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César García

El Covid, el progresismo americano y los débiles

«La realidad, desafortunadamente, es que el desmantelamiento del anti-trumpismo no se ha producido y sigue haciendo mucho daño en este país. Uno de los principales daños colaterales del anti-trumpismo ha sido el cierre de las escuelas durante la pandemia»

Opinión

El Covid, el progresismo americano y los débiles
Alex Wong AFP

Una de las mejores noticias del relevo de Trump por Biden debería ser el fin del anti-trumpismo, tan bien definido por Ricardo Dudda como «una rama del progresismo y liberalismo biempensante basada en la histeria, la hipérbole, la terapia grupal, la gesticulación vacía», entre muchas otras cosas.

Una rama, por cierto, que se da a ambos lados del Atlántico. En ella se combina el anti-trumpismo y un cierto resentimiento de clase hacia los norteamericanos que comparten derecha e izquierda. No es poca la gente que pasa por inteligente y bien informada en España que sigue repitiendo ese mantra de que en Estados Unidos el coronavirus ha sido devastador sin hacer esa distinción tan básica entre el valor absoluto y el relativo ya que, según la Universidad John Hopkins, España y Estados Unidos están prácticamente empatadas en muertes por cada 100.000 habitantes (145 y 155 respectivamente).

La realidad, desafortunadamente, es que el desmantelamiento del anti-trumpismo no se ha producido y sigue haciendo mucho daño en este país. Uno de los principales daños colaterales del anti-trumpismo ha sido el cierre de las escuelas durante la pandemia, muy particularmente en el corredor progresista de la Costa Oeste, o sea, California, Oregón y Washington, todos ellos estados con gobernadores del Partido Demócrata. Durante el primer aniversario de la COVID-19 en estas tierras, las universidades han permanecido clausuradas a prácticamente cualquier actividad presencial, así como las escuelas de primaria y secundaria. Y no parece que la política vaya a varias de aquí al final del año académico.

El efecto de todo ello ha sido devastador en términos generales. Los casos de ansiedad, depresión e incluso suicidios han aumentado considerablemente en todo el segmento de edad escolar. Hay que tener en cuenta que, a diferencia de España con un tejido social más tupido y unos padres que suelen tener una perspectiva más laxa de la pandemia, en Estados Unidos la actividad social de muchos chavales se restringe a las horas de clase, sobre todo en las poblaciones pequeñas, que representan una gran parte de la demografía en este país, donde hay menores posibilidades de ocio y socialización.

Esta circunstancia ha afectado tanto a ricos como a pobres, aunque lógicamente más a los chicos pobres, muchos de los cuáles pasan largas jornadas en casa solos, mientras sus padres, en bastantes casos de familias monoparentales, se ganan la vida en el sector servicios.

Ha sido, y es, moneda común marginar socialmente a padres, y lógicamente a chicos también, por el solo hecho de haber trabajado en actividades que requerían un contacto personal de algún tipo o por haber tenido que realizar algún viaje. Hablo por experiencia personal, en muchos casos las voces más beligerantes a favor del cierre y de mantener el aislamiento social de determinadas personas, que no «distancia social» que consiste en los dos metros de distancia en una conversación, han sido profesores de universidad y trabajadores cualificados que podían realizar su trabajo desde casa y cuyo sueldo no ha sufrido ninguna variación durante este periodo. Sus casas están bien equipadas tecnológicamente y ellos han dispuesto del tiempo y la formación para, de alguna manera, haber paliado los inconvenientes de la situación.

Muchos de ellos son anti-trumpistas de corazón, votan al partido demócrata y defienden leyes que se denominarían socialmente avanzadas en numerosos ámbitos (un ejemplo de ello ha sido la liberalización del consumo de la marihuana). Salarialmente, muchos de ellos se encontrarían en el quintil superior de ingresos y muchos de ellos con títulos universitarios y estudios de posgrado. Aun hoy, no pocos de ellos desoyen las recomendaciones y estudios de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Centro para el Control de Enfermedades (CDC) y otras instituciones que acreditan que la actividad presencial en las escuelas primaria y secundaria representa riesgos de contagio muy menores. De hecho, no se prevé que en los próximos tres meses se reinicie la actividad presencial en las escuelas debido además a las presiones del sindicato de profesores.

La falta de solidaridad y fraternidad tanto de los gobiernos de los estados como de esta corriente progresista de la opinión pública norteamericana ha sido notable. En un artículo reciente en el New York Times, Nicholas Kristof definía esta actitud como uno de «los peores golpes» a la educación de los americanos desfavorecidos en los últimos años. Y es que efectivamente, como apuntaba en el mismo artículo, el abandono escolar, los bajos resultados en materias como lengua y matemáticas, la ampliación de la brecha salarial y los daños a largo plazo de los jóvenes de menores ingresos son y van a manifestarse por mucho tiempo. Se calcula que aproximadamente tres millones de chicos en Estados Unidos no han recibido ningún tipo de educación, en persona o virtual, durante el último año.

Todo ello con la aquiescencia y una falta de empatía notable de las élites progresistas norteamericanas, esas «triunfadoras de la meritocracia» como las denomina Michael Sandel. Unas élites progresistas y buenistas que curiosamente vapulean a aquellos a quienes dicen proteger.

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