Juan Claudio de Ramón

La herencia y el entorno

«De la mayoría de los 30.000 genes de los que disponemos seguimos sin saber para qué sirven o si sirven para algo»

Opinión

La herencia y el entorno
Foto: Karolina Kołodziejczak| Unsplash
Juan Claudio de Ramón

Juan Claudio de Ramón

Se licenció en derecho y en filosofía. Su máxima aspiración es alcanzar el ideal de tertuliano propuesto por Catón el Viejo: vir bonus dicendi peritus; un hombre honesto que sabe hablar.

Hace años, en el magnífico museo en Burgos dedicado a la evolución humana, me quedé absorto delante de una vitrina. Contenía un utensilio de sílex, una especie de hacha, hallado en el yacimiento de Atapuerca. El cartel informativo explicaba que tal herramienta mostraba que su portador ya había desarrollado el célebre pulgar oponible que nos distingue de los primates. Ese robusto y versátil pulgar con el que hoy subimos o bajamos el volumen en el mando de la tele y pellizcamos la pantalla del teléfono y que cambió el curso de la historia. Pero ¿qué había sido antes, el pulgar o la herramienta? ¿Fue la mutación morfológica la que hizo posible tallar el mango del nuevo útil, o el disciplinado esfuerzo por asir un nuevo instrumento lo que provocó el desarrollo del pulgar en nuestros ancestros? Reflexionando sobre este insoluble acertijo, me di cuenta de hasta qué punto son inextricables (que no fútiles) los debates sobre dónde termina la naturaleza y donde empieza la cultura.

Es una querella que adopta múltiples denominaciones: naturaleza o convención, instinto o cultura, rasgo heredado o rasgo aprendido, esencia o historia, innatismo o conductismo, biología o sociología; en suma, herencia o entorno. Jugando con la paranomasia, el pugilato recibe en inglés un nombre reputado: nature vs nurture. Natura o nutrición. Lo cierto es que al impertérrito sentido común de Aristóteles le sorprendería saber que los modernos nos pasamos la vida riñendo por establecer si en nuestra conducta prevalece lo que él llamaba la causa material de las cosas (lo que somos orgánicamente, con sus limites naturales) o la causa eficiente (lo que las educación puede hacer de nosotros, también con sus propias limitaciones).

La cosa ha ido por épocas. La vulgarización del darwinismo puso el énfasis en los rasgos animales de la conducta. Desde ahí no era difícil dar el paso, fácil pero errado, de afirmar jerarquías pretendidamente naturales entre seres humanos para justificar situaciones de mera dominación social. Los europeos nos pusimos a medir cráneos con pésimas intenciones. Luego de la borrachera nativista, vino la melopea perspectivista: todo es cultura. La intención, en principio, era buena: si nada hay innato en nuestra mente, entonces podemos dar por abolidas todas las diferencias sociales y sexuales que nos enfrentan y separan. Se negó la naturaleza humana, suponiendo que nuestra mente era, como criticó el psicólogo Steven Pinker en un famoso libro, una «tabla rasa», en expresión del filósofo Locke, una página en blanco donde la educación podía escribir cualquier tipo de disposición del carácter y conducta. Se descartó que algunos atavismos sociales tuvieras raíces neurológicas, remisas al cambio programado. La resistencia a aceptar que algunos de nuestros rasgos pueden serlo por naturaleza y no por convención ha llegado al extremo de afirmar que el dimorfismo sexual en la especie humana, el nacer hombre o mujer, el hecho biológico por excelencia en todos los mamíferos, es una construcción de la cultura, y por lo mismo revisable. Se temía que la investigación sobre diferencias innatas resultase en una vuelta a la discriminación, cuando lo cierto es que el compromiso con la igualdad política no pende de la creencia –que la observación empírica no puede respaldar– de que todos los seres humanos somos idénticos (aunque sí, en promedio, bastante parecidos). Al contrario, a veces el tabú de la huella cerebral de los genes puede hacer sufrir a las personas, como cuando se consideraba que trastornos como el autismo se debían a una deficiente educación por parte de los padres. Una excesiva creencia en la importancia del entorno nos aboca a actitudes tan deterministas como las que lo fían todo a la genética, o generar estereotipos igual de odiosos. Afirmar una común naturaleza puede tener efectos emancipadores.

Hoy se suele considerar que la única postura sensata es interaccionista. Herencia y entorno se retroalimentan. En un ejemplo sencillo que da el mismo Pinker, la escuela nos puede hacer más inteligentes, pero es posible también que una persona con una inteligencia por encima de la media tenga más interés por ir a la escuela. Por lo demás, aunque la ciencia relaciona algunos genes con ciertas aptitudes o predisposiciones, sabemos que muchos de ellos sólo se activan en determinados entornos. De la mayoría de los 30.000 genes de los que disponemos seguimos sin saber para qué sirven o si sirven para algo. Los experimentos con gemelos homocigóticos o univitelinos que han recibido la misma educación de los mismos padres, flotando en el mismo ambiente social y con pares afines, muestran que sus pautas de conducta divergen a lo largo de una vida. Es decir, sean cuales sean las catenarias invisibles que conectan la herencia genética con el entorno social parece que los procelosos mares de nuestro cerebro siempre queda margen para navegar con libertad. La misma libertad que nos debe permitir seguir investigando, discutir y contrastar, porque el ansia de conocernos no se acaba nunca.

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