Irene Cacabelos

EL “selfie” de Aguirre

Creo que la moda de los “selfies” está llegando demasiado lejos. En concreto, a las ramas de los árboles del zoo de Sydney. Estos pobres koalas son las últimas víctimas de la fiebre del autorretrato.

Opinión

EL “selfie” de Aguirre

Creo que la moda de los “selfies” está llegando demasiado lejos. En concreto, a las ramas de los árboles del zoo de Sydney. Estos pobres koalas son las últimas víctimas de la fiebre del autorretrato.

Creo que la moda de los “selfies” está llegando demasiado lejos. En concreto, a las ramas de los árboles del zoo de Sydney. Estos pobres koalas son las últimas víctimas de la fiebre del autorretrato, aunque afortunadamente nunca lo sabrán. La ventaja del “selfie” es que el autor muestra voluntariamente su propia imagen. Todo lo contrario de lo que esta semana ha vivido la siempre fotogénica Esperanza Aguirre.

Los políticos están acostumbrados a los flashes, pero suelen preferir los de las ruedas de prensa, las inauguraciones o las comparecencias en las que todo, o casi todo, está medido y controlado. Pero ¿qué ocurre cuando te das de bruces con el atril de la vida real? Ahí la cosa cambia, y Aguirre lo sabe mejor que nadie.

No acostumbra la ex-presidenta a esconderse de las cámaras, y muchos menos de los micrófonos. En las últimas 72 horas la hemos oído en todos los programas que han querido escuchar su versión del “incidente” con los célebres agentes de movilidad. Aguirre ha dado todas las explicaciones posibles aunque tal vez, sólo tal vez, se ha pasado de frenada. En todos los sentidos.

Suele ocurrir cuando uno cuenta cien veces la misma batallita. Se tiende a añadir detalles, olvidar datos y, lo más peligroso: venirse arriba y llenarse de razón. Soplar y sorber no puede ser. O se asume el error y se pide disculpas, o se ataca a los agentes por su supuesto mal comportamiento. Ambas versiones no son compatibles y mucho menos creíbles.

Nunca lo habría imaginado pero, esta vez Esperanza Aguirre puede acabar siendo víctima de lo que para muchos es su mayor virtud política: la predisposición a dar explicaciones a los medios de comunicación. Lo hizo en calcetines cuando se salvó de un atentado en Bombay y lo hizo tras salir indemne de aquel accidente de helicóptero. Dos episodios que ayudaron a engrosar el mito de la lideresa indestructible.

Quizás la ex-presidenta creyó posible extraer un halo de heroicidad en su actitud rebelde frente a los agentes de la autoridad. Esa especie de Juana de Arco de Callao que sufre en sus carnes la fiebre “multadora” del Ayuntamiento de Madrid.

Por desgracia para ella, esta vez ha calculado mal el impacto de sus palabras. Ahora falta por ver las consecuencias políticas en su hipotético regreso a la primera línea. Algo es seguro. Si vuelve, lo hará en coche oficial.

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