Rafael García Maldonado

La Biblia y los escritores

«La Biblia es muchas cosas diferentes, y si hay quien está convencido de que es un libro sagrado cuya redacción se hizo bajo influencia divina»

La Biblia y los escritores
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Rafael García Maldonado

Rafael García Maldonado

Rafael Gª Maldonado es escritor y farmacéutico. En marzo publicará el volumen de cuentos Si yo de ti me olvidara, Jerusalén (Anantes).

Hay pocas dudas de que la Biblia –el Antiguo y el Nuevo Testamento– ha contribuido a fabricar un régimen moral en la cultura de eso que llamamos Occidente. O dicho de otra forma: es en gran parte gracias a la Biblia por lo que, en esta zona del mundo, somos seres humanos civilizados y no salvajes. Empero, siendo esto así, ¿qué escritor occidental admite hoy abiertamente hallarse bajo el dominio e influjo de tan reputado (y para algunos sagrado) libro? No es necesario, como también ocurre con otros mitos (valga como ejemplo literario el Quijote) haberla leído entera, tarea que sólo unos pocos perseverantes, entusiastas y afortunados han concluido. La Biblia se lee por aerosoles ambientales, o por ósmosis, como dicen que leían los libros Rubén Darío y Menéndez Pelayo. Hemos leído la Biblia (y el Quijote, y tantos) sin abrir siquiera esos voluminosos textos; libros que, podría decirse, nos han leído ellos a nosotros.

La Biblia es muchas cosas diferentes, y si hay quien está convencido de que es un libro sagrado cuya redacción se hizo bajo influencia divina, lo que está claro para religiosos, creyentes, agnósticos y ateos es que se trata de un libro literario, un monumental tratado de literatura donde caben todos los géneros y estilos posibles: mitología, profecías, sermones, hechos maravillosos, sagas, biografías, novelas, poemas, leyendas, canciones de amor, etcétera. También, cómo no, la Biblia (los libros que componen la Biblia, mejor dicho) contiene todo un muestrario de técnicas literarias que bastarían para dar un fecundo curso de literatura comparada en cualquier taller español o universidad americana, donde destacan la alegoría, el símbolo, las comparaciones, el discurso, el monólogo, la simetría, el ritornelo y la narración en círculos, la genealogía y el diálogo, siendo en esta última técnica especialmente rico el Libro. Es la Biblia, por tanto, un texto narrativo, donde lo que importa es el argumento, el plot, la trama, quedándose en un segundo plano la estampa, la descripción, los adornos retóricos y la búsqueda de la belleza formal. La Biblia, epítome de la literatura fantástica que decía un Borges entusiasta del género, va al grano, a la acción.

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Como decía, todo esto, ¿qué le importa a un escritor y a un lector de hoy en día? No voy a desmenuzar la Biblia para demostrar que están equivocados, qué disparate, ni a demostrar que las traducciones de la Biblia han sido cruciales a la hora de crear lengua y nación (Inglaterra, Alemania). Sí tengo intención, por el contrario, de esbozar una serie de ejemplos conocidos para que el lector vea –si es que no se ha dado cuenta ya– que la Biblia (como estandarte o no de la religión judía, cristiana o islámica) ha estado presente hasta hace muy poco en la obra de los grandes escritores occidentales, y que si bien ha ido perdiendo importancia (aparente) conforme las sociedades se han ido secularizando, debe de haber algunos a quién el Libro aún les fascine y espolee a escribir.

Es quizá el Antiguo Testamento, por su lejanía y profusión en todo aquello que más atañe al conflicto del corazón humano, el más rico literariamente, si bien es el hermano menor, el Nuevo Testamento, el que ha gozado de más suerte en el plano moral y religioso. Los escritores, por tanto, tendrán más debilidad por la también llamada Biblia Hebrea, que, según los historiadores, fue redactada casi entera bajo el reinado de Josías de Judá (639-608 a.C), aunque la transmisión oral (origen de la literatura) pudo comenzar en el siglo XIII a.C.

El primer escritor claramente influido por la Biblia es Agustín de Hipona, cuyos libros (La ciudad de Dios, Confesiones) se popularizaron durante el siglo IV, convirtiéndose en auténticos best sellers espirituales en un cristianismo primigenio. En el Medievo será el Mester de Clerecía, con Gonzalo de Berceo a la cabeza, el que, con un lenguaje culto y erudito –que practicarán por igual judíos, moros y cristianos– reconozca la devoción por las lecturas bíblicas, y fruto de ello nacieron obras como la del autor citado, donde destaca Milagros de Nuestra Señora.  Algo más tarde, quizá sea Dante el que, con su Divina Comedia, más importancia dé al hecho bíblico, en un conocido –y poco leído– texto en el que su amada Beatriz y el pagano y admirado Virgilio pasean con el autor por un infierno convertido en una suerte de tornado de círculos concéntricos según la gravedad de los pecados cometidos en vida.

