Lea Vélez

Igual esto es la libertad

«La falta de imposición arbitraria cambia el mundo, la percepción del mundo y riega felicidad»

Opinión

Igual esto es la libertad
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Lea Vélez

Lea Vélez

Lea Vélez es escritora. Su novela más reciente es “La sonrisa de los pájaros” (2019). Es autora también del ensayo literario "La Olivetti, la espía y el loro" (2017) y de la novela "Nuestra casa en el árbol" (2017)".

Londres era una ciudad fantasma. Pude coger un taxi para llegar en cinco minutos desde Victoria hasta el consulado. Me crucé con dos personas y un grupo de niños que salían por la ciudad acompañados de sus profesoras. El mundo lo habían tomado los niños perfectamente uniformados de Chelsea y Belgravia. Aun con la mascarilla puesta, se respiraba libertad. Me pregunté si respiraba mi propia libertad o la libertad de mi entorno. ¿Cuántas libertades hay? La de la propia percepción del mundo, la libertad de no sentirse observado o juzgado, la que permiten los edificios, las estructuras sociales.

Hablo con mi amiga Carla. Conversamos por whatsapp. No se siente libre. Me enumera todo aquello que ha perdido. Una vida social variada e intensa, llena de conversaciones inteligentes. Ha perdido mundo y movimientos. Me acuerdo de la sensación de encierro e impotencia que viví en Madrid. La sensación de estar en manos de otro y un otro no necesariamente ilustrado. Hablamos también sobre el colegio. Mis hijos han pasado de estar oprimidos a sentirse felices y no sé exactamente qué ha cambiado. Ambas tenemos hijos que nos hacen sufrir con el colegio y sus normas y asignaturas y libros de texto y falta de brillantez y yo todo el sufrimiento lo achacaba al nivel intelectual y a determinadas asignaturas, pero me pregunto ahora si no se trata de la estructura misma y del entorno. Le explico que mis hijos son infinitamente más felices aquí en Gran Bretaña, cuando la realidad es que las asignaturas y los profesores británicos no son infinitamente más brillantes que los españoles. ¿Qué ha cambiado si la calidad de las personas es la misma? Le explico que tengo la sospecha de que es la calidad de la estructura social, de la estructura escolar, que nace de una suerte de constitución no escrita, de derechos inalienables, de respeto a la persona desde el nacimiento. Me pregunto si esa libertad inherente no estará en casi todas las estructuras que me voy encontrando en el día a día. Sospecho que la libertad que se respira aquí es, efectivamente, lo que ha cambiado y que esa libertad está en todas partes, incluida la escuela. La falta de imposición arbitraria cambia el mundo, la percepción del mundo y riega felicidad. La imposición consciente o inconsciente de un temario poco apetecible, convierte en apetecible un temario no demasiado diferente que no es impuesto porque es «lo que toca», porque hay que memorizarlo para llegado el momento, pasar la selectividad.

Noto claramente que el taxista se confunde. No conozco Londres como la palma de mi mano, pero las calles estrechas cercanas a Buckingham Palace no pillan de paso hacia Belgravia. Se detiene.

-Ya hemos llegado al 20 de Greycross Place.
-Pero qué genial, querido taxista. Yo quería ir al 20 de Draycott Place.
-Vaya, lo siento, es la mascarilla, que nos vuelve sordos.
-Convierten nuestro destino en una poesía. Lléveme a cualquier lugar que rime con Draycott place.
Se ríe. Yo río aún más. Sigue la marcha. Atravesamos en medio minuto las callejuelas donde habitualmente uno se quedaría atascado dos horas y enseguida estamos en mi destino.
-Gracias por el tour del casco antiguo, caballero.

Se ríe.

Llego al consulado de España en Londres. Unas veinte personas nos arremolinamos en la acera de una calle estrecha de un barrio elegante. Suerte que no llueve. En España la policía se encarga de los documentos de identidad, pasaportes y DNI. Estamos acostumbrados y nos parece lo normal hacer colas eternas, pedir citas previas. Se puede cortar el miedo de no ir con todos los papeles necesarios con el proverbial cuchillo. La gente intercambia historias burocráticas. «Una vez a mí me mandaron para atrás porque no llevaba la hoja informativa». Se temen lo peor. Pienso en mi marido. Ahora los DNI ya no llevan huella, pero cuando era jovencita mi marido británico se reía de mí y se escandalizaba de que el estado español nos obligara a estar de esta forma fichados por la policía, con una huella, como los criminales de las películas. Lo primero que te hacen al llegar a la edad adulta es mandarte a que te fiche la policía. La huella en un cartón, en un DNI, es para los británicos sinónimo de represión, de falta de libertad. En Inglaterra te identificas con la factura de la luz, diciendo tu código postal, respondiendo tu fecha de nacimiento. Poco más. Los británicos no tienen DNI o equivalente, no tienen una tarjeta oficial y solemne de identificación y ni mucho menos, la obligatoriedad de llevarla encima cuando salen de paseo. El pasaporte se lo hacen si van a viajar y nada de ir a una comisaría. Te presentas en la oficina de correos, rellenas unos formularios y te lo mandan a casa. Aquí todos los británicos (y los que no lo somos también) somos indocumentados hasta cierto punto y esto es un gusto. Es libertad.

Al fin me toca mi turno. Un muchacho amable tras un cristal revisa todos mis papeles, mi DNI, mi foto. Oh, vaya, hay un problema. El fondo es gris pálido y debería ser blanco. Le pregunta a una compañera. Dudan de si es válido. Mi mundo se tambalea. Empiezo a convertirme en una de esas anécdotas burocráticas del «vuelva usted otro día porque no ha venido con un fondo blanco».
Me dice:

-Le voy a gestionar todo, pero quizá la policía decida echarlo para atrás porque no va con el fondo perfectamente blanco. Si no se lo hacen, tendrá que volver a Londres y pagar de nuevo las veinticinco libras. Yo se lo dejaría pasar pero… a saber lo que dice la policía.
-Esperemos que usen el sentido común. -digo con esperanza. Nunca pierdo la esperanza.

Pago todo y salgo de nuevo a las estribaciones de Belgravia mientras pienso «igual esto es la libertad: el predominio del sentido común en una sociedad construida desde el ciudadano hacia las instituciones y no desde las instituciones que imponen su burocracia sobre el ciudadano». Eso creo, al menos.

Llamo a un taxi. Me lleva por un Londres vacío a causa del encierro por la pandemia hacia la estación Victoria.

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