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El turista como extranjero perfecto

Foto: Paul Hanna | Reuters

El turista es, si bien se mira, el extranjero perfecto. Viene de otro lugar (con frecuencia de otro país) y resulta objetivamente ridículo. Pero no es pobre, ni se ha desplazado para trabajar, ni está perseguido, ni está triste. No puede beneficiarse de ningún tipo de compasión, salvo la que se les dispensa a los bobos. Siempre se piensa que el turista es bobo.

Nietzsche arremete contra ellos en un aforismo de ‘Humano, demasiado humano’ (1879): “Estúpidos y sudorosos, suben la montaña como animales; alguien se olvidó de decirles que por el camino hay buenas vistas”. Muchas veces me he reído de los turistas así, pero ahora pienso en su grandeza: ¿mirar las vistas, como plebeyos? Ellos se dirigen aristocráticamente a la cumbre (a su ‘objetivo turístico’), haciendo abstracción del resto. (De haberlo pensado un poco más, Nietzsche los hubiese aplaudido).

Hace ya años que sufrimos la cargante distinción entre el viajero y el turista. Y esa distinción existe, pero en beneficio del segundo. El viajero juega a la comprensión del territorio por el que viaja, enredando pesadamente a los nativos. El paso del turista, en cambio, es leve. Molesta y ensucia, como todo ser humano, pero no ‘toca’ el país que visita, que le importa un pimiento: solo quiere sus postales. Por eso deja dinero y deja a los nativos en paz. No cae en la ilusión de no ser extranjero.

Nadie quiere al turista. Su único logro afectivo en todas estas décadas ha sido el lema ‘Al turismo, una sonrisa’, que era deliberadamente hipócrita, interesado. Y cuyo reverso, a manera de retorno de lo reprimido, aparece estos días como turismofobia. De aquellas sonrisas falsas, estos escupitajos.

La prueba definitiva de la extranjería absoluta del turista es que ni siquiera los que combaten la turismofobia llegan a declararse turistófilos.

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