La influencia en España también es muy clara, ya que de la reacción contra la Reforma luterana brota en poesía la mística religiosa, con un Renacimiento que cobra fuerza también en cuanto a la gran literatura: San Juan de la Cruz, Teresa de Ávila, Juan de Yepes. En el cultivo de la prosa, durante este feraz siglo XVI, destacan los dos fray Luis: el de León, agustino, y el de Granada, dominico, así como el jerónimo padre José de Sigüenza, una triada que podría decirse que inventó el grand style o estilo noble en castellano: había que estar a la altura de lo narrado, y en el caso de ellos era la palabra de Dios. De los nombres de Cristo (Fray Luis de León), Guía de pecadores (Fray Luis de Granada) y Commentaria (Fray José de Sigüenza) son obras maestras de un estilo elevado que al poco caería en desuso, en la taberna, como acertadamente ensayó Juan Benet. Qué decir de Cervantes, beneficiario de una época –la de Felipe II– en la que Benito Arias Montano sentó las bases del humanismo cristiano con su Biblia regia; o de un Barroco lleno de autos sacramentales y de un Calderón que hizo popular el género teatral.

Fuera de nuestras fronteras descollarán Milton y su El paraíso perdido, y habrá que esperar a atravesar el desacralizado siglo de las Luces para llegar a Goethe y su Fausto (donde la ignorancia del protagonista lleva a vender su alma al diablo Mefistófeles) y encontrar de nuevo ecos de la Biblia. Tolstoi, en un siglo XIX de excelencia literaria como pocos, hará lo que pueda para sacarse de encima su omnipotente y heterodoxa moral cristiana, y Dostoievsky mostrará su obsesión con la culpa, el pecado y el infierno. Melville, yanqui puritano, trufó toda su obra de un simbolismo lleno de incertidumbre y ambigüedad, que seguro aprendió en la Biblia. Otros muchos no podrán disimular el influjo del libro –de ahí la maravillosa El maestro y Margarita, publicada por Mijaíl Bulgákov en la década de 1960 del pasado siglo y editada por todo lo alto recientemente por Navona, una obra cumbre sobre las peripecias del Diablo en Moscú–, pero sobre todo marcó –junto a algún poeta de vanguardia– a los dos titanes del siglo XX, William Faulkner y Thomas Mann.

El mismo Faulkner decía que, cada mañana, para ponerse a tono antes de escribir, leía unos pasajes del Antiguo Testamento. De ahí, de esa obsesión por los abismos del alma humana –no exentos de violencia y barbarie– brotarían títulos como ¡Absalón, Absalón! (1936), Si yo de ti me olvidara, Jerusalén (1939) –que el editor al final transformó en Las palmeras salvajes– y Desciende, Moisés (1942). Más o menos en esta época escribirá Thomas Mann la tetralogía José y sus hermanos (1933-1943), entusiasmado como estaba por un relato bíblico tan corto como crucial que él se encargo de llenar con detalles y añadidos. Con todo, fue una obra monumental que no logró el favor del público y apenas de la crítica –un mundo cada vez más alejado de las referencias bíblicas–, y que, como dice Javier Marías, en España sólo leyó el ya citado Juan Benet.

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 Y es precisamente con Juan Benet cuando llegamos al penúltimo de los que, si no me equivoco, utilizaron la Biblia como fuente de inspiración y como lenguaje metafórico. Su gran novela –la menos leída y compleja–, Saúl ante Samuel (1980), lleva a la guerra civil en Región el mito del profeta Samuel –el hombre meditabundo– y al primer rey de Israel, Saúl –el hombre de acción–, en otra contienda fratricida entre hermanos de sangre. En la actualidad, entre los autores reconocidos a nivel internacional, únicamente Lobo Antunes –Conocimiento del infierno (1981), Ayer no te vi en Babilonia (2006)– parece jugar con los símiles bíblicos. También, en España, lo hizo mi querido colega farmacéutico el poeta León Felipe, y con mayor profusión aún Jiménez Lozano (Un cristiano en rebeldía, El viaje de Jonás). En estos tiempos, lo hacen Javier Gomá (Necesario pero imposible) y el chestertoniano García-Máiquez.

Es posible que haya olvidado nombres importantes, pero no hay duda de que los escritores actuales han dejado de leer la Biblia como la inagotable fuente literaria y de conocimiento del alma humana que es. Uno no es el mismo después de leer, por ejemplo, la llamada Biblia del Oso (Basilea, 1569), una de las primeras traducciones al castellano del Libro, hecha por el monje jerónimo reformado Casiodoro de Reina, y que se reedita este 2021; una Biblia en el grand style o estilo elevado que citaba más arriba, y que nos recuerda que la Biblia fue también, en un tiempo, refugio de heterodoxos en media Europa. No existe libro más completo, complejo, rico y apasionante, y no en vano los grandes escritores de la historia que decidieron escribir bajo su influjo siguen en lugares de honor del canon, dando pábulo a la vieja teoría literaria: si el tema elegido es grande –y no cabe nada más grande que el Libro que forjó nuestra cultura occidental– el estilo también se eleva, y ésa es la única manera de alcanzar (en este mundo) la vida eterna. 

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