Juan Claudio de Ramón

España para Espinar

«Lo que no existe como esencia existe como contingencia. Y así ha existido España durante siglos, mudando de contenido mas que de continente»

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España para Espinar
Foto: Podemos| Flickr
Juan Claudio de Ramón

Juan Claudio de Ramón

Se licenció en derecho y en filosofía. Su máxima aspiración es alcanzar el ideal de tertuliano propuesto por Catón el Viejo: vir bonus dicendi peritus; un hombre honesto que sabe hablar.

España es esa cosa tan vieja que no sabemos si existe. Aunque, bien mirado, la duda solo parece azorar a los españoles de mi generación, y con tanto más azoramiento cuanto más a la izquierda. Volvió a dar muestra Ramón Espinar el otro día en un hilo de twitter, que es el equivalente moderno del pregón o la homilía. Espinar afeaba a Isabel San Sebastián que en su nueva novela, situada en el periodo que se solemos llamar de la Reconquista, y que narra una razzia compostelana de Almanzor, se hablara de una España que, pace Espinar, no existía en aquel tiempo. De paso, atribuía a la escritora esfuerzos coordinados para «reconstruir un nacionalismo [español] esencialista y perennialista».

No he leído el libro que despertó el afán didascálico del joven Espinar. Estoy seguro de que contendrá más de un anacronismo, algo congénito a la novela histórica. Pero llevaba Espinar tan lejos su razonamiento –«España no aparece por ningún lado en la Reconquista»– que parecía ser él quien escribía una novela ucrónica. En tropel acudieron los usuarios que objetaron su tesis con abundante prueba documental para mostrar que durante la Edad Media el nombre de España, declinada en plural y en singular, y en múltiples lenguas, ya figuraba en el habla de reyes y cronistas. La confusión de Espinar, muy extendida por lo demás, era suponer que, por no tener España una esencia inmutable atravesando los siglos sin censura –correcto: ningún país existe así– entonces tampoco tiene una realidad histórica –terrenal, mudable, perecedera, pero real–, vieja de siglos, de la que echar cuenta y hacerse cargo. Lo que no existe como esencia existe como contingencia. Y así ha existido España durante siglos, mudando de contenido mas que de continente (las fronteras, caso raro en Europa, apenas han cambiado desde el siglo XVI).

Cierto: la nación española es una configuración política reciente creada al calor del siglo diecinueve. A documentar los arduos e inestables esfuerzos nacionalizadores de las élites liberales dedicó su Mater Dolorosa el historiador José Álvarez Junco. Pero quien ha leído ese importante libro conoce la conclusión de su autor: a trancas y barrancas, el proceso de nacionalización se consumó y no es justo tenerlo por fallido solo por ceder en brillantez al caso francés. Lo prueba que aquí seguimos, discutiéndolo por twitter. En Yugoslavia –que sí fue un caso fallido– se empezaron a matar y ya no lo discuten. Por otro lado, en ningún lugar dice Junco que no existiera una idea premoderna de España con anterioridad al siglo XIX. La voz «España» significa muchas cosas y en cada época una distinta. Si es reciente como nación –todas las naciones políticas son de antes de ayer– desde luego no lo es como Estado, cuya forja no es aventurado situar en el Renacimiento. Sí, lo sé: otro lugar común repetido con circunspecta fruición insiste en que el matrimonio de los Reyes Católicos no supuso una unificación legal y administrativa de los reinos. «Es que solo compartían la figura del monarca» ¡Como si fuera poco! Compartir monarca en la época es compartir diplomacia, ejército y política exterior, también la corte y, en cierta medida, la administración de justicia, impartida en última instancia por el rey. Las decisiones más trascendentales afectaban a todos. Los franceses, por cierto, tampoco tuvieron las mismas leyes hasta 1789, ni llegaron a hablar la misma lengua hasta un siglo después, pero a nadie se le ocurre por eso decir que Francia no existe antes de la revolución francesa.

«España es un cosa muy vieja, pero, como en cualquier otro país, los españoles hay que hacerlos nuevos cada generación»

Para dar cuenta de hasta qué punto el tipo de comunidad formada por los españoles del finales del siglo XV no era tan desmayada como se pregona, tómese la expulsión de los judíos en 1492, uno de los sucesos que más hondo surco ha dejado en nuestra memoria colectiva. La expulsión (contenida en un edicto redactado por el secretario real, Joan de Coloma, un aragonés de origen catalán) se aplicó con igual severidad en todos los territorios de la monarquía, de la judería de Sevilla al call de Girona, y los judíos que marcharon lo hicieron con una conciencia unitaria de patria perdida: Sefarad, es decir, España. Por cierto que suele ocurrir que quienes propagan que España es una construcción ideológica, una fantasmagoría del franquismo, un malentendido historiográfico que ya va tardando en deshacerse, cambian de opinión cuando se trata de pedir perdón por el edicto de Granada o las violencias de la conquista de América: entonces el fantasma de España vuelve a materializarse para ser un sujeto real y sin discontinuidad en la historia, obligado a actos morales de reparación por crímenes cometidos a lo largo de su longeva historia.

Soy el primer partidario de una aproximación racional al pasado. Durante años en Roma me negué a predicar la balandronada de que los emperadores Trajano o Adriano eran «españoles». La nación es, en efecto, una creación reciente, unas de cuyas tendencias es a novelar la propia historia prenacional a beneficio de inventario. Pero en el decapado de los mitos nacionales conviene cuidarse de, huyendo de cierta construcción ideológica, ir a caer en otra. Hablábamos en estas páginas hace poco de cómo las ideas que no se pesan, auscultan ni discuten se convierten en «voces en el aire» que nos dictan clandestinamente el pensamiento. Creyéndose a salvo de las jactancias de la historiografía nacionalcatólica franquista mi generación asume acríticamente el no menos anticientífico relato de la historiografía catalanista que, de Bosch-Gimpera a Soldevila hasta desembocar en el último ensayo de Xavier Domènech (que tanto ha impresionado al vicepresidente Iglesias) da en pensar España como un mera superestructura, un traje jurídico mal cortado para un número incierto de «pueblos» que, al contrario que España, serían realidades tan naturales y sólidas como el macizo de Montserrat o el monte Gorbea. España es un invento, sí, pero también lo es el Iphone, y no por eso lo tiramos por la ventana. Mi generación tendrá que decidir si lleva a la casa de empeños el país llamado «España» para que se lo cambien por tres o cuatro de menor tamaño, cargados de sus propias mitologías, o se declara heredera a título universal de todos los bienes e historias legadas y asume la tarea de darle continuidad en la historia, el lugar donde sin duda existe y ha existido. Precisamente porque España no es perenne, cada generación tiene que hacerse cargo de ella.

 

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