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La muerte de Sócrates

Foto: Pablo Martín | EFE

He podido leer ya un libro que llega mañana a las librerías (y se presenta en una de ellas: la Rafael Alberti de Madrid, a las 19h): ‘La mirada de los peces’, de Sergio del Molino (Random House). Tras su éxito de la temporada pasada con ‘La España vacía’ (Turner), muchos lo están esperando, sobre todo en Twitter. Pero tengo una mala noticia para ellos: es un buen libro.

Escrito con su estilo suelto y eficaz, del que se sirve para poner “la carne en el asador” (algo que siempre irrita a los estiraditos), Del Molino narra sobre todo su relación con un antiguo profesor de filosofía del instituto, a partir de la cual reflexiona sobre el pasado y el presente. Hay un elemento ‘serio’ en esta reflexión: el profesor, Antonio Aramayona, se suicidó el verano pasado. Estaba lúcido pero enfermo, y decidió ‘finalizar’ su vida antes de que mermara su lucidez y tuviese que depender de cuidadores.

La grandeza de ‘La mirada de los peces’ está en el retrato vivo que ofrece del profesor. En tanto que vivo, es contradictorio: el profesor aparece en lo que tenía de adorable y ejemplar, pero también en lo que tenía de cargante. Por lo que escribe Del Molino (y por lo que he visto en el documental de Jon Sistiaga), Aramayona inspiraba devociones. El libro no deja de rendirle culto también, pero incluyendo su cuestionamiento. Esto, que puede resultarles chocante a los devotos, es precioso en realidad: porque evita que el personaje se petrifique. El hombre se mató, pero el libro nos lo trae vivo.

En el tiempo que transcurre entre que Aramayona anuncia que se va a matar y el momento en que lo hace, me he acordado de la muerte de Sócrates; de la velada que Platón cuenta en el ‘Fedón’: un periodo tenso, con densidad existencial. No faltan la ligereza ni el humor, pero la ocasión de fondo es grave. Hay un componente ‘legislativo’ común: el suicidio de Sócrates es por respeto a la ley ateniense, aunque haya sido injusta con él; Aramayona exhibe el suyo como activista en favor del derecho a una muerte digna. Y en ambos casos está el propósito de ser coherentes con la propia filosofía, hasta el final.

Después, quedan vivos los discípulos. Los mejores son los que acogen el impulso del maestro pero no se atienen a su literalidad. Así Sergio del Molino.

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