Juan Claudio de Ramón

El hombre y la mujer

«Hombres y mujeres nos miramos y descubrimos, plenos de curiosidad, que somos al mismo tiempo iguales y distintos»

Opinión

El hombre y la mujer
Foto: Adán y Eva de Durero| Museo del Prado
Juan Claudio de Ramón

Juan Claudio de Ramón

Se licenció en derecho y en filosofía. Su máxima aspiración es alcanzar el ideal de tertuliano propuesto por Catón el Viejo: vir bonus dicendi peritus; un hombre honesto que sabe hablar.

Si hemos de creer al Génesis, Dios creó primero al hombre y luego a la mujer («porque para hacer una obra perfecta primero hay que hacer un boceto» me hizo notar con perspicacia una prima cuando niño). Sin embargo, examinadas las cosas más despacio, la verdad no puede ser esa. Porque Adán sin Eva, el Adán solo, no podía ser propiamente un hombre, sino un ser unisexual, macho y hembra a la vez, o asexuado. A los teólogos medievales no se les escapaban estas paradojas bíblicas, y de ahí sus simpáticas meditaciones sobre «el sexo de los ángeles». Esta unidad se perdió al extraerse del protoplasto divino, previa anestesia, una costilla para crear a Eva. Solo entonces, cuando hubo mujer, hubo varón, y en esto el relato mitológico se aviene con el científico: hombres y mujeres compartimos partida de nacimiento. Somos fruto de la mitosis y como mamíferos participamos del rasgo del dimorfismo sexual, que se resume en que el cuerpo de la mujer produce óvulos y el del hombre espermatozoides, obstinado hecho biológico sobre el cual la cultura carece de todo ascendiente.

Cierto: hay casos extremadamente raros y bien documentados –lo raro es lo que mejor se documenta–, de intersexualidad, antes «hermafroditismo»; también casos menos infrecuentes de transexualidad, y, ya de modo bastante más extendido, de homosexualidad. Estos apuntan a contrastes entre género e identidad de género, sexo y orientación sexual; aquel no invalida la terca dualidad entre hombres y mujeres como rasgo de la especie: solo en tiempos recientes las teóricas feministas se han hecho cargo del problema que comporta, también para el feminismo, llevar el carácter de construcción social (el género) al sexo mismo. (Para estas cuestiones, léase Lo sexual es político (y jurídico), de Pablo de Lora, clarificador y educado compendio de posturas en liza y propuesta de abordaje liberal en el debate).

El doblete que nos traemos, por lo demás, es hombre y mujer, no masculino y femenino. Sé que el deslinde es difícil. El meollo del pensamiento feminista lo recuerda: sobre la base de supuestas diferencias sexuales congénitas se han tolerado y defendido discriminaciones sociales que situaban, de manera casi universal, a la mujer en posición de odiosa subalternidad respecto del hombre. Esta desigualdad política aún salta a la vista de un ciego en largas porciones del mundo y su huella subsiste en los países más igualitaristas (cfr. Feminismo para Dummies, de Nadia Khalil, para una serena y completa introducción a la historia y el presente del movimiento feminista). El debate sobre los límites de la emancipación de la mujer en las democracias liberales –es decir, si la «transición igualitaria» se ha cumplido ya en algún lugar del mundo– no lo pretendo abordar aquí. Se trata de un debate, por lo demás, que encierra muchos debates, vinculados a menudo a saber si toda desproporción encubre una discriminación. A efectos de esta nota me basta con suscribir este paso de Simone de Beauvoir: «Yo admito, y nunca he negado, que las mujeres son profundamente diferentes de los hombres. Lo que no admito es que la mujer sea diferente del hombre».

Magnífica estela nos deja aquí la pensadora francesa, como el fanal de popa de un barco que se adentra en alta mar. Sigámosla. Beauvoir dice: entre hombres y mujeres hay diferencias que no comprometen una igualdad moral esencial. Dicho a la inversa: hay igualdad, pero también diferencias en promedio. ¿Cómo negarlo? El cuerpo humano, primer y constante lugar de observación, lo dice sin veladuras. Hombres y mujeres nos miramos y descubrimos, plenos de curiosidad, que somos al mismo tiempo iguales y distintos. Asiento de una humanidad común pero no idéntica. ¿Qué diferencias subsisten cuando las discriminaciones se retiran? El misterio permanece con nosotros toda la vida (si bien el misterio, insondable, es el de la propia alteridad: nunca sabemos cómo es ser otro). Algunas veces me ha sido sugerido, por ejemplo –y por mujeres– que la amistad entre varones no es igual que entre mujeres. ¿Y el tener hijos? ¿Es el amor de un padre igual que el de una madre? ¿Y la forma de experimentar el deseo? ¿Qué atavismos son superficiales y cuales están inscritos de manera perdurable en nuestro cableado mental? ¿Es posible saltar el fino tabique que nos separa para que una mujer sepa cómo es ser hombre y un hombre sepa cómo es ser mujer? Solo la literatura, navío de la imaginación, nos ayuda en el viaje de ida a las diferencias y de vuelta a ese lugar de lo común humano que grandes escritoras y pensadoras han ayudado a descifrar. Estoy seguro de que Hannah Arendt no ignoraba la condición femenina pero escribió La condición humana, así como María Zambrano, que se sabía mujer, habló de El Hombre y lo Divino, y Marguerite Yourcenar ofreció un inolvidable vademécum existencial metiéndose en los recuerdos de un emperador varón. Admito que es posible que las mujeres nos hayan comprendido mejor a los varones que al revés, pero admitamos también que no habrían podido hacerlo si las mujeres no fueran, al fin y al cabo y como decía Groucho Marx, «hombres como los demás».

Solía ser el caso que hombres y mujeres se reían de sus diferencias. Había todo un subgénero, hoy extinto, de chistes sobre las aptitudes y torpezas recíprocas. Como siempre con las bromas, se basaban en estereotipos; como siempre con las bromas, las había de ofensivas y groseras; y como siempre con las bromas, las había tronchantes y reveladoras de cariño. Ahora que ya nadie hace chistes de hombres y mujeres recuerdo aquello que decía Zizek sobre las chistes regionales en la antigua Yugoslavia: cuando dejaron de circular, empezaron los problemas. También se ha dicho que la guerra de los sexos no terminará nunca: hay demasiadas ganas de confraternizar con el enemigo. Es imposible negar la historia de la subordinación de la mujer al hombre. Pero también es ridículo reducir la saga de la humanidad a una historia de misoginia. Es obvio que si la nuestra no hubiera sido también una historia de profunda cooperación y devoción, ninguno de los sexos hubiera llegado muy lejos y seguiríamos viviendo en cavernas. Recordemos las huellas de Laetoli, descubiertas en 1978 en Tanzania por la paleantropóloga Mary Leaky. Preservadas por ceniza volcánica, mostraron que la humanidad empezó a caminar hace tres millones y medio de años. Lo más interesante, sin embargo, es que Leaky encontró no uno sino dos juegos de huellas, de distinto tamaño, uno junto al otro: como si estos dos remotos ancestros hubieran caminado cogidos del brazo o de la mano, en busca de su paraíso perdido. Es increíble lo lejos que han llegado juntos.

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