José García Domínguez

La decadencia de Barcelona

Opinión

La decadencia de Barcelona
Foto: QUIQUE GARCIA| EFE
José García Domínguez

José García Domínguez

Gallego practicante pese a residir desde la tierna edad de 5 años en Barcelona, ciudad donde se licenció en Económicas. Ha sido editor de El Correo Financiero además de colaborar en distintas etapas, entre otros medios de comunicación, en COPE, ABC, Es Radio, El Mundo y Libertad Digital.

Esa frase tantas veces citada, la de Unamuno a propósito de los catalanes, la de que les pierde la estética, se inscribía en un contexto mucho menos citado y que acaso procede recordar en estos días. Ahora, cuando las autoridades de la Generalitat compaginan sus muestras de muy humana comprensión hacia los promotores de las bullangas callejeras y el saqueo de comercios con el abierto desprecio hacia los promotores de la mayor inversión industrial que haya recibido la demarcación desde mucho antes del cambio de siglo, esa gran planta de baterías patrocinada por el Gobierno de España y el Grupo Volkswagen a cuya inauguración oficial ha rehusado acudir el presidente en funciones, Pere Aragonès. Y es que la frase célebre de don Miguel hacía referencia en su sentido original al acusado contraste que ya por aquel entonces se observaba entre el esplendor aparente de las fachadas de los edificios del Ensanche de Barcelona y el hedor tan intenso e insufrible que desprendían las cloacas de las calles donde habían sido izados. Igual que el resto de Cataluña, Barcelona transmite, y no sólo de puertas afuera, una creciente sensación de decadencia. Una indiscutible pérdida de peso específico dentro del conjunto español, la suya, que los nacionalistas se empeñan en justificar apelando al argumento tan manido del déficit fiscal y de la pretendida recentralizacion de España.

Coartadas, ambas, a partir de las cuales resultaría imposible explicar que Cataluña hubiera sido el motor económico del país, y durante más de cien años, en un contexto de radical y absoluta centralización en la villa de Madrid de todos los recursos financieros del Estado. Desde el nacionalismo catalán es muy fácil -y políticamente rentable- responsabilizar al nacionalismo del prójimo de la decadencia propia; por eso lo hacen. Pero desde fuera de ese universo mental onanista también se tiende a caer en la tentación contraria, la de atribuir a la hegemonía del nacionalismo en la plaza la responsabilidad última de la manifiesta pérdida de empuje de la economía local. El argumento es muy atractivo, pero, si somos intelectualmente honestos, procede admitir que no sirve para explicar el fondo de los hechos, no del todo al menos. A fin de cuentas, también Escocia, sin ir más lejos, es un territorio en plena ebullición secesionista y, sin embargo, no se percibe su ostracismo económico por ningún lado. Las escenas de los altercados y el bandidaje que se están viviendo estos días en Barcelona parecen más propias de la típica capital de un país subdesarrollado del Tercer Mundo. Pero es que Barcelona, la muy orgullosa y altiva Barcelona, ofrece hoy más de un rasgo estructural de su fisonomía sociológica que recuerda bastante a esos lugares.

Repárese en el dato revelador de que la clase media, hasta hace bien poco la etiqueta colectiva en la que se reconocía la gran mayoría de la población de la ciudad, apenas representa ahora mismo, siempre según datos oficiales del Ayuntamiento, el escaso 44% del censo municipal, un mínimo histórico. A efectos comparativos, la misma estadística municipal encuadró en 2007 dentro de esa categoría, la de la clase media, al 59% de la población. Sí, desprovista de su parafernalia de diseño y su oropel vanguardista, la Barcelona real y tangible resulta que se está empezando a parecer demasiado a la típica metrópolis sudamericana de libro. Una gran aglomeración de cemento estrictamente segmentada por barreras de clase, con una minoría de ricos muy ricos, una creciente mayoría de pobres cada vez más pobres, y una clase media doblemente menguante, tanto en su peso poblacional sobre el total como en su influencia política moderadora, cada vez más eclipsada por la hegemonía de los extremos. Barcelona, y con ella Cataluña, empezó a jugar con las cartas equivocadas a partir de los años ochenta. La decisión colectiva de orillar la vieja vocación industrial del territorio en beneficio del casi monocultivo turístico ha transformado su trayectoria histórica hasta hacerla por entero irreconocible. Hoy, cuatro décadas después, somos cada vez más una ciudad de bajos salarios, mínima innovación tecnológica y ya crónica atracción de inmigrantes extranjeros poco o nada cualificados procedentes de zonas en vías de desarrollo. Todo lo que se podía hacer mal, lo hemos hecho mal. La decadencia está aquí, sí, y para quedarse.

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