Mercedes Cebrián

El paisaje nuestro de cada día

«¿Qué pasaría con el repertorio de tiendas que componen el paisaje comercial de las ciudades?»

El paisaje nuestro de cada día
Foto: Jose Antonio Gallego Vázquez| Unsplash
Mercedes Cebrián

Mercedes Cebrián

Mercedes Cebrián (Madrid, 1971). Escribe poesía, ficción, ensayo y crónica. Colabora con la revista Letras Libres y con los suplementos El Viajero y Babelia de El País y Cultura/s de La Vanguardia. Su último libro es el poemario Muchacha de Castilla (La Bella Varsovia, 2019). Ha sido escritora residente en la Academia de España en Roma, en la Residencia de Estudiantes de Madrid y en el museo MALBA de Buenos Aires. Tiene un Máster en Estudios hispánicos por la Universidad de Pennsylvania (EE.UU.). Durante 2018 fue la editora invitada del sello editorial Caballo de Troya (Penguin Random House).

Si en una tormenta de ideas nos pidieran enumerar los elementos que, a nuestro juicio, han vertebrado la cultura urbana en la contemporaneidad, mencionaríamos sin duda los cafés, los museos, los cines y las salas de teatro y de conciertos. Pero ¿qué pasaría con el repertorio de tiendas que componen el paisaje comercial de las ciudades? Ojalá también las mencionásemos, porque la papelería del barrio donde siguen vendiendo escuadras y cartabones, la mercería en la que te atienden señores que rozan la setentena, la tienda de discos de vinilo y el puesto de casquería del mercado municipal forman parte de la identidad de nuestras ciudades más de lo que a menudo pensamos. Hoy, cuando hacer clic se ha convertido en el gesto básico de nuestra cotidianidad como consumidores –eso somos en alguna medida, más nos vale reconocerlo–, me pregunto si frecuentamos lo suficiente el paisaje comercial de nuestras ciudades y si apreciamos el valor simbólico que irradia.

¿Empleo ya la palabra «distopía» o espero todavía unas cuantas líneas? El término es coherente con una de las misiones que me había autoimpuesto aquí: la de escribir una elegía tanto a la práctica de ir de tiendas como a la de hacer la compra a la antigua usanza, dirigiéndonos a los vendedores de tú a tú. «Exagerada», me llamarán aquellos que vayan bisemanalmente al mercado de abastos de su barrio y le pidan morcillo, longanizas o cinta de lomo a su carnicero de confianza con naturalidad.

Estas reflexiones sobresaltadas proceden de una pequeña epifanía: la de haber redescubierto en estos meses lo estimable de comprar comida fresca directamente a personas que te la limpian, trocean y envuelven de modo artesanal. Ir a una pescadería nos sitúa frente a expertos a los que preguntar dudas y pedir consejo. Es como consultarle a la farmacéutica cuál es el mejor linimento para nuestra tortícolis, pero en versión marítima y fluvial. Hasta hace poco quizá se tratase de una actividad automatizada que no valorábamos lo suficiente porque nos quitaba más tiempo del deseado, pero – y aquí entra el elemento agorero–, quizá pronto ya no podamos llevarla a cabo. En un mundo donde gran parte del consumo tenga lugar a través de internet, únicamente los muy adinerados podrán permitirse acudir a una persona que les prepare la materia prima como ellos quieren («los filetes, pártamelos finitos»). El hecho de que en ciertos países como España, Italia, Grecia o Portugal –integrantes del grupo de los vilipendiados pigs, ¿les suenan?– recibir esta atención personalizada siga estando alcance de personas de clases sociales diversas hay que apreciarlo y, por tanto, celebrarlo. Como cualquier derecho, su disfrute implica una responsabilidad. La nuestra, como consumidores, sería la de no abandonar a los profesionales del comercio a pie de calle. Si no queremos que nuestro estilo de vida esté más inspirado en Blade Runner que en las tradiciones de un país mediterráneo, hay que seguir comprándole chuletillas a los carniceros.

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Victoriano Izquierdo | Unsplash

Hoy las ciudades nos necesitan como paseantes profesionales: nos piden que reivindiquemos el zapato cómodo y ejerzamos el errabundeo militante. Los flâneurs y flanêuses contemporáneos son aquellos que, hastiados de navegar digitalmente, optan en cambio por bajar a la calle a ver si encuentran por ahí esa llave inglesa o ese cazo con tapa que necesitan, y de paso se toman un cortado que les sirve como combustible. Es cierto: para hacerlo se necesita tener tiempo, pero nada mejor que invertirlo en darle a la ciudad los usos que ya fascinaban a Walter Benjamin, a Baudelaire y a Jane Jacobs.

