The Objective
Javier Rioyo

Elogio de la boina

«Pío Baroja y Josep Plá. Supervivientes bajo sus boinas. Españoles que seguirán vivos cuando estos sectarios e ignorantes de nuestra historia no sean noticia»

El verso suelto
Elogio de la boina

Una boina. | Wikimedia Commons

«Gobiernan los cobardes, los oscuros.

Cómo duele vivir en la agonía

de la cruz y en la herrumbre de la espada»

Luis Alberto de Cuenca

Desde mi ventana madrileña veo un cielo de nubes y claros que se adorna con el vuelo de aves migratorias que alegran la vista con su viaje al sur desde algún lugar del norte, del este, de nuestro continente. Van libres, veloces y alineados en pacíficos ejércitos de su abierta y protectora familia. No dependen de trenes inseguros ni de carreteras bloqueadas, son su propio y democrático Falcon. Ni se llaman Puente, ni se someten a Sánchez, ni tienen que ver o escuchar a ningún Montero, ni pactar su migración por un puñado de votos. Son grullas, cigüeñas, estorninos, petirrojos, milanos que buscan nuestros humedales para hacer escala en nuestra península de casas vacías, de campanarios que resisten, de paisanos que miran al cielo y que se alegran con su llegada, con su paso, sus paradas o sus largas vacaciones. Emigrantes sin papeles y sin manipulaciones que nos ayudan cuando comen nuestros bichos o se cagan en nuestros campos. Sobre las boinas campesinas o sobre la desnuda cabeza de los campesinos.

Ahora, en este tiempo de miserias y cobardías me gustaría ser un petirrojo. Como no soy muy partidario de esas prescindibles imitaciones del realismo mágico, de esos bajos vuelos de escritores vacíos, disfrazados de ridículos habitantes de «la ciudad no es para mí» y acompañados de malasfollás con cargo, me conformaré con ser un lector, un escribidor que admira a maestros con boina. Un lector de aquellos antepasados con boina que nos supieron contar, nos retrataron desde sus cabezas protegidas. Hoy pretendo hacer elogio de escritores con boina, de gentes de boina y de pájaros libres y hermosos. Aunque no sea capaz de llevar con naturalidad una boina, ni de escribir como ellos, los recuerdo y los añoro. Desde mi habitual cabeza a pájaros reivindicaré su lectura, su libertad y su ejemplo de saber contar bajo sus boinas. Una prenda que ni tapa ni esconde, que no es disfraz ni pose, aunque imprima carácter y marque estilo, estilos sin uniformidad, con verdad.

No es necesario llevar boina para escribir bien. También se puede usar sombrero, incluso escribir despeinados y guardando el pelo de la dehesa o sacándolo al aire de los tiempos, sin necesidad de disimular tu honorable pasión por el dinero y la fama. Se puede escribir bien hasta con esos sombreros tan burgueses de Emilia Pardo Bazán o de Selma Lagerlof, dos extraordinarias escritoras que no escondieron sus tendencias ni sus gustos. Cada una a lo suyo. Incluso se puede ser rockero y gran escritor. Con el acordeón me falta criterio e información, lo mismo me pasa con el bombo, aunque estoy seguro de que en un país como este se puede uno hacer rico y comprarse un Porsche, tocando el bombo o maniobrando un acordeón. El mercado y el «puto capitalismo» están abiertos a todo espectáculo. La escritura es otra cosa, está en otro sitio y juega en otra liga. 

Soy seguidor de un escritor de thrillers noruego, músico rockero, llamado Jo Nesbø. Con esta historia de pájaros de paso y de cuenta, que publican, venden y triunfan más allá de méritos literarios en este país nuestro de enjaulados por el relato. Un país donde el poder de los progres de bajos vuelos y negocios al vuelo. Confundir las palabras de su tribu con la literatura es mucha confusión. Volví al best seller de Nesbø, Petirrojo, sobre este tiempo que ha visto transformar sus valores, su moralidad, sus ideales.

Un mundo que no cree en las instituciones del Occidente democrático, dónde crecen los extremistas y los carroñeros de los extremos. Un mundo de un ascenso del nuevo capitalismo/comunismo asiático que se beneficia del crecimiento de los nuevos fascismos, de los podridos socialismos. Nuestro mundo que está llegando hace décadas y que está viviendo uno de sus peores momentos. Volver con Nesbø, con Kenzaburo Oe, que nos invitan a recuperar a la belleza de la imaginación, de la leyenda, de la literatura.

«Fue Cardenal un utópico que se equivocó con el sandinismo de Daniel Ortega y que rectificó»

Antes de calarme la boina, me permito una cita de Selma Lagerlöf, sobre la creación del petirrojo: «Mas, poco a poco, se fue armando de valor, voló hasta él y extrajo con el pico una espina que se le había clavado al crucificado en la frente. Sin embargo, al tiempo que lo hacía, una gota de la sangre del crucificado cayó sobre el pecho del ave. La gota se expandió enseguida y le bajó por el pecho tiñendo las plumas pequeñas y ligeras que lo cubrían. El crucificado despegó los labios y le susurró al pajarillo: Gracias a la compasión que has mostrado, acabas de ganar para tu especie lo que esta venía deseando desde la creación del mundo». Me encantan los petirrojos, son sociables, pequeños, excelentes cantores, divertidos, de buen comer y beber y traen buena suerte. Siempre los estoy esperando. También me gusta el cardenal, más rojo, buen lírico, hermoso, alegre y libre aunque monógamo.

