Juan Marqués

Ginés Liébana: cien años de alegría

«Liébana funda un claro idioma propio del que es fácil hacerse cómplice, pues mantiene su voluntad comunicativa»

Opinión

Ginés Liébana: cien años de alegría
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Juan Marqués

Juan Marqués

Doctor en Filología Hispánica y crítico literario en publicaciones especializadas.

El próximo martes, día 2 de marzo, es el cumpleaños de don Ginés Liébana, que culmina así sus primeros cien años en este mundo. Un siglo, realmente, da para mucho, y su dueño lo está aprovechando muy bien, no sólo por la generosidad que el Tiempo ha tenido con su cuerpo sino, sobre todo, por el espíritu con la que él ha sabido abalanzarse sobre la vida para hacerla plenamente suya, distinta, siempre libre.

Nacido el 2 de marzo de 1921 en Torredonjimeno (Jaén), Córdoba fue la ciudad de la primera parte de su vida, y Madrid ha sido la de la segunda, con muchas intermitencias viajeras y algunas estancias largas, por ejemplo, en Rio de Janeiro. Es inmensamente conocido como pintor, el principal pintor del grupo Cántico, formado fundamentalmente por poetas (y que conocerá algún centenario más durante este año, como el de Julio Aumente), pero también tiene una obra literaria deliberadamente solapada, un poco secreta, al margen de absolutamente cualquier corriente, incomparable a nada: su poesía, desplegada a lo largo de más de veinte libros, puede sonar postista, y contiene resabios surrealizantes o incluso dadaístas, mientras que su teatro flirtea directamente con el absurdo (ayer nos leyó unos fragmentos de su obra Bolso de piel de padre, en la que un cocodrilo homosexual asesina a su progenitor y se hace un bolso con su piel, aunque el fantasma del asesinado regresa hamletianamente a reclamar sus escamas…: se entenderá que la obra –que además contenía alusiones sociopolíticas bastante descifrables– nunca ha sido representada…).

Dentro de diez días o de dos semanas empezará a circular por las librerías un libro titulado Si me podes romero, que es una amplia antología de la mejor poesía de Liébana. La ha editado su amigo Juan Carlos Reche, poeta cordobés y director del Instituto Cervantes de Roma, y sale publicada por la editorial Comares, dentro de su colección literaria ‘La Veleta’. Ese libro es todo un festival, sostenido sobre una literatura llena de color, vitalista, positiva, divertidísima, gamberra, iconoclasta y ya no libre sino hondamente liberada, sin dejar por ello de ser profunda, e incluso a veces herida, amarga por debajo del humor. Hay toda una exhibición del lenguaje, pues los versos de Liébana rebosan neologismos, andalucismos, vulgarismos, referencias culturales… y, sin llegar en absoluto a la glosolalia estéril de algunos movimientos vanguardistas, Liébana funda un claro idioma propio del que es fácil hacerse cómplice, pues mantiene su voluntad comunicativa, no quiere dejar al lector fuera, es una poesía hospitalaria. Uno de sus libros, por ejemplo, se titula Penumbrales de la romeraca, y no debe de haber muchos títulos más eufónicos y atractivos en nuestra tradición…

En realidad su poesía es parecida a su pintura, o al menos a la pintura que está haciendo en estos últimos años, basada en el collage, en recortes de revistas que Liébana completa con sus pinceles. Quien ha pintado mejor que nadie en su generación (los cuadros que decoran su casa tienen algo barroco, no sólo por la profusión o el ‘horror vacui’ sino por el alma que los impulsa, realmente virtuosa, difícil, no aprendida en las escuelas sino traída de origen…) lo ha hecho siempre con un claro humor que es fácilmente perceptible pero muy difícilmente interpretable. En sus ángeles, en sus retratos, en sus bodegones y hasta en sus paisajes hay un secreto que podría pasar por pitorreo general o, por decirlo seriamente, por iconoclastia, y que en mi opinión no se entiende sin la pura alegría, que es tan inmensa y tan genuina que atropella violentamente cualquier sombra. Es algo bastante común en Cántico: al tratarse los temas clásicos del amor, el tiempo o la muerte (a los que, en el caso de Ginés Liébana, se uniría el propio arte y sus inmediaciones), se hacía con enorme seriedad, con fulgor «clásico», casi con circunspección… y sin embargo se nota que por debajo se estarían partiendo de risa. El efecto es muy curioso, porque lo que hacen no tiene nada de parodia, al menos formalmente, y sin embargo funciona a menudo como tal, sin que el lector acabe de acertar a explicar por qué: es algo que se nota, simplemente algo que se sabe, y eso es así incluso cuando el motivo que despertó el poema fue real y fue probablemente muy doloroso (una ruptura, una muerte, la traición de un amigo)… Esto llega al paroxismo en el caso de Liébana, mucho más que en los de Pablo García Baena, Juan Bernier, Ricardo Molina o el citado Aumente (cuyos poemas de amor otoñal, aquellos de los patinadores…, sí dan claramente el tono de lo que estoy tratando de explicar). En los versos de don Ginés uno va al encuentro de la persona anhelada «como uno que quisiera opositar sin saber su apellido…». El sentimiento es real, se nota, pero se dice de forma desenfadada, alérgica a la afectación, y, por ello, curiosamente, lo sentimos mucho más verdadero que una declaración de amor solemne y formularia, previsible y aburrida. Se huye de lo habitual, o desde luego del tópico: lo de estos poetas es una poesía encendida, frecuentemente exaltada…, y sin embargo nunca acaban de apearse completamente de la broma significativa, del humor con ropajes y capas y muchos fulares… Era claramente, también, un modo de encauzar la rebeldía, cuando no la rabia. Y su forma de abordar los temas religiosos serían otro ejemplo incontestable de esa actitud: consiguen ser irreverentes sin dejar ni un momento de estar hablando muy en serio. Y es un gran mérito conseguir ser un poquito insolentes sin permitirse ser ofensivos, siempre al margen pero sin faltar al respeto. Nos lo contaba ayer: «La ambigüedad nunca se agota, ¡nunca! Si las cosas están claras se acaban, se mueren…». Quizás por eso él mismo parece inmortal.

