Matias Costa

Emigrar para ser otro

Emigrar es ser otro, asumir que finalmente se puede ser un extraño hasta en la propia tierra, que el mundo entero es ‘como un país extranjero’

Opinión

Emigrar para ser otro

Emigrar es ser otro, asumir que finalmente se puede ser un extraño hasta en la propia tierra, que el mundo entero es ‘como un país extranjero’

Una mujer filipina parece detenerse repentinamente mientras limpia la pared de una habitación ya impoluta. Un grupo de modelos camina entre dunas salvajes, bajo una instalación de focos, acordonadas por dos graderíos repletos de gente. Dos decorados para una puesta en escena. La primera es una simulación durante un curso intensivo de limpieza en Manila, para enseñar a las jóvenes filipinas aspirantes a empleadas del hogar en el extranjero. La segunda es la presentación de la colección primavera-verano de Tommy Hilfiger durante la semana de la moda en Nueva York. 

Limpiadoras y modelos. En realidad legiones moviéndose por el planeta en función de la oferta y la demanda. Así han venido funcionando los flujos migratorios en los últimos siglos; cambia el escenario y el contexto, pero las historias y las personas son similares. Se viaja en avión, en barco o en cayuco con expectativas comunes: prosperar, modificar el tablero.

El Hotel de Inmigrantes, en el puerto de Buenos Aires, se construyó a principios del siglo XX para acoger, filtrar y distribuir a la gran corriente migratoria procedente de Europa. Después de Ellis Island, en Nueva York, este era uno de los grandes destinos de preferencia durante aquel flujo demográfico. La estrategia, similar a la estadounidense, era repoblar con europeos tierras remotas de un país semi desierto para terminar de expulsar a la población indígena y generar un tejido social rural. Bajo el precepto alberdiano de “gobernar es poblar”, recogido en la constitución de 1853, se seleccionaban en origen el perfil del migrante en función de las necesidades. Hombres jóvenes y sanos con o sin familia, trabajadores de la tierra, peones, ganaderos, pero también ingenieros y arquitectos. La conquista del mapa.

Tendencias de población prediseñadas en despachos, al igual que ahora, pero vividas en cada caso particular como una odisea irreversible que transforma al que se embarca en ella. Emigrar es ser otro, asumir que finalmente se puede ser un extraño hasta en la propia tierra, que el mundo entero es,  en palabras de Todorov, «como un país extranjero».

Puede que la limpiadora filipina y la modelo (¿de Europa del Este?) lleguen a sentir algo similar cualquier noche en que, instaladas en su nueva vida, traten de recordar quiénes eran antes. Quizá sientan ese desarraigo que produce la distancia, recogido con precisión de alquimista por García Márquez en un breve diálogo en ‘Del Amor y Otros Demonios’: 

–Qué lejos estamos –suspiró.

–¿De qué?

–De nosotros mismos.

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