Jorge Vilches

El mecanismo de los totalitarios

«El problema es cuando esos totalitarios tienen una presencia pública notable, incluso en el Gobierno. Ese es el momento en el que la democracia liberal peligra»

El mecanismo de los totalitarios
Foto: Archivo Federal de Alemania (Deutsches Bundesarchiv)| CC BY-SA 3.0 DE
Jorge Vilches

Jorge Vilches

Politólogo. Historiador de las ideas. Analizo la política en la prensa desde 2003. Hablo en COPE. Rasco una guitarra eléctrica y tengo un descapotable vintage.

La BBC hizo hace poco una serie documental titulada El ascenso del nazismo. Los capítulos intercalan la recreación de los momentos y personajes, con imágenes reales y declaraciones de historiadores y expertos. La idea es que la República de Weimar cayó por la incapacidad de los dirigentes políticos democráticos y la habilidad nazi. En ningún momento se habla de totalitarismo. Los comunistas, de hecho, aparecen solo como víctimas y en ningún caso se habla de la violencia que llevaron a cabo, de sus milicias y revueltas, o de que votaran junto a los nacionalsocialistas la moción de censura a Von Papen en 1932.

Es un ejemplo de que al progresismo, a las izquierdas en general, no les gusta el concepto de totalitarismo tal y como lo expusieron Hannah Arendt, Raymond Aron o Friedrich y Brzezinski en su clásico Dictadura totalitaria y autocracia (1956). Repudian el concepto porque sirve para equiparar fascismo, nacionalsocialismo y comunismo, y eso les disgusta. Así lo ha confesado incluso el filósofo marxista Zizek.

El progresismo intenta esconder que tiene un alma totalitaria; esto es, el deseo de reglamentar la vida privada y pública hasta el más mínimo detalle, desde el supremacismo moral, utilizando la legislación para hacer ingeniería social. El objetivo es la creación del Hombre Nuevo y la Sociedad Nueva, que ha sido la finalidad del socialismo desde sus inicios. Esa pulsión pretende ahormar la sociedad a su proyecto político, creando una comunidad en la que no quepa la libertad ni el individuo. O peor, que la persona sienta que solo es libre si cumple la legislación.

El totalitarismo del siglo XXI no es equiparable al del XX porque cada época tiene sus formas. Lo cuento en La tentación totalitaria (Almuzara, 2021). El actual es un progresismo nihilista para el que nada del pasado sirve. Todo fue un error o se hizo mal, desde las costumbres, las tradiciones, los valores o la educación. Las generaciones anteriores se equivocaron, por lo que hay que corregir e imponer «la verdad» con un orden nuevo, adaptado a la ideología del futuro, que se apoya en datos científicos y emocionales. De esta manera, todo aquel que replique esa pretensión es inmoral y acientífico, opuesto al sentido de la historia y al bien común. En definitiva, un estorbo repudiable.

Las actividades de los totalitarios del siglo XXI son identificables. Lo primero es legislar sobre las costumbres privadas para crear una moral oficial. Es necesario contar con un Estado moral, porque la moral es el hilo conductor entre el partido izquierdista, el futuro y la administración. De esta manera, ese progresismo nihilista se arroga los mecanismos materiales y emocionales, la legitimidad histórica para la «transformación social».

Esa atribución es seguida de la deslegitimación de la oposición, a la que, en consecuencia, se tilda de antipatriota y antidemocrática, contraria a la «mayoría social». Es conveniente recordar que, siguiendo la tradición desde Babeuf, estos izquierdistas consideran que una votación ordinaria para reunir un Parlamento se puede convertir en un proceso constituyente. La legitimidad no estaría en seguir la ley, sino en la interpretación de la voluntad general.

«Mientras la derecha tiene teorías sobre la conservación de la tradición, la defensa de la libertad y la gestión comunitaria, la izquierda es otra cosa»

A continuación, los nuevos totalitarios se dedican a disminuir los contrapesos. Es la consecuencia lógica de que la legitimidad se atribuya de la manera citada. Nada debe oponerse al designio del pueblo. O las instituciones se acomodan a esa mayoría circunstancial o son un obstáculo para la transformación. De aquí el desprecio a los contrapesos, como ha sucedido en la España del Gobierno Sánchez-Podemos. El ninguneo a las Cortes, al Consejo de Estado, al CGPJ y a la monarquía son ejemplos.

