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El procés no existe

Foto: Manu Fernandez | AP Foto

El procés independentista es una construcción lingüística, o mejor, propagandística. Es como la peor cara de la corrección política, la que pretende -y fracasa al intentarlo- cambiar la realidad interviniendo simbólicamente en ella. El procés ha construido simbólicamente la independencia de Cataluña porque sabe que no la conseguirá realmente. Por eso pide el referéndum. El referéndum es el eufemismo que oculta que la independencia es imposible. Es una panacea que ha sustituido incluso a la independencia, al mito de la república catalana. Nadie parece pensar que es plausible un Estado nuevo, y por lo tanto depositan sus esperanzas en el referéndum. Al menos, poder votar, poder ejercer ese acto de indignación simbólica, ese acto expresivo. Qué ocurrirá el día después, no se sabe. Quizá no se quiera saber, como quienes votaron el Brexit sin saber que realmente podía ir en serio.

El objetivo ya no es un nuevo Estado, sino poder votar. Es la estrategia de negociación de Puigdemont y Junqueras, como reiteran en su tribuna en El País: dejadnos votar. Os estamos esperando: “Nosotros ya estamos sentados en la mesa del diálogo. ¿Van a tardar mucho los demás invitados? Es más: ¿van a venir?” Los invitados no están sentados en la mesa porque los independentistas les echaron. No son los políticos españoles, sino los parlamentarios catalanes ausentes en la mesa del Parlament que reformará el reglamento para poder aprobar de manera secreta y exprés una ley de “desconexión”. Mientras acusan al Gobierno de cumplir las leyes, los partidos independentistas manipulan las suyas, las que le dan la legitimidad democrática.

La izquierda crítica con el procés pide también un referéndum como una manera de resolver el conflicto. A veces, simplemente para saber quién está en qué bando. La apelación a la democracia es o utilitarista o solo expresiva: dejadles votar para que se callen, porque perderá la opción independentista, o dejad que voten simplemente por votar, para manifestarse. “Dejarles votar” parece la única solución, quizá porque es la más sencilla. Hace alusión a conceptos fáciles de entender, e igualmente fáciles de manipular retóricamente: democracia, libertad. Frente a valores tan universales y abstractos, cargados de simbolismo, la seducción no vale. Aunque una vez una amiga catalana me dijo que en realidad a ella le valía con que España admitiera que Cataluña es una nación. Quería votar en un referéndum, pero no para pedir la independencia, sino simplemente para expresar ese sentimiento.

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