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El pinganillo

El Barça debe graduarse de nuevo, ajustar dioptrías y evitar lo que pueda deslumbrar en exceso. Llegar a entrenar sin legañas y dirigir con los ojos bien abiertos. Escuchar, no oir. O lo que es lo mismo: trabajar, trabajar y volver a trabajar.

Cocktail de sensaciones este fin de semana. Mezcla de curiosidad, ganas, cierto hartazgo de fútbol y de pasado e inquietud. La era Luis Enrique arrancó el sábado en Huelva con algo menos de un tercio de jugadores del primer equipo. Vimos en formación una sinfonía de juventud procedente del filial que lleva el ADN Barça desde el primer "colacao" que se toman en La Masía. Intentamos cogerle el punto al portero Ter Stegen, reconocimos de nuevo a Deulofeu y pusimos siete velas para que esos gestos de crack que se adivinan en Halilovic no sean un espejismo. Pero era a Luis Enrique al que el respetable quería ver acción para escudriñar sus intenciones y ponerle los primeros números a su trabajo. 4-3-3.

Nada que no esperásemos. Pero dejó un buen rastro, unas pinceladas que nada tienen que ver con el Tata y sí con Tito y con Guardiola. Cierto es que tiene al núcleo duro del vestuario desperdigado hasta donde instagram nos permite localizarlos y lo visto en el Nuevo Colombino no es más que algunos flashes. Si el césped nos dejó detalles, el banquillo nos puso sobre otras pistas. Unzué, otrora portero y hoy brazo derecho de Luis Enrique, vio el encuentro con sus ojos y los del compañero del cuerpo técnico que le retransmitía su partido desde la tribuna superior. El pinganillo se convirtió en el tercer ojo. El entrenador, en la banda. Su segundo, en el banco y el tercero, en el palomar.

Tres visiones en busca de la perfección. Periférica, vertical, a ran de suelo o a vista de pájaro, lo que está muy claro es que el Barça debe graduarse de nuevo, ajustar dioptrías y evitar lo que pueda deslumbrar en exceso. Llegar a entrenar sin legañas y dirigir con los ojos bien abiertos. Escuchar, no oir. O lo que es lo mismo: trabajar, trabajar y volver a trabajar.

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