Jorge Freire

El enfenestrado

«Cuando a un político lo defenestran, lo destituyen; cuando a un ciudadano lo enfenestran, lo restituyen: en concreto, a una garita en la que le toca hacer guardia permanentemente»

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El enfenestrado
Foto: EMILIO MORENATTI| AP

La postura determina la prosa. Por eso hay dos tipos de escritores: los que piensan sentados y los que piensan de pie. Entre los primeros descuellan, de tanto en tanto, prosas rollizas y suntuosas, de una adiposidad casi sublime: Santo Tomás, Chesterton, Cyril Connolly… Es como si hicieran falta generosas posaderas para hincar así la pluma. Los segundos escriben en movimiento y saben, como intuyó Nietzsche y patentizaron Walser y Handke, que los mejores pensamientos son los pensamientos paseados. Algunos, como Henry Miller o Claudio Rodríguez, incluso escribían andando…

 A este curioso grupo pertenece Daniel Ramírez García-Mina (Pamplona, 1992). Su último libro, el espléndido reportaje periodístico Salvoconducto-19 (Renacimiento), respira, resopla y refunfuña. Leyendo este libro palpitante, que narra los primeros meses de la pandemia, uno siente a su autor correteando, rascándose la coronilla y garrapateando con ansiedad. No es mala lección para quien quiera dedicarse a la crónica. Como ha dicho Lucía Tolosa, si en el máster de periodismo redactas los artículos en el escritorio, al pasar a la redacción escribes en aceras y en portales.

 Y eso que, aunque no lo parezca, este libro no surge del bullicio, sino del silencio. Ramírez se distancia de la escritura como «compañera inseparable del movimiento y fruto de las multitudes”, al modo hemingwayano, y emprende un «éxodo al interior» que, «reservado a un puñado de valientes», resulta poco frecuente en una «sociedad fabricada contra la soledad» (p. 46). ¿Hay tarea más ímproba? Sostenía Ignacio Gómez de Liaño en Los juegos del Sacromonte que más duro que ser defenestrado era ser enfenestrado. Jugaba con la etimología del verbo defenestrar, que en su origen provenzal significa ser arrojado por la ventana, y de su opuesto. En puridad, si ya es malo que te tiren de la cima, peor es que te metan de nuevo por la ventana y te obliguen a enfrentarte contigo mismo…

 Blandiendo el salvoconducto del título que le permite circular por un Madrid desierto sin ser multado, Ramírez se echa a la calle y recaba testimonios de curas, policías, prostitutas y turistas desorientados. Habla con médicos camino del trabajo y con taxistas que viajan a toda velocidad con las ventanas abiertas, para desinfectar al vehículo después de llevar al hospital a contagiados. Recorre Lavapiés y los vecinos (¡enfenestrados!) le escrudriñan tras las fallebas corridas y las persianas a medio echar. Lee el Decamerón y La peste, visita a Garci y a Iñaki Gabilondo y se pasea por un Retiro desierto, en compañía de gorriones, patos y tórtolas, porque ni en el estanque hay barcas ni en los columpios hay niños… Y, entremedias, su padre cae infectado.

 Cuando a un político lo defenestran, lo destituyen; cuando a un ciudadano lo enfenestran, lo restituyen: en concreto, a una garita en la que le toca hacer guardia permanentemente. Desde sus apostaderos, Ramírez dispara a todo lo que ve. A cuento de las primeras prohibiciones y del cierre cierre de velódromos y tómbolas, dice: «dale a un español una cancha de petanca, que te la convierte en un bar en menos de una hora» (p. 30). Incapaz de reunirse con su padre, a cuatrocientos kilómetros, Ramírez escrudriña lo que le rodea sin que la amargura empañe su buen humor. Especialmente bellas son su interpretación del «rito de los aplausos» (al no poder despedir a sus muertos, el país se conjura en una ceremonia posmoderna; p. 99) y su descripción de ese sopor delicuescente que, a inicios del confinamiento, hacía de todos los días el mismo.

Escribir durante la pandemia es, según Adam Zagajewski, como ocupar un bote en medio del océano. Si estás sano, puede hasta resultar cómodo, pues al fin y al cabo es un bote con biblioteca y escritorio, pero al mismo tiempo estás viendo a los demás ahogarse y no puedes hacer nada. Hay algo heroico en este libro, imprescindible crónica de unos meses trascendentales, escrito cuando más difícil resultaba hincar la pluma. Visto en su conjunto, Salvoconducto-19 parece el recuerdo de un mal sueño.

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