Cardenal, Ernesto Cardenal, el poeta cristiano, rojo a su manera, cura de tiempos de iglesia comprometida, poeta que mamó de las lecturas de Rubén, que frecuentó la misma iglesia y quiso poéticamente contar la vida. Fue Cardenal un soñador cosmopolita, un referente de la llamada teología de la liberación, un utópico que se equivocó con el sandinismo de Daniel Ortega y que rectificó. Fue candidato a Nobel, apóstata razonable, arrodillado ante Juan Pablo II que le correspondió con la expulsión de la Iglesia y recuperado por el papa Francisco. Iluso y soñador en política, un hombre bueno que casi fue centenario y que descansa en su utópica comunidad artística de las islas de Solentiname.

Se acaban de anunciar los segundos premios internacionales que llevan su nombre. El de Concordia y Derechos Humanos para Hugo Sigman; el de Letras para Luis Alberto de Cuenca y el de las artes para Alejandro Amenábar. Aunque ya habrá tiempo de contar algo más de Cardenal y su secuestrada Nicaragua, hoy lo traigo aquí por su manera de llevar la boina. Lo conocí y entrevisté en tiempos de la transición, no coincidía con él en su buenismo humanista, pero me admiró su cercanía, su afabilidad no exenta de coquetería y, sobre todo, su elegancia en llevar la boina. Todo un estilo, un look que hacía la competencia al del falsario Che Guevara, otra cabeza, otra boina, otra historia. Me gustaría ver con boina a Luis Alberto de Cuenca, al menos una vez.

Si tengo que elegir los imprescindibles de la boina, los mejores de nuestra cultura, de nuestro ejemplo de libres sin sectarismo ni apostura, sin duda hay dos destacados. Dos necesarios de los nuestros que estaban entre los ganadores/perdedores de aquella guerra que todos perdimos, Pío Baroja y Josep Pla. Supervivientes bajo sus boinas, vidas paralelas dónde lo importante es lo que contaron y cómo lo contaron. Lejos de halagos y de farsas, independientes y libertarios, dos maneras, vasca y catalana, de ser españoles, que pocas veces coincidieron, pero que seguirán vivos cuando estos sectarios e ignorantes de nuestra historia no sean noticia por huidas o guerracivilismos renacidos.

«Ya casi nadie lleva boina, pero seguimos usando el garrote mediático que alimenta confusión y enfrentamiento»

Todo un negocio que no debemos confundir con la literatura. Cuando el pensamiento es panfleto, nada bueno puede salir de un encuentro de intereses creados, de maniobras, de muchas ignorancias, por más que hubiera sido pensado para el libre y abierto debate. Ya casi nadie lleva boina, pero seguimos usando el garrote mediático que alimenta confusión y enfrentamiento. Ganan los malos, pierden los habituales de las guerras mediáticas o históricas. La verdad, la primera derrotada.

Cuando Pla y Hemingway se encontraron en Madrid —lo cuenta Xavier Pla— tuvieron afinidades y simpatías. Les unió Baroja, la comida y sobre todo, la bebida. Dos elegantes bebedores en la ciudad, en sus bares de moda, sus hoteles o las casas lujosas de amigos. Dos estilos, dos vidas diferentes. Pla como ilustrado campesino era de vinos populares diferentes, sin olvidar aguardientes y destilados varios. Hemingway, el salvaje mundano de tragos largos y vino en bota, no estaba tan lejos de Pla.

Dos estilos de vida, dos estilos de boina, una patria común: la literatura. No se entendieron cuando bajaron al ruedo ibérico y el americano pregunta al ampurdanés por la tauromaquia. Pla reconoce su ignorancia y su desdén por ese rito, ese drama, esa fiesta que apasiona a Hemingway. Uno apasionado por lo arriesgado, violento, exótico; el otro por lo pequeño y cercano. Uno viaja disfrazado con boina de miliciano al frente, otro se escapa disimuladamente, andando o en autobús. Lejos de mitologías guerreras, de arengas y de eslóganes.

El otro grande con boina, Pío Baroja, que se supo ocultar bajo su chapela, no quiso estar en esa guerra de un país que no entendía. En su autoexilio de París dejó escrito lo que pensaba de unos y otros: «Para mi comunismo y fascismo son muy parecidos, uno y otro son arbitrariedades despóticas. En la práctica terminan en una dictadura hecha a beneficio de los amigos, para echar de comer a los compadres y sostenerse en el mando. Suelen ser la instauración en el Estado de una amplia merienda de negros, en la que todo el mundo se dedica a alargar la mano y apoderarse de lo que puede». Cualquier parecido con la actualidad no es casualidad.

Yo sí hubiera estado en Sevilla. Defendiendo mi país, ese que quiero libre de perseguidores, censores, inquisidores y otros cobardes que gritan y no saben. Hubiera estado recordando la guerra y prisión sevillana de Arthur Koestler que algo supo y padeció de unos y otros. Vale.

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