Julia Escobar

Estado de sitio, una crónica

Ante una crisis como esta del coronavirus se oyen tales melonadas a algunos «especialistas» que ganas dan de decirles lo que Godoy al conde de Aranda (no me pregunten a cuento de qué): «Habla usted de cosas que ignora, como si hubiera estudiado para no saberlas».

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Estado de sitio, una crónica
Foto: Emilio Castro| AP
  1. La crisis

Ante una crisis como esta del coronavirus se oyen tales melonadas a algunos «especialistas» que ganas dan de decirles lo que Godoy al conde de Aranda (no me pregunten a cuento de qué): «Habla usted de cosas que ignora, como si hubiera estudiado para no saberlas». Y pensando en lo que está sucediendo viene al caso esta cita de Chesterton: «La razón nos proviene de Dios y cuando las cosas son poco razonables, créame, es que sucede algo.» (El secreto del padre Brown).

Decía Albert Camus, en su novela La peste (1947) que hay momentos en la historia en los que a quien se atreve a decir que dos y dos son cuatro le condenan a muerte. Camus siempre tenía razón y ponía el dedo en la llaga: «Nadie había aceptado realmente la enfermedad. A la mayoría, lo que más le importaba era lo que afectaba a sus costumbres o a sus intereses […] Su primera reacción, por ejemplo, fue culpar a la administración.»

Y aún más: «Los enfermos morían lejos de su familia y estaba prohibido velarlos, de forma que quien moría al atardecer pasaba la noche completamente solo y a quien moría por el día le enterraban de inmediato. Avisaban a la familia, por supuesto, pero como algunos estaban en cuarentena por haber vivido con el enfermo, no podían desplazarse. Los que no vivían con él se presentaban en el cementerio a la hora señalada, pero el cuerpo estaba ya en el ataúd».

En Madrid, un amigo, como no le dejan ver a su hermana hospitalizada, se queja: «¡Es como en la Rusia soviética!». Llama a esto «la situación Ajmátova»: no saber nada de un ser querido, sino que está sufriendo. No veo la similitud, pero me callo por respeto a sus sentimientos.

Esta situación es una guerra mundial, dicen, pero cada país combate por su lado y la estrategia de sus generales es bastante errática. Otra cosa la diferencia de una guerra convencional: en esta última la gente hace en mayor o menor medida «una vida normal». No es este el caso.

Ahora que, por fin, todos saben lo que estar enfermo, o poder estarlo, los que gozaban de una salud insultante y consideraban a los crónicos una carga social, habrán empezado a comprender el valor de sobrevivir a toda costa.

Esos sedicentes especialistas que en la red cuentan desastres espantosos o noticias falsamente esperanzadoras a la humanidad doliente, ¿lo son de verdad o solo unos orates que aprovechan el caos para ayudarnos a caer en ese pozo de Babel que según Kafka estamos cavando entre todos?

A los gobiernos europeos les pasa con esta pandemia (España a la cabeza), lo que al gato ese de un cuento de Isaac Asimov que tenía un problema con la cuarta dimensión, o sea, el tiempo: si le acariciaban hoy, movía el rabo mañana.

  1. La reclusión.

La reclusión: tiempo en el espacio confinado. Somos espacio inamovible, el que pasa es el tiempo y ahora, más que nunca, la repetición es el referente de su paso.

Eso de que estando recluidos tenemos más tiempo es una falacia, y más cuando el objetivo es defenderse de un enemigo invisible. Y así, en vez de comer juntos o tomar un café, amigos y familia, intercambiamos con ahínco insólitas recetas de higiene. ¡Hay que intentar vivir!

Por fin los niños se están enterando de porqué van al colegio. Por cierto, si
esta reclusión y consiguiente paralización dura mucho puede que algunas actividades y sus locales correspondientes desaparezcan y los niños del futuro pregunten a sus padres cuando vean películas de antes, es decir, de ahora: ¿qué es un spa? ¿qué es una discoteca? ¿Por qué están todos juntos?

Según el clásico taoista Dao De Jing no hacer nada le permite a alguien hacerlo todo. No sé si eso explica la hiperactividad que nos posee ahora, pero se acerca bastante a esa impresión de tener tiempo para todo sin llegar a hacer nada.

Asombroso lo deprisa que pasa el tiempo en reclusión. Te levantas, te das la vuelta y estás comiendo, despiertas de la siesta, te mueves un poco y es de noche. Otro día más que hemos comido, decía mi abuela, otro día más que hemos vivido, corrijo.

Por eso escribió Apollinaire estos versos en la prisión de la Santé:

«Qué despacio pasan las horas/Lo mismo que pasa un entierro/Llorarás la hora en que lloras/Que pasará tan prestamente/Como pasan todas las horas.»

A nuevos tiempos, nuevas técnicas narrativas. Se acabó lo de empezar los cuentos con «el otro día en autobús», ahora se impone, «el otro día en el balcón».

Y hablando de balcones, una señora ha denunciado a los vecinos de su inmueble que no salen a aplaudir a las 20h. y pide algún tipo de sanción para ellos. Lo que no me han aclarado es si se conforma con una multa o quiere algo más drástico.

Las denuncias vecinales dan la pauta de la que se avecina. Sólo falta que pongan a los supervivientes del Covid19 una tarjeta amarilla, como hizo Lenin con los reacios a su doctrina cuando salían de la cárcel y pedían a sus vecinos que les escupieran por la calle. Su epígono, Hitler, lo llevó a la perfección, pero a éste le derrotaron, al otro no.

  1. Desconfinamiento, desescalada y nueva realidad

La fase cero de la así llamada desescalada, para entendernos, debiera ser la anterior al coronavirus. De ella sería posible salir pero no entrar porque aún no existe. Es como decir que antes de Cristo estábamos en la fase cero del Cristianismo. No, si han leído a Barthes pero no saben dónde…

Diccionario urgente para entender la neolengua COVID19

Confinamiento: arresto domiciliario

Distanciamiento social: alejamiento, soledad

Desconfinamiento: libertad condicional

Desescalada: estampida

Resistiré: me aguantaré.

Nueva normalidad: regreso al futuro

Si las personas jóvenes y sanas siguen exponiéndose así, a partir de ahora, y en esta fase, sólo sobreviviremos los viejos y los enfermos de riesgo, precisamente porque no corremos ninguno. Pero como dijo Lawrence Block durante una Semana negra de Gijón, el mundo es un lugar muy peligroso; la prueba es que nadie sale vivo.

Ahora resulta que los monstruos que fingen ser personas acusan a estas últimas de parecer bestias. ¿Cómo sobrevivir en un país de borregos gobernado por lobos?

El vacío creado por la desescalada es prestamente colonizado por esos elementos extraños, incluso hostiles, a los que hemos dado entrada en nuestro abandono suicida; esos orcos, cuya llegada hemos propiciado.

Qué tiempos aquellos en los que el clima no importaba, las vacas se tiraban pedos a placer, en la carretera repostábamos donde podíamos, las ruedas se pinchaban, pero no nos importaba, porque parecía inevitable. De repente, viene el coronavirus y nos hace a todos culpables.

«Yo no creía que pudiera verlo, pero estamos asistiendo al fin del mundo latino. ¡Adiós a todo lo que amamos! Paganismo, Cristianismo, Estupidismo, esos son son los tres grandes momentos de la humanidad. Es desagradable encontrarse en el último». Flaubert (Correspondencia).

De los muertos y del gobierno, hablaremos mañana.

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