Argemino Barro

Joe Biden: el arte de guardar silencio

«El presidente de EEUU, Joe Biden, todavía no ha dado una rueda de prensa. Y van más de dos meses»

Opinión

Joe Biden: el arte de guardar silencio
Foto: Jonathan Ernst| Reuters
Argemino Barro

Argemino Barro

Corresponsal en Nueva York de 'El Confidencial' y otros medios españoles. Interesado en populismos y autoritarismos. Autor de 'El candidato y la furia, sobre el ascenso de Donald Trump', y 'Una historia de Rus: Crónica de la guerra en el este de Ucrania'.

El presidente de EEUU, Joe Biden, todavía no ha dado una rueda de prensa. Y van más de dos meses. El antecesor que más tiempo había tardado es George W. Bush: 33 días. Cuando Biden finalmente aparezca ante los periodistas, el 25 de marzo, habrá casi duplicado el récord del republicano.

Los medios no están contentos, sobre todo Fox News. El canal conservador lleva semanas atacando la cerrazón del presidente, cuyo deber, recuerdan, es rendir cuentas ante el pueblo americano. Biden solo ha concedido algo de tiempo a canales afines, como ABC News y CNN, y alguna vez se ha dejado ver cerca de los corrillos periodísticos de la Casa Blanca.

Pero, ¿y si Biden estuviera pensando en el medio y largo plazo? ¿Y si el hecho de quitarse un poco de en medio, y de centrarse, en definitiva, en gobernar, fuese una manera de fortalecer la débil confianza pública en las instituciones?

El periodista David Frum, de The Atlantic, ha dado cuatro razones por las cuales Biden se habría mostrado reticente a comparecer ante los periodistas. Cuatro razones que vamos a desarrollar un poco.

La primera, que el liderazgo presidencial puede acabar contaminando planes que, de otra manera, gozarían de un apoyo más amplio entre los ciudadanos. Los presidentes siempre son figuras polarizantes, sobre todo en un contexto divisivo como el actual. La mejor manera de echar a perder una ley es ponerle la cara o el nombre del presidente. Sus seguidores la apoyarán, pero no sus detractores.

Por ejemplo: la reforma sanitaria de Barack Obama, su proyecto estrella, disfrutaba de un razonable apoyo público al inicio de su mandato. El demócrata se volcó de lleno con el plan: lo defendió en entrevistas, discursos y ruedas de prensa, pero, cuanto más describía sus bondades, más estadounidenses se ponían en contra.

Los republicanos, que son mucho más hábiles que los demócratas en estrategias de comunicación, vieron una oportunidad. Sabían que, si se enredaban en discutir los detalles de una ley que daría cobertura sanitaria a millones de personas, perderían el debate. Así que hicieron algo muy sencillo: acuñaron el término «Obamacare» y lo diseminaron por los medios de comunicación. A ojos de millones de votantes, lo que el Congreso iba a aprobar no era una ley razonable y humana, sino una cosa directamente salida de ese elitista costero, el pedantón progre de Harvard, Obama.

En estados como Kentucky la reforma sanitaria era una emergencia. Allí mucha gente, sobre todo en las zonas mineras, se moría en sus casas de cualquier cosa, incapaz de pagarse un seguro decente. Pero muchos enfermos no querían saber nada de ningún Obamacare. Solución: Kentucky le cambió el nombre. En Kentucky el Obamacare (su nombre real es Ley de Cuidado Asequible) pasó a llamarse Kynect.

¿Se acuerdan del famoso plan norteamericano para reconstruir Europa después de la Segunda Guerra Mundial? ¿Aquel que, entre otras cosas, inspiró una obra maestra del cine español? Lo firmó el presidente Harry Truman, pero no se llamó «Plan Truman» para no calentar a los conciudadanos que no lo podían ni ver.

«Manteniendo un bajo perfil, Biden está desescalando y despolarizando la política», escribe Frum. «Un movimiento inteligente, especialmente en un momento en el que la prioridad nacional suprema es que todo el mundo, de todos los puntos de vista, se vacune tan rápido como sea posible».

En este sentido, salir a defender sus planes ante los periodistas, a responder a preguntas difíciles y a esquivar las pedradas de rigor, sería contraproducente. Biden preferiría que sus políticas hablasen solas, libres de la carga de su imagen.

Segunda razón: el presidente no es Dios. Hay cosas que sabe y otras que no. Lo que suelen hacer los presidentes es centrarse en un puñado de prioridades que requieren toda su atención. Si de verdad los periodistas quieren información sobre qué sucede en EEUU y cuáles son las soluciones que propone el Gobierno, lo mejor es escuchar a los representantes de las distintas agencias. Estos tienen la información de verdad, la información detallada y fresca. No Joe Biden. O no a mano.

¿Alguien cree que la función de las ruedas de prensa en la Casa Blanca, para los periodistas, es conseguir información? Algo de eso hay, pero lo más importante es conseguir titulares. Presentarse allí con las preguntas más duras posibles, arrinconar al portavoz y sacarle 20 segundos de buena televisión. Es decir, de polémica.

Por eso en Fox News, que ahora ejerce de oposición, están desesperados. Días antes de que Biden jurase el cargo, el canal nombró a un joven reportero para informar desde la Casa Blanca. Peter Doocy estaba preparado para morder, para presionar a Biden en cuestiones como la crisis migratoria o el gigantesco déficit público. Un poco al estilo de lo que hacía Jim Acosta, de la CNN, con Donald Trump.

Pero Biden no se expone, no da carnaza, y Peter Doocy es como un Doberman al que solo dan de comer verduritas hervidas.

La tercera razón está relacionada con la anterior. Al hacer comparecer a sus altos cargos expertos, la Casa Blanca no solo evita que alguien logre poner en ridículo a Biden (ese es el juego), sino que obliga a los periodistas a hacer preguntas más precisas. ¿Quieren saber, por ejemplo, qué sucede en la frontera? Se lo pueden preguntar a Roberta Jacobson, asesora de Biden y Coordinadora de la Frontera Sur. Estos días ha estado resolviendo las dudas, en inglés y en español. Dudas que probablemente Biden hubiera sido incapaz de aclarar.

Y cuarta: Biden, según Frum, estaría despejando los miedos a su legendaria verborrea, que en el pasado no dejaba de meterlo en aprietos.

Quizás también haya algo de Zeitgeist. Biden habría leído en la población una necesidad de calma, casi de aburrimiento. La presidencia de Donald Trump fue como una sobredosis mediática que duró cuatro años y que nos dejó psicológicamente exhaustos, deseosos de mirar hacia algún lugar que no fuese Twitter. Por eso Biden, triunfe o se caiga con todo el equipo, parece dispuesto a darnos una antítesis, un bálsamo: una vuelta a los canales oficiales, a los procedimientos y a la aparentemente gris, predecible y taimada normalidad de la vieja política.

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