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La aparición del disenso

Hace pocos días Daniel Gascón –un tipo de admirable sabiduría apaciguadora– escribía un artículo titulado “El fin del consenso catalanista” en un nuevo periódico llamado El País. La tesis de Gascón es que la intensificación del Procés habría provocado el colapso de un consenso que durante décadas fue operativo en la sociedad catalana.

¿En qué consistía ese pacto que (si lo era) implicaba renuncias de las partes que tácitamente lo suscribieron? No hay una sola definición para establecer el contenido de dicho pacto que se forjó en el seno del plural antifranquismo catalán, pero algo tal vez sí podríamos concretar sobre su espíritu: era un pacto en virtud del cual la inmigración del resto de España llegada para trabajar en las industrias del área metropolitana barcelonesa –la que aparece en la espléndida serie El día de mañana, la que sufre la miseria como muestra el conmovedor reportaje El caso Cipriano Martos– aceptaba una idea laxa de la catalanidad –la lengua era su rasgo definidor más claro– como la identidad nacional –no es que me guste, es que existe– sobre la que fundamentar la singularidad política de la Cataluña democrática.

Tradicionalmente hemos convenido que la concreción social y política de dicho consenso había sido la aprobación de las leyes de normalización lingüística. Como estudió Paola Lo Cascio en Nacionalisme i autogovern, los trabajos parlamentarios que concluyeron con el acuerdo fueron muy intensos y así fue prácticamente unánime el respaldo a la ley de los partidos que tenían representación tras las elecciones autonómicas de 1980.

Mucho tiempo después y para impugnar esa cuasi unanimidad, confundida al fin con el pujolismo como marco convivencial asumido por el grueso del catalanismo, surgió la plataforma intelectual que daría lugar a la creación del partido Ciudadanos. Muchísimo tiempo después, ya en el torbellino del Procés, la consolidación de este partido como primera fuerza de la oposición en el Parlament –en realidad la fuerza más votada en las últimas elecciones, uno más (creo) de los coletazos del Otoño épico, trágico e irrepetible– es la demostración más evidente del fin de ese consenso. Y sin consenso, lo que se impone son los disensos.

“En cualquier modalidad”, afirmaba Gascón al final de su artículo, “será necesario un nuevo tipo de acuerdo”. No digo que no, al contrario, espero que sí. Pero deberemos admitir que ese hipotético nuevo acuerdo, como ocurrió con el anterior, implicará renuncias de las partes que lo suscriban en beneficio de la mayoría. En las conclusiones de su artículo –corrígeme, Daniel– diría que él sólo sintetizaba las condiciones políticas y sociales para el pacto que hoy defiende el magma del constitucionalismo. Pero el problema es que la otra parte contratante, al romperse ese aburrido consenso fruto de las renuncias compartidas por nuestros padres, pone sobre la mesa, sin matices, una demanda pacífica de secesión. No es una invención. No es un día de verano. Ya no. Tal vez, en realidad, sea un viejo disenso hibernado que en su día, durante la Transición de nuestros padres, ese denostado consenso catalanista tuvo la capacidad de saber reconducir. Aceptarlo es también el precio de trabajar a conciencia para su fin.

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