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Elevemos un poco nuestro canto

Foto: LIONEL BONAVENTURE | AP Foto

¡Musas de Sicilia: Elevemos un poco nuestro canto! Así, con renovado lirismo, canta Virgilio al inicio de su cuarta Égloga, tomando distancia del tono menor y melancólico de las restantes, dedicadas a bucólicas escenas de pastores: el poeta se dispone a cantar empresas de mayor fuste. Lo mismo debió de decirse el joven Emmanuel Macron, al hacerse acompañar por el Himno a la Alegría en su camino al estrado tras vencer en las elecciones en Francia. ¡Elevemos un poco nuestro canto, franceses! ¡Que el sordo genial nos haga volar!

Gesto tan bello como audaz, revelador de la inteligencia política del nuevo presidente galo. Para medirlo, conviene reparar en que la candidatura de Macron había comenzado su andadura hace un año con un guiño a La Marsellesa: En Marche, su improvisada plataforma política, no sólo contiene las iniciales de su nombre; es también un eco claro del impetuoso marchons al que por dos veces nos conmina el estribillo del himno nacional francés. Macron seguía entonces el libreto del buen aspirante republicano. Fue a mitad de campaña cuando lo trascendió: era Europa, más que Francia, lo que estaba en juego. Y dado que la bandera de la Unión estaba tirada por el suelo, olvidada de todos, ¿por qué no empuñarla y hacerla ondear en los mítines? «Nosotros somos una de estas estrellas. Y antes de que existiera esta bandera lo que había era un continente en guerra».

Et voilà. He ahí la marca del verdadero talento político: la capacidad de resignificar un marco convencionalmente tenido como negativo, y lograr que sea visto bajo una luz nueva y favorable, pillando al contrapié a todos tus rivales. De haber pasado a la segunda ronda, cualquier otro candidato se habría medido a Le Pen entonando una lastimosa apología del proyecto europeo. Pero Macron no estaba por la labor de pedir perdón: La Unión no es esa inicua cuadrilla de burócratas que nos pintan, sino el alto ideal al que nos hemos atado los europeos: primera realización concreta del proyecto cosmopolita de la Ilustración. El mismo ideal que anima la oda de Schiller y Beethoven, poeta y músico que murieron antes de que el demonio nacionalista se apoderara del continente: ni una sola nota de su himno es capaz de sonar nacional. Cierto que, más tarde, la celebración que había comenzado bajo los acordes de una música universal se cerró con los congregados cantando La Marsellesa. Pero, por más que importen unos versos que el corazón no sabe olvidar, el himno de Rouget des Lisle ya sonaba ligeramente perfunctorio y secundario. Porque esta vez tocaba elevar aún más el canto. Y Macron, que para colmo se da un aire a Victor Laszlo, lo entendió. Al ordenar a la orquesta tocar la Novena no sólo logró acallar la fastidiosa fanfarria nacionalista de su rival, sino llevarnos a todos con él por unos instantes al Elíseo. Bien joué.

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