Manuel Arias Maldonado

Instrucciones para resucitar a Hays

"Si el criterio que rige la censura es el sentimiento de ofensa experimentado por el público, la ficción no será posible"

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Instrucciones para resucitar a Hays
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Manuel Arias Maldonado

Manuel Arias Maldonado

Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Málaga y colaborador habitual en prensa y medios culturales.

Aunque pasó más bien desapercibida, el año pasado se estrenó en nuestros cines -cuando aún estaban abiertos- la última película de Todd Haynes. Dark Waters es un cambio de registro para el director norteamericano, que nos tenía acostumbrados al tono visual y dramático del melo norteamericano de los años 50. Aquí nos encontramos con la dramatización del proceso judicial que sacó al descubierto las malas prácticas del grupo químico que comercializó el teflón; transcurre casi por completo en Cincinnatti y tiene como protagonista al abogado que destapó el escándalo. Los personajes son, casi en exclusiva, blancos; unos son miembros de buenas familias de Ohio, otros clase trabajadora de su cinturón industrial. Solo hay dos momentos en los que algún personaje negro aparece en pantalla: uno es el joven socio de la firma legal donde trabaja el protagonista y tiene algunas líneas en el curso de una reunión del bufete; el otro es un grupo de camareros que sirve una cena de gala. Para quien prestase atención al detalle, el detalle es incómodo: todos los camareros son negros y todos los asistentes son blancos. Es un testimonio gráfico, mostrado sin el menor subrayado, del lugar que la minoría negra ocupa -junto a otras minorías, aunque no todas- en el mercado laboral norteamericano. Y si la escena llama la atención, es por su relación visual con tantas otras escenas en la historia del cine norteamericano en las que, como denunció Spike Lee en esa astuta sátira que es Bamboozled, el negro ocupa -en el mejor de los casos- el lugar del sirviente. Ni que decir tiene que en Estados Unidos hay camareros de todas las etnias, razón por la cual puede sospecharse que Haynes introduce ese matiz con la más deliberada de las intenciones.

Ahora bien: a la vista del razonamiento que ha llevado a los responsables de la plataforma norteamericana HBO a retirar Lo que el viento se llevó temporalmente de su parrilla, por entender que la película incurre en representaciones inaceptables de estereotipos racistas, ¿cómo hemos de reaccionar ante ese detalle menor de Dark Waters, película por lo demás irreprochablemente progresista?¿Hemos de cancelar o prohibir aquello que nos disgusta, aunque refleje una realidad objetivable? Pero, si es así, ¿cancelaremos aquello que disgusta a cuántos? ¿Y a quiénes? Si las relaciones entre blancos y negros en la Norteamérica del Sur en tiempos de la Guerra Civil eran, en el mejor de los casos, tal como se muestran en Lo que el viento se llevó, ¿por qué habría eso de ofendernos? De hecho, tampoco eran demasiado buenas en la Norteamérica del Sur posterior a la Guerra Civil y existe también un cine que lo atestigua: el memorable final de La noche de los muertos vivientes, la cinta seminal de George A. Romero, nos habla justamente de esa brecha racial. Podrá argüirse que Haynes muestra una realidad que no condona, mientras que David Selznick y su equipo de directores apenas percibían la discriminación latente en aquellos códigos culturales o se adherían a ellos. Pero la diferencia no es relevante: toda ficción es, a su manera, un documental sobre el tiempo en que fue elaborada y las intenciones del artista son, en este aspecto particular, secundarias. Dedicarse a condenar a quienes abrazaban tesis racistas en una época en la que éstas eran por desgracia mayoritarias no nos lleva demasiado lejos.

En la decisión de HBO, pesa sin duda la aspiración mayoritaria de la cadena: los republicanos también compran zapatillas. Estados Unidos es un vasto mercado comercial cuyas empresas han terminado por hacer suyo el lenguaje de la corrección política; para bien y para mal. O sea: con sus virtudes civilizadoras y sus excesos infatiloides. Pero su planteamiento no puede universalizarse, ya que semejante lógica prohibicionista apenas dejaría títere con cabeza: si el criterio que rige la censura es el sentimiento de ofensa experimentado por el público, la ficción no será posible y de la transgresión artística ya podemos ir olvidándonos. Hay algo deprimente, calculador, en las políticas expiatorias que exigen a los creadores de películas o series que cumplan con absurdas cuotas de diversidad racial o interacción entre sexos. No es que no exista una tradición: la industria cinematográfica norteamericana se autorreguló conforme al célebre Código Hays durante varias décadas, poniendo limitaciones a lo que los cineastas podían llevar a la pantalla y estimulando con ello la práctica de la alusión indirecta. Creíamos que aquella forma de control había desaparecido para siempre, barrida por la ola libertaria de los años 60, pero ahora amenaza con hacer un comeback. Aclarémoslo: es saludable que haya diversidad en el arte; no hay ningún buen argumento en contra. Pero esa diversidad no tiene por qué realizarse en el interior de cada obra, sino que ha de poder predicarse del conjunto del sistema: no se trata de que cada serie televisiva incluya a blancos, negros y asiáticos, sino que todos ellos puedan crear libremente sin pararse a pensar en los equilibrios étnicos de su dramatis personae.

La cultura de la cancelación no es una cultura: es una práctica contraria a esa educación en los matices que resulta del contacto inteligente con las obras de arte. En la recepción de estas últimas, hay de todo: espectadores que chapotean en la superficie e intérpretes de la complejidad. No es razonable que el acceso a los productos de la cultura dependan de aquéllos, aunque se disfracen de reformadores morales. ¿O acaso solo hemos de tener contacto con significantes construidos de acuerdo con el manual de instrucciones del moralismo contemporáneo? Retirar Lo que el viento se llevó de una plataforma solo es un gesto, pero es el gesto equivocado: ignora que hay muchas formas de acercarse a una obra y que solo manteniendo esa obra en cartel podremos empezar a verla de otra manera.  Y es que, ¿cómo resignificarán quienes se queden sin significantes a los que atribuir nuevos significados? Solo dejando que el tiempo pase por una película o una novela aprendemos a ver en ellas cosas que antes no estaban ahí; porque las ha traído el tiempo. Dejemos que haga su trabajo.

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