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El torero sin rostro

De pequeño yo quería ser torero. No me daban miedo los toros ni pensaba en la muerte. Como todos los niños fui inmortal. Supongo que me gustaba verme allí solo en medio de la plaza frente a un animal negro al que no odiaba. Mi imaginación sin límites pintaba el autorretrato de un bailarín delgadísimo y templado toreando la bravura del astado. Torero, imitaba pases naturales, molinetes y manoletinas de los maestros. En mi sueño no éramos enemigos. Adornábamos la danza los dos a la vista del respetable que no abría el pico. El bicho se arrimaba a mí brioso y seguía el giro parsimonioso yo formando un abanico.

La imagen de Susana Vera muestra a un hombre sin rostro con traje de luces que representa a cualquier torero, dicho de otro modo, a todos los toreros.

Víctor Barrio quería ser torero y lo consiguió. El diestro segoviano de veintinueve años descubría tarde su vocación artística- el toreo es un arte- cuando no era un niño y sabía algunas verdades de la vida. Lo que no esperaba aquella tarde de julio era morirse en el ruedo. Nadie empieza un baile pensando que será el último.

A menudo oímos decir a los mayores que la vida es una historia que acaba mal porque al final siempre te mueres.

La sociedad moderna entiende la tauromaquia de diversas maneras. Hace años ser matador de toros no era un oficio cuestionable. Hoy en día se habla de otras modalidades taurinas incruentas como “los toros a la portuguesa”, por ejemplo. Con todo, en nuestro país los españoles nos estamos acostumbrando a tomar posiciones enfrentadas y es fácil ser etiquetado de taurino o anti-taurino. Resulta lamentable el odio vertido en desigual combate contra un torero que ya no puede defenderse.

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