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Guerra (cultural) de guerrillas

"El pin parental va a tener dos consecuencias: sembrar la desconfianza en la educación pública y reforzar la división entre quienes piensan diferente"

Foto: Bernat Armangue | AP

Deberíamos estar ya entrenados y acostumbrados y no caer en las trampas, pero no lo hacemos, entramos. Desde el lado contrario, se agita la provocación, se azuza el ambiente y luego se señala al contrario como causante de la crispación. Pero aquí todo el mundo crispa: el que lanza el bulo del adoctrinamiento sobre asuntos de sexualidad en la escuela pública, el que responde con una exageración diciendo que lo próximo será un pin fiscal, el que lanza un cartel con una ilustración de Stalin sujetando a un bebé. Y crispa también el Gobierno cuando decide poner en marcha toda su maquinaria comunicativa al servicio de esa guerra cultural cuando quizá la única respuesta debería ser: no hay caso. Y hablando de colegios, cuando dos se peleaban, daba un poco igual quién hubiera empezado, se consideraba que los dos se habían portado mal.

En realidad, el asunto del veto o pin parental va a tener dos consecuencias: sembrar la desconfianza en la educación pública y reforzar la división entre quienes piensan diferente. Mientras tanto, como escribía Tsevan Rabtan en su blog, no estamos hablando de las cosas importantes en cuanto a la educación: ¿funciona este modelo de bilingüismo?, ¿qué tipo de medios necesitan los colegios?, ¿qué se puede hacer contra el abandono escolar?, etc. En cambio llevamos una semana discutiendo sobre un asunto en el que casi todos estamos de acuerdo, al menos, de facto: confiamos en los profesores y en quienes se dedican a eso a la hora de elegir las charlas y actividades extracurriculares. El lugar desde el que parte la idea de implantar esa autorización es inadmisible, además de bastante inasumible. Los hijos necesitan su espacio para construirse, necesitan saber que no todos pensamos igual y que todo, dentro de los límites de la propia democracia, es válido y respetable. Me acuerdo ahora de cuando en la piscina a la que llevaba a mi hija a natación me pidieron que firmara una autorización para que filmaran las clases y yo pudiera verlas en streaming. No lo hice, no por los derechos de imagen sino por dejarle su espacio. Por otro lado pienso que ojalá bastase una charla de casi una hora para adoctrinar a un adolescente. Si fuera así, imagino que los informes de PISA darían otros resultados.

En cualquier caso, esto es solo una entrega más de la agotadora guerra cultural en la que ya estamos instalados. Todo el mundo manosea las palabras hasta vaciarlas, y es curioso ver cómo todos enarbolan la misma idea para defender posiciones, en principio, antagónicas: todos hablan de libertad. Es un ejemplo perfecto para mostrar en los colegios e institutos lo importante que es el lenguaje y saber leer de verdad.

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