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Hacia el 1-O, entre palos y zanahorias

Foto: ALBERT GEA | Reuters

Este miércoles se han cubierto las portadas de papel y electrónicas de menciones de “la Fiscalía”: que si ordena a los Mossos d’Esquadra que frenen el referéndum ilegal, que si llama a declarar a los alcaldes independentistas catalanes y advierte de que serán detenidos si no comparecen, que si los separatistas intentan forzar una comparecencia del máximo responsable del Ministerio Público, José Manuel Maza, en el Congreso… Queda patente la vía elegida por el Gobierno para poner trabas y hacer descarrilar la maniobra nacionalista del 1-O, que es a través de los órganos jurisdiccionales y policiales, como siempre se esperó de Mariano Rajoy.

En España tenemos un Ministerio Público peculiar, con un fiscal general que es nombrado por el Gobierno y un principio de obediencia a la superioridad que vincula a todos los fiscales. Se discute, se critica por algunos desde que se aprobó la Constitución esta falta de independencia que contrasta con la situación del Poder Judicial, pero es la ley y es lo que va a utilizar el Gobierno tanto como lo necesite. Es su forma de dirigir a los tribunales en la dirección que le interesa, aunque no pueda tener garantizado ese resultado por mucho que se afane la Fiscalía. Que tenga o no que dar pasos más drásticos como la suspensión de la autonomía catalana está por ver.

Al mismo tiempo, sin embargo, se oyen cada vez más voces, o más cantos de sirena, desde el bando constitucionalista: si se supera el 1-O evitando el bochorno del pseudorreferéndum, iremos a por la reforma de la Constitución, ya verán ustedes. Y se dejan caer claros indicios de que las reformas tendrán todo el aspecto de mayores concesiones a las dizque atribuladas “naciones sin Estado” de España.

No hay que tener miedo reverencial a una reforma de un texto de hace 40 años que nació con defectos y que ha ido evidenciando otras debilidades. Por ejemplo, la falta de independencia del Ministerio Público. Eso sí que parece reformable, mucho antes que un nuevo debilitamiento de la estructura del Estado. Pero, por desgracia, en la derecha y en la izquierda antaño moderada, no son para nada ésas las prioridades, y la tentación del ‘appeasement’, de compensar las medidas coercitivas con nuevas cesiones, sigue siendo tan evidente hoy como cuando gobernaban Aznar o Zapatero. Algo de zanahoria para compensar el palo. Pues ya sabemos adónde llevó el ‘appeasement’ de Neville Chamberlain frente a los nazis hace tres cuartos de siglo…

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