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#ElMundoEnHuelga. Un tributo

Es justo el homenaje, el tributo de palomas al aire con tipografía de procesador de textos. Yo los he visto, qué sé yo dónde, en todos sitios. Algo así como los dioses, en todo el espacio y en todo el tiempo, omnipresentes; todopoderosos en según qué casos. Yo los he visto, y no puedo permitir el lujo de dudarlo, no me puedo permitir la sana convicción de la refutación y el ejercicio de la dialéctica, de la verdad sometida al juicio de las hipótesis y las suposiciones. Yo los he visto, qué se yo dónde, en todos sitios. ¿En quioscos, desayunos, manos anónimas en mañanas de domingos? No. El periodismo es mucho más que todo eso. Es mucho más que todo lo material y los ojos de la eterna realidad que nos rodea. Porque están también en la curia y en el ágora, en el discreto ruido de la auctoritas y la potestas, en la agria tonalidad de los despachos del poder, en las seductoras alcantarillas, agua bendita y estancada por sus venas, de las finanzas y sus más inverosímiles intereses. De las barajas de Bankia a los dados de los populismos, como Podemos. Porque son el mismo juego en distintas veletas.

Periodismo y literatura están condenados a entenderse, dijo el maestro. Y con ella y con él este brindis de copa vacía, áspera y transparente, al igual que ambos, para los trabajadores de El Mundo. Desde esta copa, sin contenido, porque solo hay que celebrar la dignidad del oficio y eso todo, por sí, lo llena, reivindico la necesidad de esta noble labor. Dicen que sin periodismo no hay democracia, pero como no la hay sin tribunales o sin discusión en los bares. Esto es algo más. Sin periodismo no hay información, principio de las libertades. Una libertad que cuesta algo más de un euro en el quiosco. Ese será mi próximo homenaje. El más necesario de todos. El más incuestionable. El que, probable, nos absuelva.

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