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Escuchar a las mujeres

Soy un hombre de veinticuatro años soltero al que le han pedido que escriba sobre gestación subrogada. Mi horizonte para experimentar lo más cercano a un embarazo está lejos, o eso creo hoy. Y cuando tenga un hijo, no podré saber lo que es llevarlo en mi interior durante nueve meses. Creo que con honestidad, trabajo y rigor uno es capaz de formarse una opinión de muchas cosas. No me suele gustar limitar los debates solo a la experiencia o la identidad (muchas veces esas identidades son construcciones artificiales); hay gente que cree que hay determinados temas en los que solo es aceptable hablar desde la experiencia, y los demás han de callar. Creo en la capacidad de meterse en la piel del otro. Pero hay cosas que no solo no viviré nunca, sino que nunca podré acercarme a comprender realmente, y una de ellas es ser mujer y estar embarazada. No es lo mismo intentar comprender el sufrimiento de un negro víctima de racismo que comprender física y psicológicamente lo que supone un embarazo. Como escribe Beatriz Gimeno en El País, “las mujeres ponen su cuerpo, pero mucho más que el cuerpo. El esfuerzo, los riesgos, la salud, las sensaciones, el insomnio, la pesadez, los cambios hormonales, físicos y psicológicos”.

En en el tema de la gestación subrogada, en el debate sobre la libertad individual de una mujer de gestar un bebé que no es suyo, lo más adecuado es escuchar a las mujeres. No por una lógica identitaria sino por una cuestión de conocimiento, biología y, sí, experiencia vital. En un ensayo en Letras Libres sobre feminismo y representación política, Máriam Martínez Bascuñán dice que la reforma de la ley del aborto de Gallardón se frenó en buena medida gracias a las mujeres del PP. “Su mayor capacidad de empatía, o el conocimiento social sobre la experiencia del embarazo, influyó de manera decisiva para frenar a un ministro de su mismo partido […] El ‘usted lo piensa así porque es mujer’ se transforma en un ‘usted tiene un mejor conocimiento de ese tema porque lo ha experimentado como mujer’”.

Como en el caso de la prostitución, el debate se plantea en términos absolutos, entre una libertad individual sin límites y una restricción también sin matices. Hay grados: si hay garantías, seguridad, y no hay coerción, entonces puede haber verdadera libertad de elección, y no tiene por qué tratarse de una mercantilización del cuerpo. Más allá de este acuerdo de mínimos, y de un debate que en ocasiones se plantea como una guerra cultural e ideológica, la cuestión queda en manos de cada mujer.

 

 

 

 

 

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