Paco Segarra

La muerte del relativismo

Lo que sucede hoy, a pesar de que presbíteros y filósofos pasados de moda hablen del "relativismo que nos invade", es que el relativismo está muerto.

Opinión

La muerte del relativismo
Paco Segarra

Paco Segarra

Publicitario, escritor y empresario. Crea anuncios y colabora en varios medios.

Lo que sucede hoy, a pesar de que presbíteros y filósofos pasados de moda hablen del «relativismo que nos invade», es que el relativismo está muerto.

Me gustan los cementerios porque son dogmáticos. La muerte es el único dogma que no ha negado la posmodernidad, aunque la ha marginado y banalizado hasta límites insoportables. Pero ahí está la muerte, tan viva. No conozco a ningún escéptico que dude de la muerte, incluso en el caso, improbable, de que sea un escéptico profesional o sistemático: si tal persona existiera no podría siquiera creer en el escepticismo sistemático ni en ningún otro escepticismo.

El relativismo se acaba en cementerios como el de Arlington, esto es una obviedad. Lo que sucede hoy, a pesar de que presbíteros y filósofos pasados de moda hablen del «relativismo que nos invade», es que el relativismo está muerto. La duda no genera certezas y el hombre necesita dogmas, o sea, tierra bajo sus pies. Desconfiar de la realidad del mundo y de la razón humana será muy posmoderno pero es suicida -lo saben bien los escépticos profesionales-. Así que se ha tenido que enterrar el relativismo deprisa y corriendo, y ha aparecido la ideología de género afirmando una absoluta certeza en la realidad objetiva de la naturaleza y del mundo que nos rodea. Tan absoluta es la certeza de los ideólogos de género que, como siempre han hecho todos los ideólogos, pretenden modificar a su antojo esa realidad. No habría nada modificable si no fuese real y no se podría hablar de la «elección cultural del sexo» si no hubiese penes y vaginas.

Naturalmente, como toda certeza, la de género viene acompañada de sus propios dogmas. No es el menor ni el menos peligroso el que, si niegas la mayor, te tachen de homófobo, fascista y católico retrógrado. Y, dentro de muy poco, nos envíen a campos de reeducación a la soviética. O a cementerios bauhaus: éste de Arlington es demasiado tradicional.

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