Daniel Capó

En el principio

«La Biblia –como El banquete de Platón, el teatro de Shakespeare o el Quijote– son obras inmemoriales con las que los hombres vienen dialogando a través de los siglos»

Opinión

En el principio
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Daniel Capó

Daniel Capó

De la biografía me interesan los espacios habitables. Creo en las virtudes imperfectas y en la civilizada inteligencia de la moderación

Explicaba el rabino Jonathan Sacks, aludiendo a Maimónides, que Bereshit, la palabra que en la Biblia hebrea da título al libro del Génesis –y cuyo significado es «en el principio»– no se refiere tanto a una cronología temporal que indique cuáles fueron los inicios, sino al fundamento último que nos hermana y dilucida cómo somos. Más que hablar de los comienzos de la humanidad, se diría que el Génesis consiste en una guía, un relato que ilumina la condición humana. ¿Por qué somos distintos a los demás animales? ¿Qué nos impulsa a amar, a perdurar, a luchar, a perseguir unos anhelos? ¿Por qué somos historia y no meramente naturaleza condenada a repetir unos ciclos fijados en el tiempo? ¿Por qué la libertad y por qué el bien y el mal? ¿Por qué la duda y la perseverancia, el miedo y la alegría? El Génesis vendría a ser, por tanto, un libro de porqués, de preguntas y de respuestas, de misterio –no en vano es un conjunto de narraciones– y de desenlaces abiertos que se cierran y se vuelven a abrir una y otra vez.

La Biblia –como El banquete de Platón, el teatro de Shakespeare o el Quijote– son obras inmemoriales con las que los hombres vienen dialogando a través de los siglos; pero, en una sociedad democrática como la española, nuestro particular libro de los fundamentos responde a un nombre singular: el de la Constitución. Se diría que sucede igual en cualquier otro país occidental. Lo que importa no es exactamente cuándo ni cómo se escribió, sino algo mucho más relevante: ¿de qué tipo de democracia nos habla? ¿Se trata de una democracia inclusiva o discriminatoria? ¿De una democracia que nos hermana a todos como ciudadanos o que atomiza la sociedad y la divide en buenos y malos? ¿Se trata de una democracia que asume la carga del pasado y hace posible la reconciliación entre las distintas generaciones o que mantiene vivas las confrontaciones?

La tensión entre libertad e igualdad; entre lo propio y lo común; entre las circunstancias del pasado, las posibilidades del presente y las opciones del futuro es lo que define el funcionamiento de cualquier democracia digna de ese nombre. Hoy tendemos a juzgar nuestra Carta Magna no por sus fundamentos, sino por sus orígenes, que cierta historiografía califica de problemáticos. Es posible. Pero, como sucede con el Bereshit bíblico, interesa que nos fijemos en el tipo de hombre y de sociedad que se plantea: no en una hipotética e irreal pureza histórica, ni en una perfección inalcanzable, sino en la solidez de los principios que la guían y que nos rigen. Y, a pesar de los continuos vientos que la ponen a prueba una y otra vez, sus resultados han sido enormemente exitosos en términos de estabilidad, prosperidad y libertades. Mejorables, por supuesto, pero ese es también uno de los fundamentos de la democracia constitucional: saberse imperfecta, saberse siempre en camino hacia una meta mayor.

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