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La belleza y nosotros

Foto: CHARLES PLATIAU | Reuters

Siempre me he hecho un lío con la distinción de Kant entre lo bello y lo sublime. O mejor: nunca he sabido separar lo bello de lo sublime, ni lo sublime de lo bello. Eso está bien porque crea defensas ante las modas. La belleza es un sentimiento que nos une desde Altamira y Lascaux hasta aquí. Que nos une en el tiempo y no hace distingos entre la Cueva de los Nadadores, la Alegoría de la Primavera, la luz de Turner o una tela de Rothko. Pero en todas ellas se encuentra también lo sublime. Como se encuentra en el enamoramiento. De ahí que todos sepamos, sin explicarlo, qué es la belleza: la buscamos en otros –en otras– y eso enriquece nuestras vidas y en cierto modo –el modo estético, pero también sentimental– las culmina. Aunque sin confundir: la belleza podría ser un analgésico para pasar por la vida neutralizando el dolor. De hecho en los últimos tiempos se parece bastante a eso y de una forma exageradamente paródica de la belleza misma. La que está en manos de sus traficantes, a quienes el mundo adora. La casa Saint-Laurent hace una campaña con modelos de piernas larguísimas –de tan largas deformes vía fotoshop– montadas sobre patines que son zapatos de tacón de aguja. Las posturas, de tan obvias, risibles. El culo de una tal Kardashian te lo encuentras –resistiéndote a las redes sociales– en todos los periódicos como una especie de venus de Willendorf poscontemporánea. Las adolescentes deben presentar un arco en cada muslo, que permita casi el paso de un balón de rugby entre ambos: otra estupidez y a la espera. Pero antes he citado una palabra: enamoramiento y de ahí nadie sale impune. El enamoramiento produce belleza, aunque lo más importante aquí es que la belleza produce enamoramiento y en ambas cuestiones volvería a estar mi confusión entre lo bello y lo sublime. Hay religiones que impiden reflejar el rostro de Dios por esa misma razón. Pero si volvemos al origen de la belleza –de los cánones inventados por los hombres y no por la naturaleza– hallamos que en Altamira y Lascaux hay más animales que personas. La celebración de la belleza está en ellos y en la caza y no en los cuerpos de las mujeres o de los hombres. Esto es muy curioso porque también ocurre, parece, en los cantos primitivos. Lo cuenta Bowra (leo en Quignard): muchos de caza, algunos de guerra, ninguno de amor. ¿Dónde, pues, la belleza? O mejor: ¿dónde su origen? Tal vez de ahí el aspecto cinegético de muchas campañas de moda: la incitación hacia la presa para satisfacer el instinto de belleza. Sólo que la belleza no es un instinto y ya decía Kant –siempre hay que volver al principio– que el amor sexual ‘guarda en sí el carácter de lo bello’. Pero una cosa continúa clara: sin enamoramiento –místico, estético, sexual…– no hay belleza que resista. Salvo en la música, que contiene y recrea hasta lo que no existe.

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