Guillermo Garabito

Instrucciones para una chimenea

«Las mantas no abrigan este frío, sólo las chimeneas, que son una pira de vanidades, un confesionario que crepita»

Opinión

Instrucciones para una chimenea
Foto: Stéphane Juban| Unsplash
Guillermo Garabito

Guillermo Garabito

Valladolid, 1992. Columnista en ABC CyL. Colaborador en Onda Cero Valladolid. Escritor sin café.

Hay un frío, sobre todo en los pies y en el alma, que no calienta ninguna manta. Es un frío que no se cura y que forma parte ya de mí. La primavera empieza en marzo y para mis pies en mayo o junio. Los pies destemplados a todas horas, por eso voy buscándole rescoldos al invierno, pequeñas treguas hasta que aprenda a levitar. Las mantas no abrigan este frío, sólo las chimeneas, que son una pira de vanidades, un confesionario que crepita. Así paso yo ahora las tardes. Mis sábados han cambiado, innegablemente a mejor. Antes zascandileaba vino arriba, copa abajo con los pies destemplados los sábados por Valladolid. Vaciábamos cervezas, cerrábamos bares, abríamos otros… con los pies fríos todo el día. Ahora he cambiado mi juventud por una chimenea y se me ha ido el frío de los pies en horas muertas, absorto frente al fuego que es la única meditación, el único pensamiento abstracto que conozco.

En un pueblo, una chimenea es lo mínimo que hace falta para poderse empadronar. Yo tenía una en la cocina varada como un naufragio que ya forma parte del paisaje. Usaba las otras de la casa y en esta nunca había reparado hasta el otro día que heló: las plantas escarchadas y los pies cantando villancicos. Y yo tenía una chimenea en la cocina como elemento decorativo, una chimenea que no daba ni frío ni calor, que estaba ahí en mitad de la sala como un cuadro en el que nunca me había detenido; una vieja chimenea de hierro fundido que tenía pinta de locomotora sin vocación. Así decidí ponerla a funcionar, como si acabara de inventar el fuego. Al encender una chimenea uno adquiere conciencia paternal, el fuego es como un hijo, una responsabilidad que hay que mirar mucho y que hay que cuidar. Con una chimenea se madura a la fuerza.

Ahora tengo una chimenea que alimentar y calculo los artículos en leña y con las hojas del periódico una vez leído, otras lo ignoro que es como mejor se leen algunos artículos, hago bolas de papel para encenderla. Y lo cuento porque subí una foto a Twitter cuando aquello ya bullía como un éxtasis de Santa Teresa y me escribió Diego Lacave –con quién no había hablado nunca– para contarme que estas viejas chimeneas de ‘Hergom’ «funcionan a las mil maravillas. Importante: sólo encina o roble, leñas sin resinas. ¡PINO JAMÁS! Y no cargar a tope porque demasiada potencia de calor se come el hierro».

Y resultó que mientras meditaba dándole de comer al fuego, con los pies templados, templé también el alma. Por lo visto en Twitter todavía quedan tipos que no conocemos de nada, entre tanto cafre e integrista, que escriben un tuit como si escribieran una carta a un amigo sin otro propósito más que ayudar. Todavía le quedan sorpresas a Twitter, como cuando una chica pedía ayuda para evitar la quiebra de la carnicería de sus padres en algún barrio, y otros un puesto de trabajo y a veces se resuelve y a veces no.

Ahora miro el fuego de la chimenea, leo a José Jiménez Lozano y las últimas anotaciones de sus diarios antes de su muerte que publica Confluencias y pienso en toda la lucidez de un tipo enjuto a sus ochenta y nueve años. Escribir es otra forma de calentar los pies.

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