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El hombre, el animal y la post-historia

Foto: Santi Otero | EFE

Con el mes de julio alcanzamos el meridiano de la temporada taurina. Pasadas las ferias de Sevilla y Madrid llegan también las puntuales y comprensibles críticas a un espectáculo ancestral que termina con el sacrificio del animal. La tauromaquia sería el paradigma de la falta de incorporación de los valores ilustrados a la sociedad española: algo de esto, probablemente, había en la conversión tardía sufrida por Sánchez Ferlosio. Esta aproximación tiende a olvidar que el Siglo de las Luces se levanta precisamente sobre la centralidad cartesiana del ser humano frente a los animales. La fenomenología taurina palidece ante la industria alimentaria que satisface nuestro apetito y el daño ambiental derivado de las necesidades de la vida capitalista.

Superada la Ilustración, resulta entonces lógico que nos preguntemos cuál es la relación actual entre el hombre y el animal. Kojève fue uno de los primeros que atisbó que la experiencia totalitaria del periodo de entreguerras podía suponer la desaparición del ser humano al final de la historia. Los fascismos y su biopolítica no eran sino el ejemplo más palmario de la animalización del hombre. La administración de la vida era la consecuencia del triunfo de la negatividad absoluta y la aniquilación del individuo libre y la propia la filosofía. El pensador francés de origen ruso cambió un poco su perspectiva después de su famoso viaje a Japón en 1959, donde creyó ver en el esnobismo del país del sol naciente una resistencia al periodo post – histórico que él había teorizado a partir de las enseñanzas de Hegel.

Con las olas de calor evaporando la esperanza de que existan para el hombre hoy tareas históricamente asumibles, convenimos con el polémico Heidegger que parecen abrirse dos escenarios para el futuro de la especie humana. El primero es que asumamos nuestra propia latencia, nuestro propio ser gatuno o perruno, y nos abandonemos a una vida natural que se confunda con el medio ambiente para no seguir destruyéndolo. El segundo es que la humanidad custodie su propia animalidad y trate de gobernarla mediante el uso de la técnica: el transhumanismo, ese movimiento cultural tan en boga, quizá pueda superar el vínculo del hombre con el símbolo y hacer de la tauromaquia un vago recuerdo de nuestros tiempos salvajes.

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