Ricardo Calleja

El otro 68

Zibaldone Actualizado:

El otro 68

La pasada primavera respiramos con nostalgia el aire fresco de aquel mayo del 68. Hemos recordado la liberación sexual, la imaginación al poder, el derribo de los ídolos autoritarios y el prohibido prohibir, el movimiento ecologista, la pulsión anti-tecnocrática. El balance –se ha escrito- es ambivalente. Pero no ha sido ese el único 50 aniversario relacionado con la revolución sexual que hemos celebrado.

Poco antes de aquel momento de adolescencia hippie en los campus universitarios, la iglesia católica –“Madre y Maestra”, como la llamaba el papa bueno (Juan XXIII)- había aflojado el rostro en su rechazo a los errores de la modernidad. Pero la iglesia llegaba al guateque de la modernidad justo cuando estaba en trance de volverse orgía post-moderna. Pensaba unirse al baile al son de “la vida es una tómbola de luz y de color”, y se encontró con Marisol destapada en la portada de Interviú

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Paris, mayo 68 | Xavier Mischerans vía Arxiu Xavier Mischerans (MACBA)

Pablo VI -el Papa moderno, abierto, dialogante, pero también con un abrumador sentido de la responsabilidad- puso a la Iglesia en modo “Madrastra”, y ese mismo verano del 68 publicó “Humanae Vitae”, la encíclica en la que reafirmó que la píldora estaba prohibida, en un mundo que celebraba más bien el amor libre y sin compromiso. La actitud adolescente se contagió a buena parte de la jerarquía y de la intelligentsia católica, con un contestatario “no me da la gana”, bajo la forma de “disenso teológico” y la “adaptación a los tiempos”.

 

«La iglesia llegaba al guateque de la modernidad justo cuando estaba en trance de volverse orgía post-moderna».

 

En realidad, Pablo VI hizo mucho más que prohibir, basta leer el texto. Proponía una visión del amor humano, de la feminidad, del sentido de la vida, y del matrimonio y el sexo, que se iban a convertir -fuera pero también en muchos entornos católicos- en totalmente contraculturales. Eso sí, advertía de que no se limitaba a lanzar un mensaje inspirador compatible con ocasionales escarceos esterilizados. Con total comprensión a la fragilidad humana, proponía lo que Benedicto XVI reformuló después como la “maduración de la libertad”.

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Los Beatles en el photocall de la emisora ‘Our World’. | Foto: David Redfern/Redferns vía Billboard.com

 

En el lenguaje eclesiástico se suele decir que el papa Montini tuvo un gesto profético, cuando advirtió de los peligros de deslizarse por la pendiente de la mentalidad anticonceptiva. Anunciaba el deterioro de la familia que vendría con la disolución del sentido procreativo de la unión conyugal; alertaba frente a una mentalidad tecnocrática que pretende resolver los problemas humanos mediante la manipulación de la naturaleza; vislumbraba un invierno demográfico en una sociedad individualista, sin sentido de la trascendencia ni capacidad para el sacrificio; no en último lugar señalaba que “podría también temerse que el hombre acabase por perder el respeto a la mujer y, sin preocuparse más de su equilibrio físico y psicológico, llegase a considerarla como simple instrumento de goce egoísta y no como a compañera, respetada y amada”. “A mí también” me suena.

 

En el lenguaje eclesiástico se suele decir que el papa Montini tuvo un gesto profético, cuando advirtió de los peligros de deslizarse por la pendiente de la mentalidad anticonceptiva.

 

Han pasado cincuenta años. ¿Quién tenía razón? ¿Los profetas del sexo libre y el control técnico de la natalidad, los intelectuales del disenso acomodaticio, los padres responsables, o los reaccionarios encastillados?

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Papa Pablo VI | Foto vía Wikimedia Commons

 

Podemos reducir la pregunta a una elección entre dos alternativas: 1) vivir como si fuéramos seres creados: aceptando la orientación, los límites y dependencias mutuas que nos recuerda nuestra razón y nuestra condición corpórea; y por tanto afrontando el problema de la vida y del sexo como un aprendizaje sacrificado del dominio de sí para el don de sí mismo; o 2) vivir como si fuéramos individuos autónomos, sin límites ni fines determinados por la naturaleza, post-humanos. Y, en paralelo, subcontratar la recogida de los platos rotos de nuestra libertad a una ulterior y progresiva intervención técnica: médica, psicológica, legal, y de ingeniería social.

«¿Quién tenía razón? ¿Los profetas del sexo libre y el control técnico de la natalidad, los intelectuales del disenso acomodaticio, los padres responsables, o los reaccionarios encastillados?»

Frente a lo que pueda parecer, el campo en el que se manifiesta más claramente la diferencia entre ambos modos de ver la “vida humana” no es la actividad sexual (al fin y al cabo, el #metoo está dando lugar a nuevas formas de puritanismo sexual). La alternativa se refiere ante todo al modo en que deseamos y recibimos a los niños, y a cómo tratamos a toda forma de vida humana dependiente (si es que hay alguna que no lo sea), así como al conjunto de la Creación (temas muy presentes en la encíclica ecológica del Papa Francisco).

«La barricada cierra la calle, pero abre el camino» rezaba una pintada del 68.

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