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El fin de una ficción y el fin de una esperanza

Foto: JUAN MEDINA | Reuters

A la ficción fantasiosa y emocional del procés se le contrapuso la esperanza ensayística y racional de los constitucionalistas. Los dos bloques polarizaron la campaña a tal extremo que el voto útil derivado de la misma ha terminado por distorsionar la fotografía y hacerla poco representativa. La primera plaza de Ciudadanos desmiente, de nuevo, la ficción del sol poble independentista. Pero el sorprendente resultado de Junts per Catalunya y la suma de escaños soberanistas nos abre los ojos frente a la esperanza de una vuelta al seny que parecía a la vuelta de la esquina.

En un escenario del bien contra el mal los matices suelen verse como tácticas del enemigo. Las medias tintas no se le permiten ni al calamar con anemia, papel que ha jugado un meritorio PSC y, en menor medida, los Comunes. El catastrófico resultado del PP y de la CUP no es tanto resultado de posiciones incomprendidas por los suyos como del deseo de éstos de otorgar relevancia directa a su papeleta “prestándosela” a otros partidos. Haríamos mal, por tanto, en extrapolar directamente estos resultados a nivel nacional. Pero que no haya una correlación directa no significa que no pueda haber consecuencias insospechadas si Ciudadanos juega bien sus bazas.

Todos los partidos tienen méritos o, en el peor de los casos, “disculpas”. Todo sigue como está en la fractura territorial que marca la agenda nacional, lo que quiere decir que hemos empeorado, en la medida en que el tiempo corre en contra. Con estos resultados, se puede decir que España cambia pero Cataluña sigue básicamente igual. Es fácil verlo ahora, aunque algunos lleven mucho tiempo –en este mismo medio– advirtiendo de ello discreta pero permanentemente: no hay solución táctica de legislatura para un problema estratégico que requiere un nuevo consenso generacional a muy largo plazo sobre el país para el que habría que haber empezado a trabajar hace años.

Tras muchos años en los que se ha dejado el desahogo emocional, la liturgia y la catarsis a los independentistas, es hora de que los constitucionalistas hagamos una autocrítica básica que hemos callado en el fragor del conflicto –pese a la enorme deslealtad de las declaraciones de Soraya o Albiol en el último minuto de campaña– y encaremos una verdad que todos, en privado, admitimos: nunca habrá solución a esta cuestión con Rajoy y su núcleo duro al frente del Gobierno. La mochila de sus años y desgastes varios, la corrupción extendida en una de las etapas del PP que él dirigió, unidas al factor generacional, hacen insostenible la situación.

En términos exclusivamente emocionales, Cataluña empieza a ser nuestro Vietnam. 1968 fue un año crucial en la configuración sentimental y política del final del siglo XX y, también, de nuestros días. El presidente Lyndon Johnson, que había sustituido al asesinado JFK en 1963, renunció a presentarse ese año a una reelección a la que tenía derecho por el Partido Demócrata. El conflicto en sureste asiático lo sobrepasaba. Había llegado a una conclusión: hizo mucho por su país, le dio unas leyes de protección social e igualdad racial inimaginables antes de que tomara el cetro; en cambio, y aunque se sentía incomprendido y estallaba en arrebatos de cólera por la ingratitud, sabía que, de haber una solución para el conflicto de Vietnam, no pasa por él y se retiró a su rancho. Injusto o no, él representaba una época desgajada de su tiempo político cambiante, y era incapaz de entenderlo y manejarlo.

A veces la sangre nueva, por el mero hecho de serla, sirve, aunque sea más sucia. No olviden que quien sustituyó a Johnson fue nada menos que Dirty Dick Nixon, que acabó con la pesadilla vietnamita y restableció las relaciones diplomáticas con China. Y visto lo visto con Trump y Rusia, ríete tú del Watergate.

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