El paisaje comercial de las ciudades, que abarca elementos tan variados como rótulos, diseño de escaparates, vocabulario específico y modos de socializar, se está perdiendo a la velocidad de los dientes de leche de un crío de ocho años. Quizá muchos no tengan tiempo o ganas de reparar en lo que está desapareciendo del mapa de sus ciudades en relación con esta modalidad paisajística. En Madrid, por ejemplo (pido disculpas por mencionar la ubicua capital), ya llevamos luto por los Almacenes Cobián, aquel imperio del botón y de la aguja de hacer punto de diversos grosores que cerró en 2018, y por la centenaria Papelería Salazar, regentada por la familia de igual apellido desde 1905. Para alejarme del casticismo, también puedo citar que Charing Cross Road, la famosa calle de las librerías de Londres, lleva desde principios de este siglo perdiendo, en un goteo constante, los establecimientos que le dieron la fama, y que generaron una exitosa novela epistolar –84, Charing Cross Road, de Helene Hanff– y un largometraje de igual título. Con la llegada de la venta online y la subida de precios de los locales londinenses, los libreros de viejo han ido abandonando sus locales. Al menos Foyles, la legendaria y enorme librería, resiste.

Oigo voces: muchas de ellas me están llamando «nostálgica» a gritos, haciéndome ver que oponer resistencia ante los cambios es inútil, que no se puede volver atrás porque, como dijo tan escalofriantemente bien José Agustín Goytisolo, la vida nos empuja como un aullido interminable. Para bajarle los decibelios a ese grito del tiempo, yo al menos opto por patearme las ciudades para comprobar que siguen ahí muchos de los lugares que han ido acompañándonos en nuestro periplo vital. Si leemos el paisaje comercial de las ciudades como parte de la historia y la cultura de un país, la compra de cualquier alimento u objeto, o el paseo que incluya un deleitoso mirar escaparates cobra una dimensión nueva y gozosa. Una prueba de que el tejido comercial de una ciudad genera identidad, encuentros, intercambios y todo eso que deseamos que siga presente en las nuestras, se encuentra en el barrio del Once en Buenos Aires. Su micromundo de tiendas al por mayor, regentadas en su momento por la colectividad judía y actualmente por diversas comunidades de inmigrantes, han originado su particular ambiente, reflejado en películas como El abrazo partido de Daniel Burman (2004) y en crónicas de los escritores María Moreno y Marcelo Birmajer, entre otros autores.

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Jhosef Anderson Cardich Palma | Unsplash

Como tendemos a venerar los ejemplos procedentes de algunos países europeos, traigo aquí este broche final procedente de Francia: en los años ochenta del siglo pasado, un equipo de historiadores de prestigio encabezados por Pierre Nora, decidieron que los cafés merecían un lugar en la memoria colectiva del país, que debían considerarse un «lugar de memoria» (lieu de memoire) para Francia, según el proyecto historiográfico liderado por el académico Nora. La idea surgió en 1984, cuando el presidente François Mitterrand reunió a ese grupo de expertos para que llevasen a cabo un descomunal proyecto colectivo historiográfico. En aquel momento, cuando las celebraciones del bicentenario de la Revolución Francesa estaban a punto de comenzar, la pérdida de hegemonía cultural del país era manifiesta y se hablaba ya de la crisis del saber histórico, el resultado del encargo tenía que obrar como desfibrilador del corazón de Francia: había que lograr unificar el país a través de los espacios, acontecimientos e iconos en los que se anclaba su memoria colectiva. El encargo a Pierre Nora y su equipo dio lugar a tres volúmenes publicados por Gallimard en los que se elaboró un inventario de los lugares de memoria nacionales, que incluían desde el Tour de Francia hasta los campanarios de las iglesias de los pueblos, pasando por el vino y la gastronomía. El concepto se refiere a una serie de enclaves de reunión afectivo-simbólica que trataban de servir como puntos de unión de la población francesa, independientemente de su origen socioeconómico.

Quizá la Pescadería Mari Cruz o la Mercería El Pespunte lo logren también a escala menor en estas latitudes, pero en este caso depende bastante de nosotros. En nuestras manos está que la frase «los filetes, pártamelos finitos» siga formando parte del vocabulario habitual de nuestras ciudades.

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