Catherine L'Ecuyer

Es falso porque lo digo yo

"Si no hay reconocimiento interior y personal de la verdad, no hay aprendizaje"

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Es falso porque lo digo yo
Foto: Kelly Sikkema
Catherine L'Ecuyer

Catherine L'Ecuyer

Catherine L’Ecuyer es canadiense, afincada en Barcelona y madre de 4 hijos. Es doctora en Educación y Psicología y autora de varios libros y artículos, como 'Educar en el asombro' y 'Educar en la realidad'.

Es así porque lo digo yo. Esa es la huella del conductismo del que nos lamentamos en educación. Según esa visión, el niño sería un ente vacío sin predisposición o interés hacía el aprendizaje y el descubrimiento de la verdad. La fiebre por encontrar el método mágico con el fin de conseguir los resultados educativos deseados caracteriza toda la historia de la educación, desde Comenio. Pero educamos a un ser libre, por lo tanto, educar siempre será un riesgo. Quien no quiera asumir ese riesgo o tenga un prejuicio que le haga entender la libertad en términos de desenfreno o de desorden, está abocado a rendirse a métodos mecanicistas que ignoran ese riesgo.

Agustín de Hipona trata esa cuestión introduciendo la idea del reconocimiento interior y personal de la verdad: «Una vez que los maestros han explicado la materia, entonces sus alumnos juzgan en sí mismos si han dicho cosas verdaderas, contemplando la verdad de lo que se les ha dicho de acuerdo con su propia capacidad de reconocerla. Es entonces cuando aprenden». La actitud activa del aprendiz es la apertura ante la realidad que caracteriza a la persona que está dispuesta a dejarse medir por ella a través del esfuerzo paciente.

Para la mentalidad conductista, la censura encaja como un guante. Si se supone que la persona no tiene una naturaleza racional que la capacita, con la ayuda del que sabe, para el reconocimiento de lo que es cierto, entonces necesita ser tutelada eternamente en lo que vale o no la pena ser leído. La censura implica que la jerarquía es la única fuente de reconocimiento de la verdad, asume que la persona es incapaz de comprender el contexto, incluso le impide intentarlo, emitiendo veredictos definitivos en asuntos que deberían considerarse provisionales a la espera de tener toda la información.

La censura debilita el instinto por medio del cual el maestro interior del que hablaba San Agustín permite reconocer lo que es cierto y lo que no. Pero como decía Georges Orwell, «pueden forzarte a decir cualquier cosa, pero no hay manera de que te lo hagan creer. Dentro de ti no pueden entrar nunca». Si no hay reconocimiento interior y personal de la verdad, no hay aprendizaje. Ese reconocimiento no es un proceso cómodo, el autor de 1984 decía que ver lo que tenemos delante de nuestras narices requiere una lucha constante. El mundo de la censura, en cambio, es fácil, pasivo y sin matices: es el mundo binario del falso o verdadero. La realidad es más compleja; la sabiduría se encuentra en los matices y la investigación honesta en la generación de hipótesis abiertas. La sana duda es la cualidad imprescindible de los sabios, no solemos encontrarla en los fanáticos.

Sustituyendo al juicio mental humano, la censura le adormece, haciéndole reaccionar cada vez más como los algoritmos que censuran, hacia la ignorancia o el fanatismo. El ignorante es manipulable, tiene lo que Orwell llamaba «la mentalidad de gramófono»: le gusta el disco que está sonando, cual sea el que suene. Luego está el fanático. Al ver una foto o un logo, enseguida se pone en marcha el algoritmo mental en el que ha estado entrenado, solo encaja la noticia en sus estrechas categorías mentales. Quien es incapaz de leer a alguien con el que discrepa, quien siente la necesidad constante de alinearse con la narrativa oficial de un grupo concreto al que defiende de forma incondicional, no es que esté convencido de lo suyo, es que ha renunciado a ser persona a favor del colectivo. Como es lógico, cada persona tiene una percepción distinta del universo, y estar convencida de esa visión no es algo peyorativo; el fanatismo reside en no aceptar que pueda haber personas que vivan en universos distintos al nuestro y querer acallarlos controlando sus pensamientos.

Ningún algoritmo debería servir de muleta a la capacidad de discernir y juzgar con prudencia o sustituirse a lo que caracteriza el ser humano: su naturaleza racional, su apertura a la realidad, su deseo de conocer. La forma adecuada de luchar contra las noticias falsas es con más información, educación, rigor y contexto. La educación consiste precisamente en la transmisión del contexto, algo que no puede ocurrir en un mundo descontextualizado como es el de Internet. Por ese motivo, la mejor preparación de nuestros jóvenes para el mundo online es el mundo offline. Y las herramientas que nos proporciona la democrática ante la mentira son la información y la educación (para corregir el error), la vía judicial (para la difamación, la calumnia o los atentados a la seguridad), la indiferencia (cuando lo que se ha dicho es una impertinencia) y la réplica argumentada (cuando el interlocutor es honesto y abierto al diálogo).

Si la libertad de expresión y de prensa solo se contemplan en términos de desorden y desenfreno, entonces habrá que instaurar un Ministerio de la Verdad que controle todo lo que se dice repartiendo sellos de Nihil Obstat. Si pensamos que la cantidad de ignorantes y de fanáticos es tal que la censura es inevitable, entonces hemos de estar preparados para que aumente de forma exponencial. Y si dejamos que eso pase, habremos caído tan bajo que tendremos que volver a explicar a quienes no están en condiciones de escucharlo que el agua moja y que el fuego quema.

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