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Falla

La ex alcaldesa de Valencia se sentó en el banquillo el día 21 por un presunto ingreso de 1.000 euros al Partido Popular, que, supuestamente, le habría reintegrado el importe con dos billetes de 500. Pitufeo, le llaman. Antes, había sido repudiada por algunos de sus compañeros de partido, insultada por sus adversarios y ultrajada por la mayoría de los medios de comunicación. ¡Qué digo, mayoría, si no hubo diario ni radio ni televisión que se abstuviera de tratarla como a una leprosa! Barberá murió de un infarto el día 23, y yo me pregunto por la posibilidad de achacar la muerte a su calvario, al escrache general al que estaba siendo siendo sometida desde hacía meses.

Abro comillas. La ola de suicidios que motivó en España la crisis fue en verdad una cascada de crímenes de Estado. La mayoría de los suicidas, cómo ignorarlo, eran hombres a quienes la parca se les había insinuado en forma de despido, les había persuadido a rebufo de la ruina y, finalmente, les había insuflado el suficiente (des)ánimo para quitarse de en medio. Al desahucio de la vivienda, instigado por la Casta, seguía el desalojo de la vida. Digámoslo sin rodeos, sin los untuosos eufemismos con que el Sistema adultera la realidad: asesinatos. Se trataba, simple y llanamente, de asesinatos. Cierro comillas.

Y me respondo que no, que el tributo a la verdad, esto es, a la democracia, debe ir vinculado a la cautela. Entre otras razones, porque no es precisamente cautela lo que me pide el cuerpo.

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