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Escollos de la identidad: el ‘millennial’

“Cada generación que ha despuntado a lo largo de la historia ha tenido un objetivo político y social o, simplemente, la intención de ocupar el poder”. Así comenzaba el controvertido artículo que Antonio Navalón publicó en El País hace tres semanas contra los llamados millennials, etiqueta más o menos asumida, dicho sea de paso, en medios de comunicación y en el debate público en general. Comparto buena parte del aluvión de críticas que fueron propinadas al autor –básicamente el reproche a una generalización superflua, prejuiciosa e infundada-, lo cual no es óbice para que me haya animado a escribir sobre la censura que, transcurridos no pocos días, sigo echando en falta.

La cita que encabeza el artículo recoge una premisa cuando menos dudosa que ni siquiera los notorios ofendidos tuvieron a bien cuestionar y que, sin embargo, a mi juicio, entraña la esencia de la polémica desatada. Ni que decir tiene que la distinción entre generaciones es una herramienta útil para la sociología o la demoscopia, por cuanto las personas comprendidas en una determina franja de edad comparten circunstancias específicas –especialmente relevantes, si se quiere, en el caso de los millennials-: sociales, tecnológicas, culturales o políticas. Pero supone un excesivo acto de fe asumir que por ello a cada generación le es encomendada una tarea histórica concreta e insoslayable.

Si el mayor escollo del uso de la generalización para denostar o alabar a un colectivo es la disparidad o la heterogeneidad del mismo, carecen de sentido la ofensa común o la complacencia unísona. Eso fue precisamente lo que pudo encontrar Navalón si se asomó a las redes: críticas contra su generalización desde la asunción que valida esa distinción generacional como definitoria del colectivo millennial. La ofensa, insisto, estaba justificada por el desprecio generalizado a un grupo inmenso y plural y no obstante, se expresó casi como un proclamación de conciencia de identidad.

Los millennial, los jóvenes, pertenecemos de algún modo a una misma comunidad: aquejamos problemas similares, compartimos oportunidades, etc. Pero sobre todo presentamos enormes diferencias entre nosotros y nadie puede conocernos a todos como para juzgarnos en abstracto, como nadie puede juzgar –en el sentido que sea- a los gitanos, a los profesores universitarios o a las mujeres. Si hay alguna reivindicación pertinente es la demanda de no ser tratados de un modo especial por una arbitrariedad ajena del todo a nuestra voluntad.

También en El País, el editorial de ayer rezaba: “Los jóvenes que ahora tienen menos de 40 años han nacido en democracia, así que carecen de esas referencias [los éxitos de la Transición y los años que la siguieron]”. Puede que sea el deje territorial de una, pero descreo de la idea de que debamos orientar el debate público de nuestro proyecto común con el objetivo de satisfacer a un único colectivo cuyas dolencias se generalizan cuando no se presuponen. No me siento apelada por ese editorial como no me siento apelada por el desventurado artículo de Navalón. Si el autor cae en el craso error de presuponernos una hazaña colectiva que no le ha de gustar, respondámosle que no tenemos un plan para nuestro porvenir que le excluya a él y démosle argumentos para que se sienta partícipe de los logros que estén por llegar como muchos de nosotros –aunque algunos jamás querrán verlo- agradecemos aquellas hazañas que no pudimos ver en vida.

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