José García Domínguez

La era del fascismo light

«Igual que en los años veinte y treinta, tras el derrumbe de las clases medias y su estilo de vida llega  el desplome simultáneo de la moderación política»

Opinión

La era del fascismo light
Foto: | AFP
José García Domínguez

José García Domínguez

Gallego practicante pese a residir desde la tierna edad de 5 años en Barcelona, ciudad donde se licenció en Económicas. Ha sido editor de El Correo Financiero además de colaborar en distintas etapas, entre otros medios de comunicación, en COPE, ABC, Es Radio, El Mundo y Libertad Digital.

En vísperas casi de las elecciones presidenciales, que serán en la primavera próxima, Marine Le Pen, la hija de su padre, se apresta a tocar poder institucional por primera vez en la historia toda de la Quinta República. Y quizá no sólo en la región de Marsella, por cierto. Esa suerte de fascismo light que retrata al antiguo Frente Nacional, ahora Agrupación Nacional, constituye ya la primera referencia en las urnas de la derecha en la madre patria de la Ilustración. Y su eventual desembarco en el Elíseo hace bastante tiempo que dejó de formar parte del mundo de la ciencia ficción para convertirse en una hipótesis de trabajo cada vez más verosímil. Algo difícil de entender. Casi tan difícil de entender como aquellas imágenes tan evocadoras de los típicos disturbios del hambre en cualquier estado fallido el Tercer Mundo, las de los chalecos amarillos forcejeando con los antidisturbios en medio de escenarios urbanos plagados de incendios provocados y desoladora destrucción vandálica. Podría tratarse de planos rodados en algún remoto suburbio marginal de África, pero eran escenas captadas en pleno París por las cámaras de la televisión local. Francia ardió, literalmente ardió, y no hace tanto, por una subida de 2,9 céntimos de euro en el precio intervenido de la gasolina sin plomo de 95 octanos.

Cuando uno de los países teóricamente más ricos del mundo se ve envuelto durante meses en una auténtica guerra de guerrillas, muertos y heridos graves incluidos, por un asunto de 2,9 céntimos de euro, de 2,9 miserables céntimos de euro, es que el contrato social implícito sobre el que se asienta el orden político anda a punto de romperse, si es que no se ha roto ya. Y eso es lo que explica lo inexplicable, lo que explica a Le Pen. En Francia, y ahora mismo, resulta que el suicidio es la segunda causa oficial de muerte entre los agricultores (la primera plaza continúa ocupándola el cáncer). Ocurre no en Rumanía o en Bulgaria, sino en la muy glamurosa Francia. Epidemia de muertes voluntarias en el campo con la que algo tendrá que ver la definitiva decadencia económica de sus habitantes. Un empobrecimiento general, el de los departamentos rurales del interior, que tiene su expresión más evidente en el dato estadístico de que, pese a las subvenciones de la PAC, los ingresos mensuales de un tercio de la población de esos territorios postergados rondan los 354 euros. Hablamos, sí, de Francia. Los españoles, al menos los españoles de mi edad, que venimos de donde venimos, siempre soñamos con parecernos algún día a Francia, era nuestro ideal. Pero resulta que acabó sucediendo justo lo contrario. Fue Francia la que, con el tiempo, terminó pareciéndose cada vez más a España. Nuestro sueño, su pesadilla.

Nosotros hemos tenido que desmantelar nuestra industria nacional, incapaz de competir sin el auxilio de barreras arancelarias y monetarias con la del Norte, y reconvertirnos en un país de servicios baratos repleto de ingenieros autóctonos en paro y de camareros inmigrantes. Y a Francia le está ocurriendo algo no tan distinto. Una vez desaparecido su franco, también se han visto abocados a perder una parte significativa del tejido industrial. Hay un indicador al respecto que resulta demoledor. Cuando Mitterrand, en la antesala de la implantación del mercado único, el déficit comercial de Francia con la República Federal de Alemania era de 28.000 millones de francos. Tres décadas después, y en francos constantes, aquel déficit ya ascendía a 108.000 millones. Ahí tiene el lector otra explicación, acaso la definitiva, al fenómeno Le Pen. El efecto conjunto del euro y la globalización se ha llevado por delante a la industria tradicional francesa, también a la francesa. Y con la industria se fueron al garete los viejos empleos estables y bien pagados de la vieja clase media. Un proceso de destrucción nada creativa cuyo corolario sociológico es la paralela destrucción de los proyectos vitales de la nueva generación para la que esa realidad forma parte ahora del paisaje natural. Igual que en los años veinte y treinta, tras el derrumbe de las clases medias y su estilo de vida llega  el desplome simultáneo de la moderación política. La era el fascismo light es muy probable que solo acabe de empezar.

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