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El plural de Dios

Para entender la fe de una persona no hay que mirar a su Dios, sino a su mundo, pues mundo es aquello que nos entregan nuestros dioses a cambio de la fe que depositamos en ellos

Foto: Dominio público

Creyendo hallar en El origen de las especies la dialéctica natural que completaba su dialéctica social, Marx le envió a Darwin, en octubre de 1873, un ejemplar dedicado de la segunda edición de El capital. Este último, siempre cuidadoso con las formas (ya saben, “manners before morals”), le respondió con una nota de agradecimiento en la que afirmaba que ambos compartían el propósito de aumentar el conocimiento de la humanidad y, con él, la felicidad colectiva. Marx la leyó como la honesta prueba del aprecio de Darwin por su pensamiento. Sin embargo, el ejemplar de El capital permaneció intonso entre los libros de Darwin.

Ocho años más tarde Darwin recibió en Down House, su casa, a un joven y apasionado propagandista de sus ideas y de las de Marx, Edward Aveling, que solicitaba su autorización para publicar un texto divulgativo titulado The Students’ Darwin.

En el encuentro estuvo presente un viejo amigo del agnóstico Darwin, el reverendo Brodie Innes. Ambos sabían que uno de los dos tenía que estar equivocado con respecto a la existencia de Dios, pero esa convicción no empecía su amistad.

Aveling, hijo de un pastor protestante, había perdido la fe leyendo El origen de las especies e hizo del ateísmo su orgullosa carta de presentación ante Darwin.

—¿Por qué os consideráis ateo? —le preguntó Darwin, añadiendo que él prefería definirse a sí mismo como agnóstico.

—Un agnóstico —le contestó Aveling— es un ateo que no quiere perder la respetabilidad, mientras que un ateo es un agnóstico agresivo.

—¿Y por qué hay que ser agresivo? —volvió a preguntarle Darwin.

El término “agnosticismo” había sido acuñado en 1869 por Thomas Huxley, ferviente seguidor de Darwin, precisamente para limarle las rebabas a “ateísmo”.

Pasados unos días, Darwin le respondió a Aveling. “Sería ridículo por mi parte ofrecer mi consentimiento a lo que no lo requiere”. Pero puntualiza lo siguiente: “Preferiría que no me dedicara su obra […]. Aunque soy un firme defensor del libre pensamiento en todas las cuestiones, considero (correcta o incorrectamente) que los ataques directos al cristianismo y al teísmo producen muy escasos efectos en el público. La libertad de pensamiento se promueve mejor por medio de la gradual iluminación de las mentes de los hombres que sigue al avance de la ciencia. Por eso siempre he evitado escribir sobre la religión, dedicándome a la ciencia. Me predispone a evitar atacar directamente a la religión el deseo de ahorrar cualquier dolor a los miembros de mi familia”.

Aveling tuvo dos mujeres y una gran cantidad de amantes. Según proclamaba, su fidelidad a su propia naturaleza era más fuerte que cualquier fidelidad cultural. Bernard Shaw dijo de él que se movía entre la gente con la naturalidad con que la mayor parte de los hombres se mueven entre las cosas. En 1883 se enamoró de Eleanor, hija de Carlos Marx, con la que escribió The Woman Question (1887). Ella se suicidó al sentirse despechada.

Darwin no perdió la fe siguiendo el avance de la ciencia, sino entre las aspidistras —esas plantas que no soportan el exceso de luz— de Down House, el día que murió su hija Annie. “Creo —le escribió a una amiga— que no puedo ver con tanta claridad, y como a mí mismo me gustaría ver, la evidencia de un diseño benevolente a nuestro alrededor. Me parece que hay demasiada miseria en el mundo”. Sin embargo, en la última página de El origen de las especies deja escrito: “Como la selección natural funciona únicamente por y para el bien de cada ser, todos los atributos corpóreos y mentales tenderán a progresar hacia la perfección”.

Los restos del agnóstico Darwin reposan en la abadía de Westminster, cerca de los de Isaac Newton. Según pudo leerse en la crónica que apareció en The Times, las autoridades religiosas comprendieron que la abadía necesitaba el cuerpo de Darwin más que él la protección del recinto sagrado de la abadía. No estoy seguro de que pensara lo mismo su familia.

Para entender la fe de una persona no hay que mirar a su Dios, sino a su mundo, pues mundo es aquello que nos entregan nuestros dioses a cambio de la fe que depositamos en ellos. Sin fe, nos quedamos sin mundo. Quizás alguien se pregunte cuál es, entonces, la fe del ateo. Observen su mundo. No tardarán en descubrir que el ateísmo es solo el plural de Dios.

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