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I + D + i (imaginación)

Estamos asistiendo a la verdadera “selección natural” del hombre de laboratorio. Sí, todo cuanto antes estaba dogmatizado para producir buena ciencia se ha tenido que remendar cual viejo trapo para poder seguir adelante.

Estamos asistiendo a la verdadera “selección natural” del hombre de laboratorio. Sí, todo cuanto antes estaba dogmatizado para producir buena ciencia se ha tenido que remendar cual viejo trapo para poder seguir adelante. La verdadera competición por permanecer en el campo de batalla ya no se mide únicamente por la capacidad productiva sino por la capacidad de reciclar.

Y es que en esto del “tijeretazo”, la ciencia estaría tocada y casi hundida si no fuera por esos marineros de bata blanca y pericia inconmensurable que se dedican anónimamente a mantener el buque a flote. Pero no creamos que todo son problemas; hay una cualidad que se ve más que desarrollada en tiempos de flaqueza económica en todo laboratorio que depende completamente de los presupuestos del Estado, la imaginación. Esa dichosa imaginación que tiene hoy en un laboratorio su templo más grande de veneración. La mentalidad del “usar y tirar” está ya más que obsoleta y sustituida por un “usa y reutiliza lo que puedas”, y lo que no puedas también. Además de eso, la imaginación toma también importante papel a la hora de inventar aparatos que, como salidos de un raro bazar de todo a 1€, puedan sustituir eficazmente a los caros equipos que ningún proyecto puede abarcar.

Pocos son ya los investigadores españoles que pongan por encima el aferrado patriotismo que profesaba Ramón y Cajal, para huir, sin un futuro cierto, hacia otros laboratorios del resto del globo, en el que, si no se ven mejor dotados económicamente, por lo menos están mejor estimados socialmente. Y es que, ¿para qué nos vamos a engañar? En España los científicos están más cerca de ser unos hombres raros con bata y gafas de pasta (prototipo nunca más lejos de la realidad), que los héroes de la nación. Vale, es cierto que esto de viajar, en cuestiones de ciencia, se lleva viendo desde hace mucho tiempo, pero en este caso, al igual que cierta ministra se equivocaba en materia de educación, esto tampoco es un viaje de placer, ahora se ha convertido en una huida, una auténtica emigración, una “fuga de cerebros” en toda regla, un billete solamente de ida.

¿En dónde queda el placer del hombre por saber cosas nuevas, por descubrir su mundo y, en definitiva, por producir ciencia por el simple placer de tachar interrogantes de una larga lista? Está claro que en España no. Y es que muchos se imaginan sobre “hombros de gigantes” en esto de decidir sobre el progreso, aunque la tierra ensucie sus oídos.

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