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El fracaso de los lumbreras

"Rivera no tiene excusa. Mientras escribo estas líneas urgentes todavía no ha dimitido, aunque previa reunión ejecutiva la renuncia podría llegar en los próximos días"

Foto: Mariscal | EFE

Unas elecciones que han servido para muy poco. Tal vez han demostrado, aparte de que las barbas gustan al electorado, la iniquidad o la incompetencia de ciertos asesores y lumbreras de la comunicación política. Lo han vivido en propias carnes Pedro Sánchez y Albert Rivera. El primero pierde tres escaños tras el empecinamiento en encerrarse con el solo juguete de las nuevas elecciones. La jugada le ha salido mal, aunque podría haber sido peor.

En cambio, Rivera no tiene excusa. Mientras escribo estas líneas urgentes todavía no ha dimitido, aunque previa reunión ejecutiva la renuncia podría llegar en los próximos días. Debería hacerlo, pero no sé por qué me inclino a pensar que buscará una vez más el apoyo y aplauso de los incondicionales serviles. Al fin y al cabo, todo político está acostumbrado a mentir sobre sus verdaderas intenciones, que no son otras que adorar el poder por encima de todas las cosas.

No sé quién le metió a Rivera en la cabeza que se presentara como el nuevo salvador de la derecha, pero fue una malísima idea. Como es bien sabido, en política la marca blanca nunca satisface al electoral si por el mismo precio puede escoger el producto genuino. El conservadurismo está bien cubierto por los populares, así como el nacionalismo español (la banderola airada y el agrio rictus legionario) tiene en el lodazal de Vox su hábitat idóneo. Puede que si Rivera y su grupo asesor le hubieran hecho caso al experimentado Manuel Valls, ahora no se encontrarían en una tesitura tan malhadada.

Abriendo el objetivo de la cámara, la escena política adquiere unos perfiles grotescos: el ascenso desmedido del populismo derechón, la subida de las huestes postetarras y la entrada impresentable de las CUP. Queda la alegre representación de un Teruel exigiendo su existencia. Que no decaiga la fiesta.

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