Alexandra Gil

El safari de la vergüenza

"La invisibilización de la pobreza está más presente que nunca. Ha llegado a nuestras calles y ni siquiera lo hemos notado porque vivimos cada vez más absortos en lo que nos atañe personalmente"

Opinión

El safari de la vergüenza
Foto: El vaso medio lleno

A las youtubers que han decidido hacer felices a los más desfavorecidos tirándoles bolsas de magdalenas a una distancia prudencial no les gusta colaborar con asociaciones. 

Ellas prefieren enfundarse el mono de trabajo, ponerse el filtro-belleza, armarse de magdalenas y darse un baño de masas con la plebe. Bueno, baño tampoco. Solidarias son, pero que tampoco se les acerquen mucho, ¿verdad? 

A ellas les gusta ese paseo matutino porque repartir repostería sin bajar del coche les permite “ver la cara de la gente”. Lo dice una de ellas durante la grabación. Ojo, la misma que, segundos antes, afirmaba entre risas que la conductora (y cómplice de este plan sin fisuras) había preferido abrir la ventanilla del copiloto en lugar de la suya propia, no fuera a ser que el contacto con los pobres implicase más riesgos de los asumibles. 

En lo que pretende ser un giro melodramático de la situación, dicen: “Se les ilumina la cara”.  ¿A quiénes?  A las personas sin hogar, suponemos.  Parte de la violencia intrínseca de este vídeo reside precisamente en omitir al interlocutor y sujeto del experimento. Las magdalenas parecen caer al vacío. Son seres humanos los que las recogen. Pero hablar abiertamente de ellos, de por qué están en la calle, darles la palabra, aparcar el coche y dejar que ocupen más espacio que el de las dos baldosas de una acera, no está en el guion. El guion está ideado en formato safari: personas sin hogar en vez de animales en mitad de la sabana.  En esto de influenciar todo está medido al milímetro (o quizá no, y así les ha ido). A los pobres los ven de lejos, con el seguro echado y el pie apoyado en el acelerador por si hay que salir zumbando. Van cerrando y abriendo las ventanillas conforme avanza la aventura. “Es un barrio un poco…” dice, conteniendo la mueca de asco. “Conflictivo”, responde la otra . Viviendo al límite en esto de influenciar.

“¿Queréis un paquete de magdaleeeenaaas?” grita una de ellas con tono paternalista a tres o cuatro metros del grupo. “¡Allá va! Que tengas un buen día! ¡Ciao!” 

He tenido que volver a ver el vídeo para asegurarme de que la frase era exacta y, mientras cerraba el navegador, he pensado que dos jóvenes pagadas para influenciar tirando bolsas de magdalenas desde su coche era, sin duda, la prueba gráfica más bochornosa de la idiotización de la sociedad.

Las dos youtubers valencianas tenían muy cerca la respuesta a sus inquietudes solidarias. Podrían, por ejemplo, haber explotado la valía de esos miles de seguidores para dar la palabra a Adela Cortina, catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia. Fue ella quien acuñó el término que mejor define lo sucedido. En su libro “Aporofobia, el rechazo al pobre”, la filosofa argumenta que en un mundo construido en torno al intercambio y fundado sobre las expectativas de lo que podemos recibir a cambio de nuestros actos (trabajo-nómina; esfuerzo-reconocimiento), el que no tiene nada, no puede ofrecer nada y queda excluido de nuestro campo de visión. 

Sospecho que la hazaña de las dos youtubers partía de una buena intención, y quizá es ese nivel de inconsciencia sea lo más preocupante. Que figuras con cierto impacto entre los jóvenes banalicen sin maldad la máxima expresión de desigualdad -como lo es no disponer de un techo- es un indicador que no debemos pasar por alto.  

Las más de 30.000 personas sin hogar que España tiene en sus calles no necesitan magdalenas. Necesitan dejar de ser el foco de agresiones violentas (el 47% de ellos son víctimas de delitos de odio); necesitan ayuda psicológica; necesitan que se dé altavoz a su mera existencia y al drama cotidiano de su día a día. 

Paradójicamente, la invisibilización de la pobreza está más presente que nunca. Ha llegado a nuestras calles y ni siquiera lo hemos notado porque vivimos cada vez más absortos en lo que nos atañe personalmente. 

Al fin y al cabo, quien no va a servirse expresamente del metro cuadrado que rodea al cajero automático no se preguntará jamás por la utilidad de los pinchos o los pivotes que al otro, al invisible, al pobre, sí le impedirán un descanso pasajero. Los bancos priorizan los cajeros a pie de calle para evitar que personas sin hogar se cobijen durante la noche. Queremos ser tu banco, sí, pero solo si podemos tener tu dinero. Miles de personas aspiran a no encontrar pinchos, ni trampas anti-pobres allá donde nosotros solo aspiramos a retirar cash

No nos engañemos. Si no hemos visto venir la arquitectura hostil que empieza a colonizar el espacio público, es precisamente porque ha cumplido con su cometido: borrar de nuestras calles al que ya era invisible cuando estaba de cuerpo presente. El pobre molesta y huele mal. Y por eso nadie lo echa en falta cuando no está. Cuando lo que incordia desaparece, solo queda silencio. 

“La pobreza no estalla como las bombas, ni suena como los tiros”, escribía Galeano en ‘Los hijos de los días’. “De los pobres, sabemos todo: en qué no trabajan, qué no comen, cuánto no pesan, cuánto no miden, qué no tienen, qué no piensan, qué no votan, en qué no creen. Sólo nos falta saber por qué los pobres son pobres.
¿Será porque su desnudez nos viste y su hambre nos da de comer?”.

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