países del mundo desarrollado. Lo asombroso es que casi nadie se asombre, pero lo cierto es que durante treinta y cinco años consecutivos, los que fueron desde 1973 hasta 2008, los ciudadanos norteamericanos gastaron cada año en consumir productos extranjeros un 6% más de lo que podrían haber pagado con sus ingresos nacionales por exportaciones. ¡Durante treinta y cinco años seguidos! Asombra, insisto, que no asombre.

Dicho de un modo solo algo más crudo: Norteamérica lleva ya casi medio siglo viviendo por encima de sus posibilidades merced a la financiación que le provee el resto del mundo. En concreto, y hasta el gran colapso sistémico de 2008, el sistema financiero de Estados Unidos estaba recibiendo cada día entre tres mil y cinco mil millones de dólares procedentes del resto del planeta; cada día, sábados y domingos incluídos. Por lo demás, no hace falta ser un gran experto académico en Economía para comprender de modo cabal que ningún país, incluidos los Estados Unidos, puede consumir de modo indefinido un 6 por ciento más de lo que es capaz de pagar con sus propios recursos. De idéntico modo, en fin, barruntar que España podría emular el funcionamiento interno del orden económico norteamericano, esa querencia pueril que tanto deslumbra a nuestros rendidos devotos del sueño yanqui, exige pensar en serio que a nuestro sistema financiero nacional, al modo de Wall Street, también pudiesen llegar todos los días miles de millones de dólares remitidos por ahorradores del resto del planeta. Una solemne majadería. Más pronto o más tarde, es sabido, a todos los imperios les llega el instante de la decadencia. Se acabó, sí. Le pasó a Roma, le pasó a la Monarquía Hispánica, le pasó a Inglaterra, le pasó a la Rusia de los soviets. ¿Por qué no le iba a ocurrir a la República Imperial de los Estados Unidos?

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