Gregorio Luri

Elogio incondicional del pan

El pan, el alimento del hombre

Opinión

Elogio incondicional del pan
Foto: Alexandra Kikot
Gregorio Luri

Gregorio Luri

Cuantos más años tengo, más resumo mi tarjeta de visitas. He elegido mi epitafio: “No se fue de ningún sitio sin pagar".

I

Demócrito, el filósofo risueño, se estaba muriendo. Su hermana no paraba de llorar por tamaña impertinencia. ¡Tendría que ponerse de luto en pleno festival de las Tesmoforias, con lo que se divertía ella en aquellos tres días! Comprendió Demócrito lo que pasaba y pidió que durante las fiestas no le faltase un pan recién hecho a su lado. Así se hizo. El olor del pan lo mantuvo con vida. Al cuarto día, le retiraron el pan y soltó amarras.

II

París, 1933. En un departamento minúsculo del Quartier Latin un joven matrimonio de exiliados alemanes contempla la baguette y el manuscrito que hay sobre la mesa. El pan huele a pan y el manuscrito… a embutidos. Abren la baguette y la rellenan con las hojas del manuscrito, apretándola bien. Después retiran las hojas y se comen el pan, intentando rememorar sabores del pasado. Él es Günther Anders y ella Hannah Arendt. El manuscrito es la ópera prima de Anders, Las catacumbas de Molussia, una crítica feroz del nazismo. Cuando marchó al exilio, no se atrevió a pasar con él la frontera y lo dejó en casa de unos amigos, que lo envolvieron como si fuera un trozo de tocino y lo colgaron en la chimenea, fingiendo que se secaba junto al salami, el jamón y las salchichas. Aquel olor es el que ahora se esfuerzan por insinuar en su boca mientras mastican el pan lentamente, en silencio, uno frente al otro.

III

Vladimir Malacki abandonó Varsovia a los 17 años. Tras un largo periplo que lo llevó por Palestina, Rumanía y Egipto, llegó a París en junio de 1926. Trabajó de estibador en Les Halles, sin tener residencia fija. Una tarde cayó en sus manos un texto de Gide en el que leyó: “Me siento culpable de no haber tenido que ganarme nunca el pan”. Vladimir Malacki le escribió a Gide una carta de desprecio, gracias a la cual pudo convertirse en Jean Malaquais.

IV

El 9 de marzo del 2009 me senté en una mesa en Barcelona con Salvador Cardús, Francisco Longo, Ferran Mascarell, Irene Rigau, Jordi Sánchez, Ernest Maragall y otros. Hablamos de educación y comimos “Pa i Tomàquet”. Guardo la receta. El pan, salido del horno cinco o seis horas antes, ha de ser redondo, de medio kilo, de trigo cocido en horno de leña y no excesivamente tostado, cortado a rebanadas de un grosor de 1,3 cm. La miga, de agujeros pequeños y continuos. El tomate, rojo, maduro, lustroso y de pulpa compacta. El aceite, de 0,8 grados de acidez como máximo. En aquel caso se usó oliva virgen extra de primera presión en frío de aceitunas de La Boella. Se untan con tomate las dos caras de la rebanada de pan en forma circular hasta cubrir homogéneamente toda la superficie. Después se añaden, por este orden, la sal y el aceite, vertido desde la aceitera. El caño, situado a 10 cm del pan, dejará caer un chorro de manera lenta y continua, no a ráfagas. Se sirve rápidamente. Nos pusieron dos rebanadas de pan en dos tandas. La primera, con jamón ibérico de bellota cortado a máquina; longaniza de Vic, chorizo y lomo ibérico, anchoas de La Escala y queso manchego. La segunda, con una tortilla de dos huevos puestos el día anterior por gallinas controladas de La Cerdaña, y sobrasada de Mallorca. El vino, un Château Hélène. Para mí, la Cataluña preprocesista era eso.

V

Cuando Alexander Szurek se encontraba recluido en el campo de concentración de Wülzburg, una mujer le dio un trozo de pan. Alguien le dijo que iba a ser fusilado y ella respondió “Quizás no sea tan malo”. Alexander Szurek fue comunista, judío, polaco y brigadista internacional en la guerra de España. Podía ser ejecutado por cada uno de estos motivos, pero aquella mujer le abrió la vida a la esperanza.

VI

Una fotografía de Robert Capa, de noviembre del 38, muestra a un grupo de niños sentados en el patio del Grupo Escolar Dolors Monserdà, en Sarriá (Barcelona). Les están repartiendo un vaso de leche y un trozo de pan recién hecho. Al fondo se ve la Torre Sagnier de la calle Anglí, que era la sede de los cuáqueros. Gracias a ellos muchos niños de la zona republicana tuvieron algo que llevarse a la boca en los peores momentos de la guerra. ¿Quién se acuerda hoy de aquellos cuáqueros que acudían a Barcelona convencidos de que el cristianismo es la caridad del pan, que, como es verbo, se hace carne?

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