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Hace frío fuera

"Los pájaros que se quedan no narra el periplo estadounidense de Jordá, se encarama y repta por las frondas de su árbol genealógico para reconstruir otro viaje que no tuvo lugar"

Cundió el pánico hace unos años cuando una familia de jabalíes apareció en el campus de la Autónoma de Madrid. Hasta salió en la tele. Recuerdo un primer plano de las huellas frescas en el césped y, a renglón seguido, la imagen de varios cochinos ramoneando las hojas de los magnolios situados entre el edificio de Políticas y el de Derecho. Hay, para quien esté interesado, un vídeo de Youtube titulado “Pelea de jabalíes en la UAM” en que se observa a un par de jabatos jugando. Sobra decir que no tienen las hechuras de la bestia de anchos colmillos y rostro hirsuto que dio muerte al bello Adonis y que parecen, más bien, dos perros de aguas. Sea como fuere, la inopinada visita fue un hecho luctuoso para algunos académicos que, ajenos al peligro, azacaneaban en sesudos papers acerca del ius cogens o el índice Gini.

Lo he recordado leyendo Pájaros que se quedan (RBA), la última novela de Eduardo Jordá (Palma de Mallorca, 1956). En el cogollo universitario de Carlisle, una pequeña ciudad del interior de Pensilvania, las cosas funcionan razonablemente bien, prima la ilustración y la gente vota con cabeza. Allí menudean lectores del New Yorker, consumidores de sushi y ciudadanos comprometidos y cívicos comme il faut. Pero basta alejarse uno o dos kilómetros para advertir de lo que cambian las cosas extramuros de la burbuja académica. En algo coinciden las mujeres con sobrepeso y andador que arrastran los pies por el walmart, el adolescente enganchado a las anfetas que se agita con el belfo rezumante, los ojos hueros y la expresión pasmadael matrimonio redneck que salda en almoneda sus escasas pertenencias mientras brindan con latas de cerveza y los hijos de hispanos, llegados en busca de una nueva vida en las zonas despobladas del interior, que esperan el autobús escolar en una carretera perdida al pie de los Apalaches. Para todos ellos, la vida es dura y el mundo, ancho y ajeno.

Y es que, si de burbujas hablamos, ¿quién no ha caído en la tentación de pensar que el universo se agota entre cuatro paredes? Recuérdese al revolucionario Danton cuando, en la ópera de Büchner, deambula a tientas por la campiña helada, después de enterarse de que su antiguo aliado Robespierre ha dado orden de detenerlo. ¿Para qué vagar errabundo en la fría noche cuando podría estar calentito en la cama bajo el colchón de plumas? Vuelve entonces grupas, enfila el camino a casa, franquea el portón, se mete en el catre y, poco a poco, su inquietud comienza a desvanecerse. Inútil es añadir que al día siguiente le echan el guante y que, naturalmente, poco después lo guillotinan, porque es bien sabido que la terca realidad siempre termina imponiéndose.

Quizá las protagonistas de Pájaros que se quedan sean las calabazas. Unas rodean como amuletos las ruinosas acererías, inmersas en un sordo proceso de desmantelamiento desde hace décadas, y otras custodian, como penates troyanos, los dormitorios de los niños y los patios traseros de las casas humildes arracimadas en el lado malo de las vías, curiosa perífrasis no tanto geográfica como existencial, y solo el grito de un zorro rojo, o el repiqueteo que un pájaro carpintero en un roble lejano, o el viento que baquetea los árboles al paso del huracán Sandy consiguen romper la quietud inexplicable que todo lo rodea: “ese insondable silencio que se apodera de las pequeñas ciudades norteamericanas cuando se hace de noche y todo el mundo se encierra en sus casas” (p. 148).

Respecto al título, baste decir que los “pájaros que se quedan” merecían un libro de viajes. Tarda el lector en descubrir que, en realidad, este libro no narra el periplo estadounidense de Jordá, cuya prosa raya tan alto como de costumbre (nadie en este país escribe como el autor mallorquín), sino que se encarama y repta por las frondas de su árbol genealógico para reconstruir otro viaje que no tuvo lugar. Ya decía Hölderlin, y decía bien, que no hay ninguno tan decisivo como el que nos lleva al origen.

Sirva de estrambote una curiosidad. Al principio me imaginaba Carlisle como el Scranton de The Office. Después huroneé en Google y descubrí que median doscientos kilómetros y no pocas diferencias entre ambas ciudades. Así y todo, entiendo ahora que Michael Scott se encastillase en su cubil, enseñoreado entre su pequeño globo terráqueo, su trofeo dundie al mejor comercial y unos empleados a los que toma por amigos, en lugar de ponerse a merodear por la urbe pensilvana, exponiéndose a los peligros y asechanzas que ésta ofrece. Bien mirado, seguro que hasta rondaban jabalíes.

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