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La fragilidad de todo

Hay una frase que concentra toda la brutalidad y la tristeza de La Carretera de Cormac McCarthy y que es la esencia de cualquier ficción apocalíptica: “La fragilidad de todo al fin revelada”. En la novela un hombre trata de mantener a salvo a su hijo en un mundo arrasado, en el que llueve ceniza y bandas de caníbales salen de caza por los caminos. El lector jamás llegará a conocer la razón por la que todo se ha venido abajo y la elipsis alimenta su incomodidad.

La Carretera es un exponente extremo del universo literario de McCarthy. Nos habla de un ser anacrónico, cuyo mundo se ha extinguido, y que se aferra con terquedad suicida a unos valores que ya nadie reconoce.  En la narración late la misma humanidad que en los monólogos del sheriff de No es país para viejos. Es como si los personajes de McCarthy fueran portadores del último ejemplar de un código sagrado.

El gobierno de Alemania ha hecho algo insólito, que es sugerir a sus ciudadanos la fragilidad de todo. El ministro del Interior Thomas de Maizière ha presentado el nuevo plan de defensa civil contra catástrofes naturales, guerra cibernética a gran escala o ataques terroristas. Un documento de 70 páginas que incluye instrucciones para que los alemanes hagan acopio de alimentos y agua; y describe planes de evacuación masiva y de alojamiento de emergencia. Sintagmas apocalípticos.

Alemania ha despertado un terror ancestral de los ciudadanos de la parte próspera del planeta. El de despertarse en un mundo donde la lucha por la vida ha sustituido a las convenciones sociales. Es un vértigo nacido de la consciencia de que todo es más delicado de lo parece. Una sensación que todos hemos experimentado cuando fantaseamos fugazmente con un mínimo gesto que haría que todo cambiase. La fragilidad de todo al fin revelada. Una idea que no es patrimonio exclusivo de la literatura apocalíptica. Es la sinopsis mínima de El pianista del gueto de Varsovia. La obra de Waldislaw Szpilman no es una novela, es historia.

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