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La gasolinera como síntoma

Foto: Desmond Boylan | Reuters

Cuando llega el verano, llega el calor y, también, mi hijo, y con él nuestros viajes por la comarca de acá para allá consumiendo días largos de luz y nostalgias. Y gasolina. A sus cinco años, el cansancio aparece imperturbable apenas arrancamos tras dejarlo instalado con esfuerzo torpe en su silla trasera, entre mis sudores y lamentos callados por la aparatosidad con que manejo semiagachado el mecanismo del cinturón y mi impaciencia ante la canícula. Pongo el aire acondicionado, intento relajarme, conduzco y observo por el retrovisor sus cabezadas con indisimulable ternura. Pero hay que repostar.

¿Falta mucho, papá? No, hijo, paramos a echar gasolina y llegamos en un cuarto de hora. Cómprame algo, puede que diga. ¿Agua? No, agua ya tengo, seguramente me responda. Llegamos atraídos por los letreros de las grandes marcas, estaciono con cautela, miro a ver si alguien se dignará a venir a servirme la gasolina, y veo que no. Con escasas excepciones en la costa y grandes núcleos urbanos. Echo un último vistazo al retrovisor y veo que el niño está o dormido o mirando al infinito con ojos derrotados. Salgo. ¿Salgo? Sí, pero, ¿con él? No merece la pena despertarlo y desmontar y montar el aparataje, es apenas un momento lo que tardo en ir a pagar. Cinco, quizá ocho minutos con esta cola. Pero, ¿y si alguien me ve? Puede que piense que menudo padre. ¿Mejor dejar cerrada la puerta para que nadie se lo lleve, o dejarla abierta por si pasa algo y pueda escapar? ¿No se puede morir de calor si me entretengo dentro porque ocurre algo? Opto por bajar un poco las ventanillas (solo un poco, para que nadie pueda entrar o abrir la puerta metiendo la mano) y me dirijo a la caja. Espero mi turno y no dejo de mirar por las grandes cristaleras si todo va bien en el coche. A veces lo veo mirando entre los dos asientos delanteros, buscándome. Quizá le salude desde lejos con gestos sobreactuados.

Vuelvo con prisa, y ante su mirada cansada le digo que ya estoy aquí con alguna broma absurda (casi humillante para uno), echo la gasolina y me mancho. No me he puesto el guante de plástico porque tengo prisa por él, y porque no concibo que el mango del surtidor pueda estar lleno de gasoil. Cierro la boca del tanque con la llave del coche, que también pringo con los restos del combustible. Entro en el coche y mi hijo me pregunta que a qué huele. Le digo que no aspire fuerte, que es un olor desagradable y que el hematólogo de su tío me dijo que el benceno era una posible causa de enfermedades complicadas. Traumas de cada uno. Abro las ventanillas hasta abajo y salimos, con el aire caliente golpeándonos la cara.

Mi hijo vuelve a sus cabezadas y ahora soy yo el que se hace las preguntas: ¿por qué dejó de echarme el combustible un trabajador? ¿No es un líquido inflamable? Buscamos razones estructurales (relacionadas con la tecnología y la robotización) para explicar la desaparición de muchos empleos, pero en otros casos esto sirve como mera coartada. Este es uno de ellos. Llama la atención que cualquier playa necesite vigilante con bandera verde pero que haya gasolineras autoservicio. No hay ningún cambio tecnológico disruptivo (el surtidor es el mismo), sino una ley que permite que esto ocurra y una cultura de consumo que lo tolera.

Nos dirán que los márgenes de las gasolineras (que no son las propias petroleras) son escasos, nos dirán que en tienda nos venden más productos y así mejoran resultados. Bien, pero, ¿qué tiene que ver esto con el cambio tecnológico? ¿En cuántos sectores más ocurre lo mismo? En cuanto a la otra gran cuestión actual, la competencia asiática, ¿opera aquí de alguna manera? No. Si se obligara a las petroleras a ampliar el margen para que las concesionarias de estaciones pudieran sufragar costes de trabajadores que sirven sus productos, ¿tendrían pérdidas? ¿Dejarían de traer gasolina a España porque ha dejado de interesarles este mercado? ¿Habría desabastecimiento? ¿Perderían competitividad global? ¿Andamos faltos de trabajadores en paro con la cualificación necesaria y suficiente para las gasolineras?

Eso sí, ahora vuelvo al coche con un huevo Kínder de la Patrulla Canina (que no baja del euro) para limpiar ante mi hijo la mala conciencia que me ha causado dejarlo allí solo unos minutos.

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