Porque, a las puertas de sus cien años, Liébana está en plena forma. Pinta todos los días, escribe mucho (su obra inédita supera ampliamente a la publicada porque nunca ha sido muy buen padre de sus textos: pinta en sus reversos, los manda a catálogos remotos, los traspapela por los cajones, los pierde o directamente los rompe) y mantiene su discurso divertido, a menudo genial. Estoy convencido de que la vida se sostiene sobre la curiosidad, y Liébana (como le ocurría, también centenario, a Pepín Bello) no es nada “batallitas”, al contrario: él quiere saber qué está haciendo el otro, le aburre su propio pasado, piensa en lo que va a hacer a continuación, vive su esplendoroso presente, y es así incluso ahora, aislado por la pandemia. No ha salido de casa en muchos meses y sus cabellos están tan libertarios como su alma, indomables, pero él está siempre contento, jamás le hemos visto melancólico o preocupado, ni siquiera pensativo. Es la actitud de quien tiene un Picasso dedicado… y lo tiene en el cuarto de baño, para mirarlo mientras e hacen las cosas propias de esa habitación (pero, una vez más, no lo hace a modo de profanación, no se le quiere mancillar: se hace por pura juerga íntima, que además encierra, estoy seguro, una extraña y escurridiza verdad insondable). Al lado del Picasso, un rótulo original de Dalí para Ginés, fechado en 1972: “El mas moderno i moderno monárquico español”…

«Yo estoy en contra de las autonomías desde 1979, debí de ser el primero”, afirma. Mantiene una verdadera admiración por Loyola de Palacio, que fue alumna suya de pintura (y en cuya residencia veraniega, en el País Vasco, pasaba varias semanas al año Liébana, mientras se pudo). Asiste casi resignado a la programación preparada para su centenario, que incluirá congresos, mesas redondas, exposiciones, varios libros y, quizá, hasta alguna función teatral con sus imposibles y explosivos textos para las tablas, pero todo o casi todo habrá de hacerse, claro, a distancia, a través de las pantallas. Está ilusionado, claro, pero porque lleva cien años así, un poco niño, un poco genio, un poco «felizmente orate», como escribió con cariño Luis Antonio de Villena en el tercer tomo de sus memorias, Las caídas de Alejandría. Pero su palabra, y esto es esencial entenderlo, no tiene nada de irracional, ni siquiera en la forma, al contrario. Lo que hace no tiene nada que ver con lo grotesco, sino con lo puramente vivo. Su obra, tanto la de los pinceles como la de los bolígrafos, es un enorme testimonio de lo maravilloso que es estar vivo, y contiene un consejo que, ése sí, está emparentado con los mejores vanguardistas, no con los amargados o politizados sino con los «pueriles», los alegres, los inocentes, los bien iluminados: no hay que intentar sobre-entender la realidad o el mundo, eso aleja de la vida; no hay que meditar demasiado, hay que sentir; no hay desde luego que planear, no hay que esperar nada: la vida proveerá. Y algo decisivo en un artista: ante todo, no hay que darse importancia. Ése es un secreto crucial: mirar alrededor y disfrutar, olvidarse de sí, entender que uno es lo de fuera, que no se puede dejar de recibir y de admirar, que si uno sabe recibir del exterior sabrá crear desde dentro, sabrá devolver al mundo aquello que ha encontrado. La vida siempre es generosa y, si además lo es con el calendario, tenemos un Ginés, con su obra titánica, preciosista, misteriosa, alucinada, absolutamente original, íntima, auténtica como pocas, procedente de una inmensa fuente de talento interior: «Medio salí contigo. / Me gustaban tus ventanas. / En ellas estaba enmarcado el inciso vacío / que los dos arrastrábamos. / Aquello no tuvo explicación / por ser manjar no conocido. / Ya que estás aquí, no me frunzas los labios / sé dulce conmigo / que te voy a llevar a una isla / que está dentro de mí».

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