Esto convive con los ataques a la libertad de información. No solo controlan los medios públicos de comunicación, sino las ruedas de prensa. La prensa privada es subvencionada, salvo excepciones, y los periodistas críticos son tildados de «fascistas» o «comprados». El motivo es que un totalitario necesita controlar el «relato», la interpretación de la realidad, para que su acción sea más eficaz. Para esto domina la información, miente y desinforma.

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«O las instituciones se acomodan a esa mayoría circunstancial o son un obstáculo para la transformación. De aquí el desprecio a los contrapesos, como ha sucedido en la España del Gobierno Sánchez-Podemos. El ninguneo a las Cortes, al Consejo de Estado, al CGPJ y a la monarquía son ejemplos». | Foto: Ballesteros | Efe

La colonización del Estado es imprescindible. Mientras la derecha tiene teorías sobre la conservación de la tradición, la defensa de la libertad y la gestión comunitaria, la izquierda es otra cosa. Desde sus inicios el socialismo es una ideología para llegar al poder y cambiar la sociedad. A ese propósito han empeñado sus esfuerzos, ya sea desde el Gobierno, el Estado y la sociedad civil. Lo señalaron Max Adler y Gramsci: hay que crear generaciones de jóvenes socialistas a través del dominio de la educación, la cultura y los medios. Y lo han hecho. El paradigma a través del cual la gente ve el mundo es el «progresista».

La dedicación a extender ese paradigma, lo que llaman «hegemonía cultural», ha creado la atmósfera totalitaria propicia para cumplir su objetivo. Ese ambiente viene definido por la idolatría del Estado, ese Dios mortal al que, como contaba Jouvenel, se sacrifica la libertad para conseguir una falsa seguridad. El progresismo ha conseguido que la gente identifique «lo público» con el bien general y los derechos como una concesión gubernamental.

Esto supone bendecir el intervencionismo y el estatismo, lo que permite la ingeniería social. Así, los cambios llevados a cabo por quienes detentan la verdad, la ciencia y la moral son por nuestro bien, ya que vivíamos en los errores provocados por las generaciones anteriores. El Estado se convierte así en un medio y también en un fin. Al final es el triunfo de Mussolini cuando decía que todo debía estar en el Estado, nada fuera, y nada era posible contra él. No cabe ahí el individualismo, completamente anatematizado, ni su corolario, la libertad, porque cuestionan el proyecto adanista y nihilista de transformación.

Una vez que se instala la idea de que las generaciones anteriores vivían en el error, quedan desautorizadas sus formas de vida y valores, tanto como su sistema político y económico. De hecho, las izquierdas españolas se han dedicado a deslegitimar el Estado existente y su Constitución, la Transición y su espíritu. Su llamamiento a cambiar el orden no es racional, sino emocional, para lo cual apelan al miedo y al rencor a enemigos imaginarios y pasados. Esto genera un conflicto continuo, lo que da a entender que efectivamente el sistema político está anticuado y no sirve.

«Una vez que se instala la idea de que las generaciones anteriores vivían en el error quedan desautorizadas sus formas de vida y valores»

Es lo que distingue a los totalitarios: no buscan las causas de los problemas, sino a los culpables. Estimulan la dialéctica amigo-enemigo, la lógica binaria de Schmitt, porque sin conflictos, polarización y violencia no hay posibilidad de imponer una salida autoritaria.

La necesidad del conflicto hace que el progresismo nihilista sea victimista, intolerante y agresivo. La base es denunciar el acoso del sistema y de los enemigos porque tienen miedo a su proyecto político transformador. Esto lleva a la intolerancia hacia el pluralismo y la discrepancia, de donde vienen las continuas purgas que caracterizan a las organizaciones izquierdistas.

Adoptan, además, un tono agresivo y corrector, como es notorio es cada comparecencia pública de sus dirigentes. Quieren corregir a las personas, su comportamiento, creencias, costumbres, pensamientos, relaciones y forma de vivir. Todo el mundo está equivocado menos ellos. Es un complejo neurótico delicado.

El problema es cuando esos totalitarios tienen una presencia pública notable, incluso en el Gobierno. Ese es el momento en el que la democracia liberal peligra, porque, como escribió Hayek, si la libertad se da por segura no se advierte de dónde viene el peligro de perderla.

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