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Juego freudiano de niños mimados

En pocos días hemos visto manifestaciones xenófobas de orgullo fascista en varias capitales europeas, a los más altos cargos de todo un Parlament rindiendo pleitesía a un convicto por terrorismo. Contra “el Imperio gay”, “la islamización de Occidente”, “la opresión del Estado Español”. Como la que se ridiculiza en la foto. Cualquier causa, por excéntrica, ridícula o inmoral que nos parezca, congrega multitudes. ¿El espectáculo kitsch de la libertad? Hay algo sintomático de nuestro tiempo en esta desinhibición infantiloide.

El progreso de los últimos cincuenta años ha sido tan espectacular en todos los ámbitos –médico, científico, social y moral– que quizá el paso de la lucha a la comodidad ha sido demasiado humillante para nosotros, sus beneficiarios netos. No nos gusta sentirnos niños de buena cuna. Por eso sobreactuamos, magnificamos artificialmente las diferencias. Antropológicamente, necesitamos épica. Queremos ser partícipes del esfuerzo colectivo, brigadistas internacionales de la moral contemporánea.

La política, su burbuja mediática y la inflación retórica del discurso literario cumplen una función social catárquica, proporcionan el ocio liberador: el mismo que los niños del jardín de infancia se toman en serio hasta las lágrimas. Los grandes políticos y científicos y las víctimas reales son nuestros padres con gesto resignado esperándonos en la parada del autobús escolar tras la jornada de trabajo.

No hay sobreentendidos en la esfera pública. Un libro, una propuesta política, todo es interpretable y cada interpretación tiene sus justificaciones. Las represiones freudianas son elitistas. No se inhiba, la ignorancia no existe. Todos tenemos derecho a nuestras ideas y a que éstas sean legítimas. Así hable un oncólogo o el Papa de la Iglesia del Palmar de Troya. Un refinado doctor en física nuclear o un machista violento. No hay monólogo interior porque todo es manifestación exterior irreflexiva e inmediata. No hay expertos, porque si los hay, no hay democracia. Por eso algunos proponen, incluso, votar si debemos ir o no a una guerra. Ingenuamente, otros pensamos que el progreso es que haya gente preparada dispuesta a asumir esa decisión por nosotros.

Un juego de niños. De niños mimados.

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