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La brasa islamista

Las terrazas de los bares, las calles, los paseos marítimos, las salas de conciertos, las estaciones, los mercadillos: ahí está hoy el frente.

Nunca nos habían puesto el heroísmo tan fácil. Nuestra misión militar es seguir haciendo nuestra vida, resistiendo –aun con miedo en el cuerpo– en nuestras posiciones descreídas y lúdicas. Tomarse una cerveza o un gin-tonic, ir a escuchar a Bisbal, comprarse una muñeca hinchable, es mantenerse en la trinchera, asumiendo el riesgo de que nos caiga un bombazo o llegue un majara con un camión o una metralleta.

Este es el enemigo, exactamente: un majara con metralleta. Un pesado que mata. Y a lo peor, mientras te mueres o te recompones un miembro o te agarras las tripas, todavía tienes que tragarte la paliza infumable sobre un dios del que se predica grandeza pero que en esos momentos está enanificado hasta lo irrisorio, por el tal individuo que lo grita con rigidez de enfermo.

El yihadista es un jibarizador de su Alá. Del mismo modo que el Dios de los cristianos escupe a los tibios, el de los musulmanes debe de escupir a estos brasas que lo empequeñecen. Y lo aburren. ¡Porque no hay quien los aguante! El espectáculo del fanatismo es soporífero. Si alguno por casualidad llegara al famoso paraíso de las huríes, al momento convertirían aquello en un muermazo.

Esto no es una guerra de buenos y malos, sino una guerra de buenos (¡o regulares, tampoco nos pongamos estupendos!) y pesados. Jamás ha habido unos payasos tan lamentables.

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